En La ciudad ausente, que tal vez sea un Buenos Aires del ayer, del hoy o del mañana, Piglia genera novela teoría literaria, la invade de procedimientos y relatos, y además coloca personajes al borde del delirio, ansiosos, maniáticos con idea fija, que gracias a esas particularidades generan o conectan relatos que permiten explicar la función de la máquina que mandó a construir Macedonio para perpetuar a su amada Elena. Y atentos con el verbo perpetuar.
Elena, la máquina, una de las protagonistas de la novela, es un guiño a los primordios de la literatura occidental, exactamente a la Divina comedia. Podemos realizar un paralelismo entre Dante y Macedonio, Beatriz y Elena, y por el lado argentino, el mito del cuerpo de Eva Perón y las infinitas versiones de su estado.
Y también, por el lado oriental, Las mil y una noches, porque esa máquina en La ciudad ausente tiene todos los relatos y todas las versiones.
Una cita de la novela: “Macedonio siempre estaba recopilando historias ajenas… ‘Una historia tiene un corazón simple, igual que una mujer. O que un hombre. Pero prefiero decir igual que una mujer’, decía Macedonio, ‘porque pienso en Scheherezade’”.
Imaginar la IA
Con la máquina-Elena, Piglia formó o convocó, tal vez sin imaginarlo, nuestro presente, noviembre 2025. Estamos en el mundo de la inteligencia artificial: la IA es la máquina de Macedonio que imaginó Piglia porque posee las versiones de todo lo construido por la humanidad y también las réplicas de los relatos, de las políticas, de los rostros, de la información, de los libros, posiblemente todo lo que Borges también sugería en “El Aleph” de lo real y lo imaginario. Piglia plasmó en esta novela una nueva forma de narrar la ficción apoyándose en ese procedimiento literario: la mise en abyme (puesta en abismo).
Es que todos los personajes de La ciudad ausente viven o transitan en una especie de precipicio o talud y eso sirve para que las tramas también puedan juntarse y encuentren una especie de continuo que se amplía cada vez a través de las repeticiones o de las versiones.
Personajes como Junior o Lazlo Malamud son un ejemplo de lo que explico.
El primero es una especie de cronista mutante, a mi modo de ver, de dos periodistas reales y muy sagaces de la cultura argentina y de dos épocas importantes del país (décadas del 40 y 50; décadas del 60 y 70): Roberto Arlt y Rodolfo Walsh. Junior es a veces más empírico, simple y un paseante de la ciudad, y en otras ocasiones es deductivo y cerebral. Es un periodista también producto de los medios de comunicación de masa: el cine, la televisión, la radio, la revista, el periódico, el teléfono fijo, medios que se fueron transformando a lo largo de las décadas de los 60, 70, 80 y 90 y, por su puesto, de la cultura pop.
Piglia incluso, muy a la moda de los 90, donde los jóvenes se rapaban toda la testa, hizo que Junior se parezca a Michael Jordan, pero también al personaje de la serie estadounidense Kojak, que protagonizaba Telly Savalas. Recordarán que Theo Kojak fue un investigador con la cabeza pelada, gabardina, sombrero y lentes oscuros, que al principio fumaba y después se hizo adicto al chupetín; poseía humor negro, inteligencia veloz y rudeza implacable, y desde el primer instante cautivó a la audiencia porque estaba más relacionado con la clase media baja que con la aristocracia neoyorquina.
Recordemos que en La ciudad ausente Junior ingresa al diario El Mundo gracias a Emilio Renzi, alter ego de Piglia, donde inicia una carrera de cronista policial. Es tan bueno que incluso sabe antes que todos lo que va a suceder, pero también arranca una investigación que le cambiará la vida. Una mujer empieza a llamarlo para contarle la historia de una máquina que esparce relatos ficcionales por toda la ciudad (Buenos Aires) y le solicita que contacte a un tal Fuyita, que es el sereno en el museo donde se encuentra la máquina, para que le cuente la historia del origen y del funcionamiento de ese aparato. Por otra parte, Renzi le entrega un casete que es el último relato de la máquina y que ya se encuentra en todas las librerías de Corrientes y en los bares del Bajo Flores. Cuando se sube al taxi con dirección al museo, Junior enciende el grabador y comienza a escuchar el relato.
En ese instante el cronista empieza a transformarse en investigador o en una especie de detective y se plantea dos interrogantes: ¿qué es esa máquina? ¿Qué son esos relatos? Y por fin tiene una razón para existir. ¿Por qué? Los lectores y lectoras de la novela recordarán que Junior fue abandonado por su esposa y su hija, y su padre se retiró a la Patagonia para escuchar emisiones de onda corta de la radio BBC de Londres para olvidarse de la vida.
Recordemos el inicio de La ciudad ausente: “Junior decía que le gustaba vivir en hoteles porque era hijo de ingleses. Cuando decía ingleses pensaba en los viajeros ingleses del siglo XIX, en los comerciantes, en los contrabandistas que abandonan a sus familias y conocidos para recorrer los territorios donde todavía no había llegado la revolución industrial. Solitarios e invisibles habían inventado el periodismo moderno porque habían dejado a tras sus historias personales”.
La tradición
Y me refiero a este fragmento sobre el linaje de Junior porque otro de los temas que toca La ciudad ausente es la tradición y para eso tenemos al personaje de Lazlo Malamud, una especie de Pierre Menard que recae en la Argentina. ¿Por qué esta comparación? Porque Malamud, en la novela, tradujo al húngaro el Martín Fierro de José Hernández y ganó el premio anual de la Asociación Internacional de Traductores.
Piglia explica que la única referencia al castellano que tiene Malamud es el poema de Hernández y Emilio Renzi intenta ayudarlo para que pueda conseguir trabajo como profesor de Literatura.
Cita de La ciudad ausente sobre Lazlo Malamud: “Era marxista e integró el círculo Petöfi y sobrevivió a los nazis, pero se escapó en 1956 cuando entraron los tanques rusos en Hungría, porque no pudo soportar que lo masacraran aquellos en quienes había depositado su esperanza. Aquí lo rodearon los derechistas y para salir de ese círculo buscó el contacto de los grupos intelectuales, a los que se dio a conocer como traductor de Hernández. Leía correctamente el español, pero no podía hablarlo”.
También Malamud podría ser una referencia de Piglia sobre el polaco Witold Gombrowicz, que vivió cerca de 25 años en la Argentina.
Aquí otra fijeza, otro maniático personaje cuyo conocimiento de la cultura y de un idioma solo estaba estancado en una obra literaria que él conocía a la perfección. Piglia, tal vez, necesita esta figura para ponerlo en escena a Borges. Desarma a Malamud en dos facetas: una como narrador y otra como ensayista; una con Pierre Menard y el Quijote, Malamud y el Martín Fierro, y la otra con El escritor argentino y la tradición, que en síntesis explica que toda literatura nacional tiene cruces con otras, y más la argentina, por ese crisol de razas que posee.
Literatura unihemisférica
Piglia construye en La ciudad ausente estos seres paranoicos, maniáticos, para crear una especie literatura unihemisférica así como son los sueños de los delfines: una parte del cerebro descansa y la otra sigue viva nadando despacio por el mar o por el río, una vida sin interrupciones. Esta categoría propone una literatura continua y tal vez llegó a la ficción paranoica no solo por los conceptos literarios como la intertextualidad, sino por las anécdotas populares que le contaron a lo largo de su vida, como esta que relató sobre la dictadura militar en la Universidad de Berkeley: “Voy a contar un relato que ya he contado más de una vez, me parece muy extraordinario el modo que concentra el imaginario social en el momento en que la Argentina existía la represión y estaba todo el universo de los desaparecidos, ahí comenzó a insinuarse un posible conflicto entre Argentina y Chile en el sur. Los militares primero experimentaron una guerra con Chile antes de llevar adelante la guerra de las Malvinas, porque empezaron a ver que la guerra era la única salida que podía encontrar un cierto consenso político. Entonces en el año 79 en la ciudad comenzó a circular una historia. Una persona a la madrugada en una estación del suburbio había visto pasar un tren con féretros que iban hacia el sur. Entonces, siempre existía alguien que había conocido a una persona que estaba en la estación a las afueras de ese lugar viendo pasar ese tren con los ataúdes vacíos, era una imagen fantástica, por un lado, y por el otro, era una condensación narrativa de la situación que se estaba viviendo en un país en donde no se enterraba a los cadáveres”.
Si la cultura argentina tuvo a un tiburón desaforado por los experimentos que revolucionó el tango como Piazzolla, también existió un delfín que nadaba piano, piano por este océano que es Buenos Aires y que parecía que tenía una vida continua, día a día anotando la totalidad de su cotidiano por el mar de la experiencia para perpetuar la narración literaria a través de los modos de leer y de escribir a lo largo de su vida. Ese fue Ricardo Piglia.

