Durante los últimos meses las noticias dan a entender que, de una u otra manera, el banco norteamericano JP Morgan intervenía o dejaba de intervenir en la economía argentina, como si fuese un agente oficial de un país extranjero o asociado a otros bancos privados. Esos movimientos pueden interpretarse como parte de la historia del capitalismo global, por lo menos en el último siglo y medio, cuando, ante el pánico financiero colectivo y haciendo uso de informaciones y posiciones dominantes, la institución se adueña de escenarios volátiles presentándose muchas veces como salvadora de gobiernos y de países, a cambio de ganancias extraordinarias. Eso sucedió en la crisis de 1893-1895 o durante el Pánico de 1907, en los Estados Unidos. Por entonces, John Pierpont Morgan en persona lideró las negociaciones. Sus compañeros de mesa siempre recordaban “su nariz deforme y su mirada penetrante”, detrás del humo de un puro, esperando en imperturbable silencio el desenlace a su favor. Mientras el “Corsair” recorría las aguas heladas de la bahía de Hudson y solo tocaba puerto cuando una de las partes se rendía. Corsair. Historia de corsarios que hunde sus anclas en Gales, hace poco más de cuatro siglos.
Desde la Edad Media, algunos gobiernos entregaban a los dueños o capitanes de barcos particulares una “patente de corso”. El papel autorizaba a estas naves a atacar barcos y puertos enemigos. Transitaron primero el Mediterráneo. Y, sobre todo, el Caribe tras el descubrimiento de América. El oro de puertos y galeones españoles fue durante muchos años el objetivo de corsarios ingleses, franceses u holandeses. El azúcar y los esclavos completaban esa apetitosa trilogía por la que el pirata Henry Morgan dio su vida. Esa vida de la que la narrativa triunfante da cuenta en libros y películas.
Piratas en viaje
Los lazos que unen a una y otra rama de la familia Morgan suelen perderse por el sinuoso camino que separa las entonces aldeas de Llandaff y Tredegar. Son poco más de treinta kilómetros de campiñas entre antiguos castillos y colinas verdes, cerca de Cardiff, en Gales. Algunos biógrafos acuerdan que Henry Morgan nació en 1635, cerca del castillo de Tredegar, aunque aducen que era hijo de un granjero. Sin embargo, el Capitán peleó para mostrar que su sangre provenía del otro lado de los muros del castillo. Ernest Cruikshank, autor de La vida de Sir Henry Morgan, aclara: “La familia Tredegar era reconocida como la cabeza del clan, del cual los Morgan de Llanrumney eran una rama menor. A esa pareció pertenecer el pirata”.
A poco menos de un año del nacimiento del que sería el pirata Henry Morgan, desde Tredegar partieron James, John y Miles Morgan. En el puerto de Bristol se embarcaron en un barco llamado “Mary”. Quizás soñaran con fundar un banco. Desembarcaron en Nueva York meses después.
A Henry Morgan lo esperaban barcos. Algunas versiones dicen que, siendo poco más que un niño, fue capturado y obligado a servir en un barco que lo llevó a Barbados. Y que, ahí, durante cuatro años, fue un esclavo blanco. Cuando se liberó volvió a los barcos para aprender un oficio: el de pirata. Lo cuenta Alexandre Exquemelin en su libro Piratas de la América, publicado en 1679.
El carnicero y el capitán
A esta altura, los tres hermanos Morgan se habían adentrado en los Estados Unidos. Las huellas de Miles Morgan aparecen entre los pioneros de Springfield, Massachusetts. Allí fue el único menor de 21 años admitido por el grupo de fundadores. “Se le asignó, en la práctica, el oficio de carnicero cuando sus labores agrícolas se lo permitían, solo superó en utilidad al propio coronel Pynchon, quien ejercía de tendero, además de líder y juez de paz de la colonia”, cuenta Appleton Morgan en el libro Historia de la familia Morgan, desde 1089 hasta hoy.
William Pynchon no era más que un traficante de pieles inglés al que un tribunal de Boston condenó a la quema de uno de sus libros. A su lado, las narraciones recuerdan al joven carnicero Miles Morgan con un arcabuz al hombro. Una estatua representa su memoria en el centro de Springfield. Esas historias lo refieren como el sargento Morgan. Otras como capitán. Apuntando siempre hacia los nativos.
A esa altura del siglo XVII, Henry Morgan no solo era una leyenda como capitán de barcos pirata. El rey de Inglaterra lo había nombrado caballero y gobernador de Jamaica. Su vida de pirata había comenzado como aprendiz en algunos barcos que operaban para la corona británica desde Port Royal, arrebatada a los españoles años antes y conocida también como Puerto Real. En el nido de los piratas del Caribe, el joven Morgan aprendió el oficio saqueando. Con las primeras ganancias a bordo de barcos ajenos, propuso a sus compañeros de tripulación comprar un barco en sociedad. Los marineros aceptaron. Y lo eligieron capitán. Faltaban meses para que el gobernador le otorgara su patente de corso.
Pirata de leyenda
En su primera misión, el capitán Henry Morgan atacó San Francisco de Campeche, puerto principal de la península de Yucatán sobre la Riviera Maya mexicana. Se apoderó del botín de varios barcos españoles y regresó triunfal a Jamaica.
Los saqueos exitosos llamaron la atención de otro pirata de origen holandés: Edward Mansvelt le ofreció ser el vicealmirante de una expedición de catorce barcos. Partieron hacia el archipiélago de San Andrés. Tomaron la isla de Santa Catalina. Y si bien todo terminó en derrota, la expedición de casi seiscientos hombres regresó a Jamaica al mando del joven Henry Morgan. Mansvelt fue capturado. Murió fusilado. Morgan sería desde entonces el capitán de todos los piratas.
La leyenda de Morgan circulaba a ambos lados del Atlántico. Tanto que hacia 1668 el “HMS Oxford”, un barco de la Marina Real Británica, llegó a Port Royal. Llevaba una recomendación del secretario de Estado del rey Carlos II y un plan secreto: invadir Cartagena de Indias con la ayuda de corsarios. Richard Browne, el enviado real, convocó a los capitanes a una reunión frente a las costas de Haití. Entonces, inesperadamente, un cargamento de pólvora de la Oxford explotó. Henry Morgan sobrevivió. Después de meses de reconstruir barcos y reorganizar tripulaciones decidió atacar Maracaibo. Sus planes eran más acordes para las fuerzas diezmadas por el accidente.
Asediar Venezuela
El asedio de Maracaibo y San Antonio de Gibraltar en las costas del lago duró meses. Cuando los barcos de Morgan llegaron, los habitantes, asustados, habían huido. Las ciudades, abandonadas. Persecuciones, torturas y paciencia les dieron un cuantioso botín. La estrategia: tomar prisioneros tierra adentro, amenazarlos durante su encierro y exigir cuantiosos rescates en medio de negociaciones singadas por la tortura.
Cuando Morgan y sus hombres se disponían a dejar el lago de Maracaibo con sus naves atestadas del fruto de los saqueos, se toparon en la boca del lago con tres naves españolas cerrándoles el paso. Morgan amenazó con quemar Maracaibo si no los dejaban pasar. Los españoles se negaron. Entonces, cuenta la historia que el corsario les preguntó a sus hombres si estaban dispuestos a devolver toda la fortuna saqueada. El grito fue unánime. No. Nadie estaba dispuesto a repartir las ganancias. Un brulote atestado de pólvora avanzó sobre las naves españolas. Fue el principio del triunfo. Después de días de largas negociaciones, los piratas dejaron Maracaibo de noche y con las velas arriadas. Miedo y destrucción era la memoria del viento que inflaba las velas. Un año más tarde, Morgan y sus hombres atacaron Panamá. La ciudad fue incendiada por completo. A esa altura, España e Inglaterra habían firmado la paz. Morgan fue apresado. Lo enviaron a Londres. Lo juzgaron. Y condenaron. Tiempo después el rey de Inglaterra lo nombró Lord. Regresó a Port Royal ya no con una patente de corso. El papel lo nombraba gobernador.
La hora de los bancos
El capitán Miles Morgan envejeció con fortuna en América. Y tanta fue la fortuna de aquel joven carnicero de Springfield que algunas historias cuentan que su cuerpo viejo regresó a las costas de Gales para morir. Hacia fines del siglo XVIII y principios del XIX sus descendientes se habían convertido en brillantes comerciantes que dominaban Massachusetts. Tanto a Joseph como a Junius Spencer Morgan se los asocia con la fundación de compañías de seguros contra incendios. John Pierpont Morgan fue niño en Londres porque su padre, Junius, finalmente fundó un banco. Pierpont (puente de piedra) era el apellido de su abuelo, predicador. El puente de piedra sobre el mar estaba trazado. De Londres a Nueva York. Piedras.
El joven John Pierpont Morgan pasaría sus primeros años entre colegios londinenses y suizos, combinados con Nueva York o una solitaria permanencia en las islas Azores. Su memoria ancestral regresó a una fascinación por todo lo que sucedía en los puertos. Sentado solo, en el puerto de Fayal, ahí donde el pirata de la reina de Inglaterra, Frank Drake, había fracasado, John Pierpont Morgan comenzó a soñar su imperio. Volvió a Nueva York para trabajar como cadete en una firma financiera. Y hacia 1861, durante la Guerra Civil, JP fundó el banco. Pronto se convertiría en el rey de las finanzas de Wall Street, en un apasionado velerista y, por supuesto, en dueño de un yate de lujo que bautizó “Corsair”.
Fue a bordo del “Corsair” que obligó a los barones de los ferrocarriles a unirse y dejar de competir. Corría el año 1885. “No luchen entre ustedes, dividanse las ganancias”, fue la propuesta. El botín estaba a salvo. Los presidentes de las compañías del Ferrocarril Central y del Ferrocarril de Pensilvania pasaron horas negociando mientras el barco navegaba por las aguas heladas de la bahía del Hudson. JP Morgan callaba y fumaba sus puros negros. El barco volvió al puerto una vez que hubo un acuerdo. Por este tipo de estrategias, autores como Steven Schneider incluyen a JP Morgan en el listado de los llamados “barones ladrones”, aquellos pioneros del capitalismo norteamericano que hicieron sus fortunas en los bordes de la ley.
Pánico y ganancias
Cuando el 5 de mayo de 1893 la National Cordage Company cerró sus puertas, John Pierpont Morgan y el “Corsair” volvieron al ruedo. Lo que pudo ser apenas el cierre de una empresa importadora de cáñamo se transformó en pánico generalizado. Ante la imposibilidad de pagar a los acreedores, la reacción en cadena no se hizo esperar. Los precios de las acciones se desplomaron, las cadenas de pago se rompieron y miles de empresas quebraron en cuestión de meses. El shock dejaba en evidencia las debilidades de la economía norteamericana: la sustentabilidad de su crédito. Escondía una mayor: las reservas de oro que garantizaban la convertibilidad del dólar eran casi nulas.
El presidente Grover Cleveland contactó a JP Morgan en secreto. El hombre de la mirada penetrante y los puros negros tenía un plan: una corporación de banqueros le daría al gobierno 65 millones de dólares para comprar oro en Europa, a cambio de bonos con alta rentabilidad. La economía se estabilizó. JP Morgan se impuso como el verdadero líder de la economía de los Estados Unidos. Sus ganancias fueron extraordinarias.
Pánico ante el temor de perderlo todo. Ante los piratas o ante los banqueros. El pánico era el mismo cuando en 1907 regresó a la Bolsa de Nueva York. Para ese momento, por el “Corsair” habían pasado todos los hombres importantes del mundo, incluidos los reyes de Alemania y de Inglaterra. Las reuniones, la mirada penetrante, el puro negro y el silencio. La misma escena. Un trust de grandes banqueros rescató a decenas de bancos más pequeños. Liderados por JP Morgan, el pez pequeño desapareció ante el grande. La naturaleza del mar, la memoria. La economía volvió a estabilizarse.
Guerras y lujos
Cuando la Primera Guerra Mundial estalló, JP Morgan ofreció su “Corsair” a la Armada de los Estados Unidos. Lo rebautizaron S. P. 159 y le adosaron cuatro ametralladoras Colt de tres pulgadas. Así cruzó otra vez el Atlántico. Después fue a desguace.
Durante la Gran Depresión de 1930, JP Morgan (hijo) estrenó un nuevo “Corsair”. El barco de casi cien metros de eslora había costado unos 50 millones de dólares actuales y era una muestra de prepotencia y lujo que recorrería las aguas del Atlántico durante más de una década. Fiesta permanente interrumpida por la Segunda Guerra Mundial. Jack Morgan lo ofreció entonces como barco de auxilio de la Real Marina Británica. Cuando le desmontaron los cañones fue parte de la flota de cruceros de lujo de la McCormick Steamship Company, una empresa que ofrecía viajes a Santos, Montevideo y Buenos Aires. La etimología del apellido Morgan lleva rastros de mar. Los filólogos sugieren que deriva de “morcant”, una combinación de elementos que bien podrían significar círculo en el mar, o mar brillante. Otras interpretaciones sugieren que morcant significa “gran jefe”. El 7 de junio de 1692 un terremoto hundió en el mar a la ciudad de Port Royal. Con ella desaparecieron los restos de Henry Morgan. El último “Corsair” se hundió frente a Acapulco en la Riviera Maya. Era noviembre de 1949. Como las mareas, cada tanto, el pánico financiero regresa. La memoria esconde el título de un libro prohibido por los puritanos de Boston. Lo escribió un traficante de pieles ladero de Miles Morgan en Springfield: El meritorio precio de nuestra redención. En una historia de corsarios solo el oro parece capaz de garantizar el perdón.

