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Cuando el dolor ruega que el cuerpo desaparezca

Solo dos funciones de la obra I’m nowhere / Desvanecimiento fueron suficientes para dejar una huella imborrable en la historia de las representaciones del Teatro San Martín. La propuesta estética de Norbert Rakowski conmovió al auditorio entregando un espectáculo bello, metafórico e intenso.

Durante veinte años, Rakowski fue director del teatro independiente y desde hace diez lo hace en el Opole Theatre. Pero no es el único director porque el Opole no es un grupo, sino que está dentro de una organización llamada Convención Europea de Teatros en la que participan ochenta teatros europeos, y de la cual Rakowski es su vicepresidente. Este último espectáculo, Desvanecimiento, fue creado al margen de esta organización y le llevó tres años de trabajo. Y no es para menos. Con un mismo elenco de tres actores y tres actrices principales que van rotando sus personajes, la obra pone en juego tres historias alrededor de un mismo tema: la eutanasia, la posibilidad de decidir sobre el fin de la propia vida.

La eutanasia como tema es una explosión de caminos del pensamiento. Nos abre la puerta a una infinidad de preguntas. “¿Qué es la vida?”, inquiere una voz en off que lleva adelante la obra. Hay algo que está claro: morir es desaparecer por completo, con suerte queda media página de Wikipedia, el vacío o la nada absoluta. Y por si acaso, dos personas vestidas de negro aparecen intempestivamente y meten los objetos y utensilios utilizados en cada situación, en bolsas de consorcio. Son los restos al final de cada una de las tres escenas, las cosas que desaparecen con la muerte. Lejos del amarillismo acusatorio, del patético melodrama y los golpes bajos, Desvanecimiento es una propuesta sobria que de manera inteligente evita todo tipo de excesos. Y de manera obsesiva nos lleva a una pregunta entre obvia y desconcertante: ¿qué es vivir?

Ante la pregunta de si estanos frente a un teatro documental, la respuesta es que se trata de un teatro de preguntas, no de respuestas. Las tres historias son tomadas de manera incidental. Nunca como algo cerrado. Un teatro que deja al público en estado de reflexión o, como lo llama su director, “un teatro de meditación”. Su función –porque sí la tiene– es la de generar conciencia social. 

Norbert Rakowski se reconoce influenciado por el arte contemporáneo.

El misterio de la creación teatral es algo inquietante. En Desvanecimiento, lejos del teatro tradicional, del texto, la estructura, los personajes, lo esencial para Rakowski es la búsqueda de un lenguaje. Allí radica la clave, en hallar una poética personal. Mientras el siglo XX estuvo subyugado por distintos movimientos estéticos o los llamados ismos, la nueva era pone el acento en los lenguajes personales. De la polémica estética a la soledad del artista.

El teatro de texto fue una etapa del teatro independiente en la vida de Rakowski, quien juzga a la dramaturgia actual como teñida de un aire progresista que denota falta de profundidad, hecho que no solo acontece en Polonia sino en el mundo entero. Su influencia como director no la recibe del teatro polaco (Tadeusz Kantor y Jerzy Grotowski, referentes del teatro mundial del siglo XX) sino del arte contemporáneo. Rakowski encuentra su fuente de inspiración en las artes plásticas y las instalaciones, para construir una torre de Babel de lenguas que debaten ante una larga mesa preparada para una conferencia de prensa (hablamos de la primera situación planteada en la obra): quién debería decidir sobre nuestras vidas.

La obra nos lleva a los antiguos filósofos socráticos cuando se reunían en la plaza pública de Atenas, en el ágora a los pies de la acrópolis, representado aquí por el templo teatral, con el fin de formularse preguntas, cuestionar creencias usando la mayéutica como fórmula en la búsqueda de la verdad. La diferencia es que en las tres situaciones que plantea Desvanecimiento se imponen las preguntas y ya se sabe, o se sospecha, que arribar a la verdad es un camino demasiado religioso o demasiado principista. Si ni siquiera sabemos qué es la vida, menos sabremos qué es la muerte. “Mi obra no es para un gran público –revela Rakowski–. No es ni pretende ser espectacular, ni efectista. Mi intención no es impresionar, sino generar un choque potente en el espectador.” Y lo consigue. La obra atraviesa al espectador; es un latido constante en nuestro reloj de vida, imposible no trasladarla esa noche, cuando llega el momento de dormir, llevando en nuestros oídos el tic tac de la desaparición.

El proceso creativo

El primer paso para el laboratorio de la obra de Rakowski es la búsqueda de un tema. En este caso llegó a la eutanasia. Así fue como reunió en una mesa al coreógrafo Janusz Orlik, a la diseñadora escenográfica Maria Jankowska y al músico Tao Gutiérrez. Los cuatro discutieron durante varias semanas alrededor del tema de la eutanasia. El paso siguiente fue convocar a los actores. Rakowski juzga a los directores que manipulan las emociones de los actores; tampoco le interesan los actores que actúan, sino más bien aquellos que piensan. Su deseo tiene que ver con personas que se imponen en el escenario, las que devienen coautoras de la obra. Y señalo “personas”, no “actores”.

Los actores reunidos junto con el director son protagonistas de ardientes discusiones en las que aparecen los distintos puntos de vista: religioso, médico, filosófico, penal y psicoanalítico. Entonces, el director da a conocer tres historias reales de eutanasia, que serán objeto de ficción dentro de la obra.

La primera historia trata de una muchacha belga que a los 27 años decide realizar la eutanasia. Esta muchacha padece una grave enfermedad psiquiátrica que no logra ser combatida con ninguna medicación. Es una actriz famosa y debe dar explicaciones a la prensa y al público en general. Así son las cosas en nuestro tiempo. La escena no es más que una conferencia de prensa que irá subiendo de tono a medida que avanzan las preguntas que periodistas de diversas lenguas (todas incisivas voces en off) inquieren a la joven y a quienes la acompañan: su psicoterapeuta, un médico psiquiatra, su representante, su abogado y su pareja.

El texto es el resultado de tres semanas de improvisación. Durante el proceso creativo, los actores confrontan sus propias miserias y las del sistema capitalista. Muchas ideas están condicionadas por la relación que la sociedad impone a las personas. En ese momento, el director estipula los roles de los actores y la perspectiva interior y exterior de cada uno de los personajes. El director, mientras, escribe otro texto a partir de sus propias ideas y a partir de lo que surge en los ensayos.

La segunda historia se centra en la eutanasia de una pareja de la tercera edad que atraviesa enfermedades irreversibles y crueles (él esclerosis múltiple, ella demencia). La escena teatral es un desayuno familiar, el último, el de la despedida entre esa pareja, su hijo, la mujer de su hijo y su nieta, que también decidirá acabar con su vida. Los personajes hablan en sordina. Se mueven, representan con sus cuerpos las acciones alrededor de una mesa. Acciones que se repetirán de manera insistente y agobiante. Toda la escena está narrada por una voz neutra. La misma que protagonizará la tercera y última historia: hay que decidir si desconectar a un niño de ocho años con muerte cerebral que, se sabe, ya nunca despertará.

Este protagonista narrador asume un temple omnisciente, como si fuese un gran hermano profundo que en conjunción con la música, tan protagonista como la voz, evita las palabras de los actores que transitan un continuo desvanecimiento físico, en un mundo dominado por la política, la corrupción y el dinero. El desvanecerse es como un coma, un estado en el que estamos privados de saber qué se sueña, qué se siente si es que se siente; cuál es el recorrido de ese sueño si es que hay un sueño. Ese desvanecimiento es una metáfora del estado de nuestra conciencia social.

El espectáculo se construye con voces en off, una partitura musical y una enorme pantalla que luego se desintegrará en varios paneles. En la primera escena, aparece entera (los paneles unidos) reproduciendo las caras y los gestos íntimos de quienes hablan durante la conferencia de prensa. En las otras dos situaciones, la gran pantalla se divide en varios paneles que parecen reproducir el movimiento de los órganos internos de un cuerpo, como si ellos fuesen la vida, y la energía está dada por las luces que iluminan esas pantallas. El final de la obra es otra metáfora del estado actual de la conciencia o hacia dónde vamos en este nuevo, y quizás, último milenio. El individualismo absoluto. El ser al que nada le importa del otro. El niño (en la última escena aparece un niño) golpea el piso con un garrote, mientras los personajes están definitivamente desvanecidos en el piso. Con cada golpe, los cuerpos vibran y esto es tremendamente visible. La sociedad ultraliberal vació las cabezas de las nuevas generaciones y dio a luz a un ser que se abre camino a los codazos, un niño aislado y asocial, de allí al fascismo el trecho es más que corto.

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