Rafael Barrett, ese escritor con cara de Cristo expulsado de Buenos Aires por denunciar la pobreza, que encontró en el Paraguay su lugar en el mundo, escribió sobre los yerbales a principios del siglo XX. Rodolfo Walsh, ese escritor con mano de orfebre, ese periodista que creó una nueva manera de contar y que fue secuestrado y asesinado por la dictadura de Jorge Rafael Videla, escribió sobre los yerbales misioneros en 1966. Así, la selva, la tarefa, la planta y su hoja se cuentan a dos voces. Dos veces, y con diferencia de medio siglo, aparecen la opresión, el hambre, la pobreza. Amargo destino. Sangre de tierras coloradas, une los textos. Y, a los hombres, dos mujeres jóvenes que murieron, acaso persiguiendo el sueño de liberar del yugo cotidiano a los tareferos.
“No he perdido el tiempo en Villarrica. He conocido a Bernardo. No se anima a decir su apellido ‘porque es muy feo’. ¿Lo sabe él mismo? Trabaja en los obrajes, en las estancias, si quiere, y como quiere, cuando necesita dinero, lo que no le ocurre casi nunca. Tiene veinte años. Pasó tres, muy joven, en los yerbales. Su patrón le daba de comer, a peso de oro, carne podrida de burro y de yegua. Resistió el desgraciado a los reumatismos y a las fiebres. No fumaba, no bebía; a fuerza de sobriedad y de orden, pudo arreglar su cuenta y huir. Bernardo es uno de los pocos esclavos que no han dejado los huesos en el Paraná. Ha recorrido después, guitarra a la espalda y canción en la boca, el Paraguay en todos sentidos. Le llaman loco. Lleva la alegría y la libertad a todas partes”, cuenta Barrett en Lo que son los yerbales.
“‘Se jugaba mucho al ajedrez’, escribió Horacio Quiroga en 1927, ‘y se bromeaba pasablemente. Pero el tema constante, la preocupación y la pasión del país era el cultivo de la yerba mate, al que en mayor o menor escala se hallaban todos ligados’. Cuarenta años después, desde Oberá a San Pedro, o desde Puerto Iguazú a Posadas, era difícil encontrar a alguien que bromeara, pasablemente o no. –Misiones ha perdido su alegría –explicó sencillamente Osvaldo Rey, el maestro de M’bopicuá. Al borde de caminos y picadas el polvo rojo se acumulaba sobre las hojas verdes de los yerbales que, por primera vez en medio siglo, no veían llegar la muchedumbre de los tareferos.” Cuando Walsh cuenta han cambiado algunas costumbres. Mas no la pobreza. Esa que fue esclavitud en la selva tras la infame Guerra del Paraguay.
El Estado soy yo
Barrett denuncia: “Venid conmigo a los yerbales, y con vuestros ojos veréis la verdad”. No espero justicia del Estado. El Estado se apresuró a restablecer la esclavitud en el Paraguay después de la guerra. Es que entonces tenía yerbales. He aquí lo esencial del decreto del 1 de enero de 1871 (…) En todos los casos que el peón precisase separarse de sus trabajos temporalmente deberá obtener asentimiento por medio de una constancia firmada por el patrón o capataces del establecimiento (…) El peón que abandone su trabajo sin este requisito será conducido preso al establecimiento, si así lo pidiere el patrón, cargándosele en cuenta los gastos de remisión y demás que por tal estado origine”.
Y si el Estado paraguayo restableció la esclavitud, uno de los que demarcó sus límites al final de la guerra, ese fue Thomaz Larangeira, una especie de estanciero y emperador de tierra adentro para el que los límites solo existían para los países. Por entonces era presidente de la mayor compañía yerbatera brasileña, la Matte Larangeira. Tenía sus propias fronteras, su propio dinero y su propia ley. A la que eran sometidos los hombres de manos libres y hambre ardiendo. No importaba la nacionalidad.
“Durante la Guerra de la Triple Alianza, Thomaz Larangeira había sido proveedor de las tropas brasileñas; en 1872 fue convocado a participar en la expedición de la comisión demarcadora de límites y gracias a sus ‘amistades’ en el ejército de su país, el fundador de la empresa abasteció a la comitiva brasileño-paraguaya”, cuenta Alberto Alcaráz en “La conformación de una elite regional en el extremo norte del Alto Paraná: la poderosa Compañía Matte Larangeira”.
Según el relato de Barrett, las prácticas de la Matte Larangeira eran similares a las de la La Industrial Paraguaya, su par guaraní. “La Industrial Paraguaya, famosa en Tacupurucú por sus atrocidades, expulsó recientemente a las familias del pueblo para apoderarse de las expendedurías de caña, y habiéndose opuesto el señor E. R. lo hizo matar en la puerta de la habitación por la policía”.
Accionistas argentinos
A fines del siglo XIX y principios del XX, tanto la Matte Larangeira como la Industrial Paraguaya cambiaron su composición accionaria. La primera se asoció con Francisco Méndes Gonçalves, un banquero portugués que era parte de la élite de Buenos Aires. Con la fusión, la cosecha de la hoja se hacía en el Brasil y se enviaba Paraná abajo en barcos. La molienda, envasado y comercialización de la yerba se hacían a orillas del Río de la Plata. Cruz de Malta.
La Industrial Paraguaya se capitalizó con el ingreso de Domingo Barthe. Barthe era prusiano. Llegó al Alto Paraná en 1870, más billete que sus manos. Comerciante hábil, cuando el siglo XX alumbraba se transformó en uno de los accionistas mayoritarios de la otra gran compañía yerbatera. Dirigía desde Posadas sus negocios, que iban mucho más allá de la yerba mate.
Al otro lado del poder, el tarefero: “Medio desnudo, desamparado, el obrero del yerbal es un perpetuo vagabundo de su propia cárcel. ¡Tiene que caminar sin reposo, y el camino es una lucha: tiene que avanzar a sablazos, y la senda que abre con el machete torna a cerrarse detrás de él como una estela en la mar”, reflexiona Barrett.
En la página 54 de la revista Panorama de diciembre de 1966, Rodolfo Walsh escribe: “Para algunos era el fin: un alemán-brasilero de El Dorado (Eldorado) macheteaba furiosamente a ras del suelo su yerbal intacto. Para otros, una sorpresa más de este país incomprensible: al japonés Yamato se le caían los brazos, en su chacra de Garuhapé, frente a las plantas que eran suyas y no eran suyas, puesto que el gobierno prohibía cosecharlas. En los juzgados de Posadas se amontonaban los recursos de amparo contra el decreto que en marzo de este año interdijo la zafra”. Misiones está detenida en el tiempo. Los diferentes acuerdos entre las autoridades argentinas y los empresarios brasileños obligan a los pequeños productores yerbateros de Misiones a dejar su zafra en el monte. “–Acá no hay reclamos –resumió un oscuro paraguayo contemplando su machete inútil. Si protesta, le dicen comunista y le sacan a patadas.”
Sin embargo, en algunos casos, los empresarios brasileños no eran tan brasileños. Según Alcaráz, en la década de 1920 operaron cambios que definirían el futuro de la Matte Larangeira, que “separarían definitivamente la parte argentina de la Compañía con la restante brasileña, que fijó nueva sede en Río de Janeiro (…) En la Argentina permanecían la mayoría de sus accionistas y socios”.
Tarefas
“No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra. Se acercan, nos rodean mansamente, y no tenemos que preguntarles siquiera para que caiga sobre nosotros el aluvión de su protesta:
–Estamos todos abajo –dicen.
–Nuestro jornal no sube.
–El familiar no te pagan.
–Estamos atenidos.
–Apenas se gana para el pan.
–Si uno come medio kilo de carne a la semana, ya es lindo.
–Estamos a mate cocido.
–No tenemos ropa.
–Jodidos, eso es lo que estamos.
Se quitan la palabra de la boca en su apuro por transmitir esa angustia a alguna parte, a algún mundo desconocido, antes que llegue el patrón, el capataz, el camión que ya viene por la picada cargando los raídos”, escribe Walsh. Habla de la “tarefa”, esa voz portuguesa que refiere a la tarea, monte adentro. Machete en mano. Silencio atroz.
La yerba se cultivó por primera vez en la Argentina en 1903, en algún lugar del departamento San Ignacio del entonces Territorio Nacional de Misiones. Hacia 1915, el cultivo comenzó a amenazar a la producción brasileña. Y en las siguientes dos décadas las respuestas de los gigantes del Alto Paraná no se hicieron esperar. Una sobreoferta frecuente en el mercado argentino derrumbaba los precios y transformaba en inviable una actividad que, en poco tiempo, se había transformado en central para la economía misionera. “Hacia 1929, se había convertido en la principal fuente de ingresos de Misiones, y provocó la reacción de los productores locales solicitando del gobierno nacional medidas protectoras”, cuenta María Victoria Magán. En 1935, y con el keynesianismo transformado en salvador de las actividades económicas, el gobierno argentino creó la Comisión Reguladora de la Producción y Comercio de la Yerba Mate (CRYM). El organismo permitiría el desarrollo de la actividad fijando cupos de producción, de poda y de nuevas plantaciones.
En los 90, bajo las políticas neoliberales de Carlos Saúl Menem, la CRYM fue desmantelada. La crisis sobrevino y recayó en los pequeños productores y en los tareferos de los que hablaron Barrett y Walsh. En 2001 todo se volvió insostenible. El gobierno de Eduardo Duhalde sancionó en febrero de 2002 la ley por la que se creaba Instituto Nacional de la Yerba Mate. Tenía por objetivo “promover, fomentar y fortalecer el desarrollo de la producción, elaboración, industrialización, comercialización y consumo de la yerba mate y derivados”. Creaba también una tasa de inspección y fiscalización que financiaba el organismo. En él debían confluir todos los sectores. Pactar precios y objetivos de producción. Los molineros, esos que como la Matte Larangeira dominan el mercado desde lo alto de la cadena, se opusieron.
En una solicitada publicada el 8 de noviembre de 2001 hablaban de un “nuevo ente burocrático, con facultades superpuestas con las que hoy cuentan organismos de la Nación y Provincias, aumentando el gasto público en tiempos que se rebajan o pagan con bonos los sueldos de los empleados públicos y jubilados”.
En 2025, el decreto 812, firmado por Javier Milei, los dejó conformes. Ya no se concertan precios. Tampoco hay sanciones por comercializar yerba de mala calidad. Aguas abajo de la cadena, acaso las jornadas de los tareferos sostengan desde la escasa paga otras. Es que, en muchos casos, la amarga pobreza sigue siendo parte de la silenciosa cosecha. Desde 2013, cada 17 de junio se conmemora el día del tarefero. Recuerdan a ocho obreros que murieron cuando el camión destartalado que los llevaba volcó. Algunos eran niños, apenas. En la práctica nunca se habían liberado de eso que cuentan Barrett y Walsh.
Resistir
Acaso persiguiendo la quimera de convertir a cada tarefero en un cantor libre, como aquel Bernardo que transitaba los caminos paraguayos, María Victoria Walsh y Soledad Barrett Viedma dieron su vida soñando con otros destinos posibles. La hija de Rodolfo. Y la nieta de Rafael. Una en Villa Luro, Buenos Aires. La otra en esa Olinda brasileña, que por entonces iluminaba la palabra de Hélder Câmara. Una murió al día siguiente de cumplir 26 años, rodeada por el ejército. La otra, dos días después de su cumpleaños 28. Estaba embarazada. La asesinó un grupo de tareas del ejército brasileño, encabezado por quien era su amante, José Anselmo dos Santos.
“Con tu imagen segura / con tu pinta muchacha / pudiste ser modelo actriz / miss paraguay / carátula almanaque quién sabe cuántas cosas / pero el abuelo rafael el viejo anarco / te tironeaba fuertemente la sangre / y vos sentías callada esos tirones.” Marío Benedetti solía recordar a su amiga Soledad, junto a la guitarra de Daniel Viglietti.
Walsh contó la muerte de Vicky en la “Carta a mis amigos”: “De pronto, dice el soldado, hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. ‘Ustedes no nos matan –dijo–, nosotros elegimos morir'”. Hay algo en lo amargo del mate. Algo esencial. Que está en las plumas de Barrett y de Walsh. Que se perpetúa en la muerte de Victoria y de Soledad. Algo inasible. Como la canción que canta un hombre sin edad, en los caminos de la selva, que rememora un amargo sueño de libertad.

