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La peripecia del gesto maldito de la burguesía  

Libertad Demitrópulos

Preguntas que tienen posibles respuestas desde crear un imaginario a partir de la dinámica privada; el discurso íntimo y la oralidad tradicional como recurso para contar qué sucedió en una época o, más claramente, desde el relato familiar hacia el exterior, hacia la calle, hacia la vecina o el vecino, hacia el otro.

Con su novela Sabotaje en el álbum familiar (1985), reeditada en 2025 por la editorial marplatense Mil Botellas, Libertad Demitrópulos entrega una ficción vanguardista del siglo XXI; a pesar de que la escribió en la centuria pasada, parece una serie de una plataforma de streaming por la forma, la prosa ágil y la estructura de dieciocho capítulos no tan extensos, y algunos breves pero condensados, para que el lector o lectora no pierda el hilo e interés de la historia, que transcurre entre el Gran Buenos Aires y el departamento jujeño de Ledesma.

Y justamente ese pueblo le sirve como base para narrar la historia de la familia de Waldina. Las lectoras y lectores pueden presumir que posee tintes autobiográficos, pero eso no importa, lo que interesa es la exposición de esa tradición del interior de la Argentina, que devela la resistencia de los derrotados o invisibilizados del poder y también del peronismo, ese paradigma político que marcó al país, sus formas y la época antes de que muriera el general Juan Domingo Perón.

En su ensayo “Libertad Demitrópulos: una narrativa de los vencidos. En torno a Sabotaje en el álbum familiar“, Florencia Abbate (1976) explica: “Ahora bien, los vencidos tendrían su propio relato, que invertiría las premisas de la épica de los vencedores, presentando su propia derrota (o lo que es lo mismo: la victoria y el orden instituido por los otros) como producto de una mera contingencia, y al género de ese relato lo vincula al modelo del romance”.  

Lo que propone Abbate apoyándose en el trabajo de David Quint Epic and Empire es que Demitrópulos  desafía la trama a través de lo fragmentario con lo épico o heroico mediante el hecho romántico y la memoria privada de la vida pasada de una familia.

En este ensayo me voy a centrar en esas dos categorías fundamentales para la construcción de los personajes de la novela de la autora jujeña.

Por ejemplo, en el caso de la primera categoría de lo heroico y romántico, están los personajes Domingo Pulakis y John William Cooke que se construyen en base a sus epístolas. Dos políticos activistas: el primero que en jerarquía está por debajo del segundo que podría ser el que ejecuta la estrategia pesada que le ordena Cooke, que sí existió y fue la mano derecha de Perón. Mientras que Pulakis es una alegoría al griego, Domingo Blajaquis, cuya historia está relatada en el libro periodístico ¿Quién mató a Rosendo? (1969), de Rodolfo Walsh (1927-1977), que hace referencia al jefe del Grupo Avellaneda en Acción  Revolucionaria Peronista, a quien apodaban El Griego.

La segunda categoría es la evocación de lo privado, los recuerdos de la nieta de Waldina, la historia de una familia de provincia.

“No me busques ni me dejes de buscar”: la dinámica de un hecho maldito en un país burgués

Sobre la base del anonimato y la lucha política de los 60 y 70 en la Argentina, Demitrópulos crea los dos antihéroes ya citados: Domingo Pulakis, alias Mingo, y epistolarmente John William Cooke, uno de los asesores más importantes de Perón y uno de los principales pensadores de izquierda del peronismo. En la novela, Cooke va en busca de la épica basada en la resistencia, la divulgación del movimiento y desde las bases en los sectores populares, o sea, desde la masa al poder; para él no había forma de llegar al poder sin la masa.

Cooke fue el que alguna vez dijo que el peronismo es “el hecho maldito del país burgués”.

En la novela, las cartas de Cooke son mensajes breves y de órdenes precisas: “Estimado compañero: Me han informado de la constitución del comando de Villa Lugano a cuyo enlace le ha asignado la clave SJQPH-016. Es necesario tomar la iniciativa y someter al enemigo a nuestra propia ley de acción. Hay que provocar la perturbación y mantenerla a cualquier precio hasta que la dictadura se doblegue o reviente”.

Demitrópulos construye con estos personajes una especie de relato de espías con sentido político bien argentino, sobre todo del peronismo, movimiento que ella conocía bastante, y también influenciada en sus lecturas políticas o referencias de investigaciones periodísticas de la época o de hechos reales como la comunicación epistolar entre Cooke y Perón. “En ese sentido –indica Abbate–, el hecho de que la novela de Demitrópulos consigne una serie de cartas que se envían Domingo Pulakis y John William Cooke permite proponer otra relación intertextual, que remite a las célebres cartas entre John William Cooke y Juan Domingo Perón, una referencia canónica del peronismo de izquierda. Lo interesante de esta operación intertextual es que vuelve a descender un escalafón en la pirámide política, descentrando a las figuras principales, a los ‘ideólogos’, para ocuparse de los ‘héroes anónimos’.”

Pero la autora no solo expone esas referencias políticas de no ficción y otras que sí existieron en el pasado sino otras alusiones bibliográficas, como cuando la narradora describe la historia de Manuel, hijastro de Waldina: “En una de sus agitadas visitas me llevó el libro Algunas maneras de vender la patria, del tucumano José Luis Torres, su amigo. Con infinita paciencia me iba explicando cómo, en las ciudades, los banqueros, que eran deudores del Estado porque escamoteaban los impuestos, paradójicamente, se convertían en acreedores prestando al Estado el mismo dinero que le debían, cobrando altos intereses y crecidas sumas por gastos y comisiones, obteniendo, además, el control de títulos de la nación”.

Sabotaje en el álbum familiar se instala en la tradición de la novela o ficción política argentina y de saga familiar símil, hasta cierto punto, a los Vidal Olmos de Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato (1911-2011), que tal vez por ser varón tuvo más visibilidad como escritor de “renombre”, por así calificarlo, que Libertad Demitrópulos. Esta trama de la autora de Río de las congojas rompe todo formalismo histórico y narra la política y la historia de la Argentina de una forma más amena y a manera de fábula. Otra comparación con Sabato es que, en la novela citada, incluye un capítulo denominado “Informe sobre ciegos”, y la novelista jujeña, en un pasaje donde muestra las costumbres de esa región, explica cómo Waldina, la matriarca de esa casona, describe a los ciegos: “No quiero ser pobre para que la alegría me dure, como cuando me trajeron el perro que Matiasa cambió por un pan, malmuerto adentro de una bolsa, carita de opa, ojos de pichiciego; de no tener tantos canastos llenos de pan, no hubiéramos podido cambiarlo. No quiero ser pobre, y me iré al país de los ciegos donde el tuerto es el rey. ¿Se vive feliz comiendo perdiz? ¿Dónde se acaba el colorín colorado? Waldina dice que los ciegos se mueven primero para adentro, después para afuera, un pasito para atrás otro más largo adelante, y así, dice se van acostumbrando a despejar el aire y le saca ventaja al tuerto que ve de lejos pero no de cerca”.

Regresemos al personaje Manuel, hijo de la expareja o exesposo de la matriarca, que en la adolescencia se enamoró de su hermanastra Eliana. Ese romance incestuoso es vital para la historia de esta familia con tintes patricios y de campesinado que se ubica en el territorio de los ingenios azucareros de Ledesma.

Manuel representa al joven del interior que busca destino en la capital, o mejor dicho en el Gran Buenos Aires. Esto no lo cuenta la narradora, pero el lector o lectora puede distinguir que es un joven trabajador de alguna fábrica, tal vez, de algún frigorífico como el Lisandro de la Torre. Demitrópulos quizás hace referencia a la huelga general que el 15 de enero de 1959 hicieron los trabajadores de esta manufactura o fábrica. Nueve mil obreros y todo el barrio de Mataderos se manifestaron obligando a todos los sindicatos a una huelga general y fueron reprimidos por el gobierno de Arturo Frondizi (1908-1995).

Según la trama familiar que propone Demitrópulos, parecería que Manuel estaba destinado a la clandestinidad desde adolescente. Cuando Waldina se enteró del romance prohibido de su entenado e hija Eliana decidió sacarlo de la casa. No sabemos cómo Manuel llegó a Villa Lugano y ahí conoció a Pulakis, que será como su padrino militante y una especie de figura paterna; recordemos que su padre era ausente y todo lo que tenía se le debía Waldina: “Con su juventud se largó rodando y fue a parar a Tucumán. Allí, oficiando de peluquero, hizo amistad con José Luis Torres que empezaba ya a esgrimir su furibundo látigo contra la llamada por él Década Infame. De allí juntos y para ganarse el sustento, trajinaron los más diversos oficios, desde pinches de oficina, obreros de ingenios azucareros, choferes de autos de alquiler, dependientes de ferretería. Torres, que ya apuntaba a la crítica y al periodismo, empezaba su prédica como redactor de un diario en Tucumán y como director de otro. En tanto Manuel, sin formación ni vocación literaria, apuntaba al gremialismo”.

“Hay pasos que caminan para adelante, otros para atrás”

“Que llore. Que se muera. Que se pudra. Que se seque dentro del pozo como charqui, así no se le oyeron más los gruñidos. Que reviente el hijo de Pedro Urdimán, mandinga como su padre. Desprecia a la tribu de matacos, la humilla vuelta a vuelta porque él se siente blanco y cristiano. Pero es mandinga. Salió malo y sin corazón.”

En Sabotaje en el álbum familiar Demitrópulos también expande su estilo a través de la memoria, de la identidad de sus raíces; se va a la tradición y sobre todo a la oralidad de su pueblo. El otro relato que compone la novela es narrado en una estructura parecida a la de los rapsodas griegos, la narradora parece una juglar narrando los mitos de su cultura.

La historia de Waldina con sus doce hijos y dos entenados transcurre en la región o zona no muy conocida de la Argentina, el interior o, mejor dicho, el campo argentino del noroeste del país en la provincia de Jujuy, con sus tradiciones, sus formas, pasiones y también sus miserias. 

Esta familia jujeña puede haber sido la de Demitrópulos; nunca lo sabremos, pero sabemos que la experiencia familiar no pasa desapercibida para un novelista. Lo que evoca la escritora con el linaje de Waldina es similar a la saga de los Sutpen en la poderosa novela estadounidense ¡Absalón, Absalón! (1936) de William Faulkner (1897-1962) que nos regaló el fabuloso e infernal condado de Yoknapatawpha.

Con esta novela, donde narra el antes y después de la de la Guerra de Secesión, la esclavitud, el racismo, el oro y sus variantes, la milicia, la educación pública y privada y sembríos de algodón, el escritor estadounidense fundó el género Sur Gótico: “Tardaron dos años, él y su dotación de esclavos importados, a quienes sus conciudadanos adoptivos consideraban mucho más peligrosos que cualquier animal salvaje que hubieran levantado y muerto en la región. Trabajaban desde el amanecer hasta el ocaso, mientras grupos de jinetes se aproximaban y, sentados sobre sus monturas, lo contemplaban todo en silencio”.

En Sabotaje en el álbum familiar esa familia jujeña está inmersa dentro los ingenios de azúcar; incluso Manuel pertenece a ese mundo sindical de la FOTIA (Federación Obrera Tucumana del Azúcar), en el cosmos de una quinta, la visión feudalista, el racismo, sobre todo de parte de la matriarca con las tribus pertenecientes al Gran Chaco: “Como a sus doce hijos vivos, de los dieciséis que tuvo, manejó con energía la empresa agrícola-ganadera, imprimiéndola la fuerza de su increíble concepción. Contrataba el trabajo de los indios chiriguanos o matacos por varas de lienzo o bolsas de harina o azúcar que entregaba directamente al cacique de la tribu haciéndole firmar una papeleta con el pulgar mojado en la tinta”.

Sabotaje en el álbum familiar también tiene una similitud con otra gran novela del siglo XX que marcó época: Léxico familiar (1966), de la italiana Natalia Ginzburg (1916-1991), que inauguró en la tradición italiana la categoría de novelas “cuenta cuentos” o las “cantastorie” (artistas callejeros italianos, una especie de juglares que narraban noticias, historias, leyendas en plazas públicas e incluso con música y de manera oral y hasta con carteles, una especie de performance teatral moderno). A la escritora italiana el arte de contar cuentos le vino de su madre: “Un día que iba de paseo con sus compañeras de colegio y con su maestra, una de la niñas se apartó de pronto de la fila y corrió abrazar a un perro que pasaba por allí, y mientras lo abrazaba decía: L’è le, l’è le, l’è la sorella della migna cagna. Mi madre había estado en un internado muchos años y allí se había divertido muchísimo. Recitaba, cantaba y bailaba en las fiestas, había actuado en una comedia disfrazada de mona y había cantado en una opereta que se llamaba la pantufla perdida en la nieve. Había compuesto una ópera que comenzaba así: ‘Yo soy Carlos Tadrid ¡y soy estudiante de Madrid! Mientras iba una mañana en la calle Berzuellina ¡una joven maestra vi de pronto en la ventana!’”.

En la saga de la familia jujeña, Demitrópulos también inserta la anécdota, el cuento oral o popular que los antepasados de esa región trasladaron de generación en generación, o incluso el relato inventado para explicar o enseñar a las mujeres de la casa, por ejemplo, en el capítulo 10, cuando Waldina decide inventarse un cuento: “Asediaba bajo el molle donde un día Waldina nos inventó el cuento de ‘Las tres curvas’ que era un cuento para las mujeres de la casa. Otros inventaban para los peones, para los niñitos que morían sin bautismo y para los suspiros que querían soltarse del pecho. Sentada bajo el molle la abuela contó: Las tres curvas posaron una noche en el pueblo y el cura salió y dijo: hermanos míos, nuestras mujeres peligran y no se recatarán más los nombres asentados en nuestra digna parroquia. Pero ‘las tres curvas’ se entrelazaban en el lecho donde dormían olvidadas de todo. Había un escultor, bebedor de vino en aquel pueblo sencillo. Salió en busca de las curvas, les saludó y les dijo Sosiéguense”.

El relato continua indicando que el escultor para proteger a “Las tres curvas” o para que la gente no las espantara, exigió a la noche que ellas se metieran en la piel de las mujeres: “Estatuas de sal por la celosa vigilancia de los curas”. Una curva se llamaba alegría que pertenecía al amor, la curva de indiferencia estaba ocupada en la nada, y la curva del dolor ayudó al hombre a levantarse y a la mañana salió a cumplir la misión en el cuerpo de todas las mujeres.

Otra particularidad de la novela es cómo narra, o mejor dicho cómo Demitrópulos utiliza el lenguaje que también es arrojado pero a la vez prolijo. La escritora emplea el punto seguido como una especie de artilugio para que el lector no se despiste, pausa breve pero con sentido de pertenencia: “Y hallan abiertos los arcones que Waldina dejó bajo llave. Se corta la leche. Se queman las hiedras. Se enferma de susto alguna guagua. Se quiebra la loza. Se oyen suspiros y muchas cosas más”.

En el último capítulo, así como un mago saca algo sorprendente de su chistera, la novelista suelta la política, las costumbres, la tradición familiar y se convierte de pronto en una escritora de terror del siglo XXI: regala a los lectores un thriller macabro cargado de pura adrenalina para explicar de mejor manera la miseria humana. Este relato tranquilamente podría ser una miniserie o serie streaming de la época que transitamos: “La voz se retuerce hecha estertor. Trastabilla cuando dice MAMA y se llena de espumarajos. Hay un jadeo embravecido que acaba en llanto. Termina diciendo: –China perra, india comprada, cuando salga de aquí te voy a… Pero ella se ha alejado con la gallina bajo el brazo, va torciéndole el cuello y pensando: que llore, que se seque, que se pudra. Ya pronto no tendrá aliento para gritar, pronto habrá terminado. Juna y grandísima. Venir a quedar los dos solos, únicos sobrevivientes de la casa. Ella llena de día y él a merced de su terquedad. Allí permanecerá mientras ella quiera porque es la dueña, ahora. Ella es quien manda. Mientras tanto: que se ahogue en el polvo. Que muera de sed. Que se haga charqui o chalona. Charqui colgado al sol. Chalona finita doblada. Que se tome su meada y se coma su cagada. Que aprenda a no llamarla mataca tuerta”.

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