“Yo muero extrañamente… No me mata la Vida. / No me mata la Muerte, no me mata el Amor; / Muero de un pensamiento mudo como una herida…” (Delmira Agustini).
Cuando el ruido sobrepasa los decibeles tolerables, las nueces se desparraman y se esconden. Así anda nuestra época (“siglo mío, bestia mía”, denuncia Ósip Mandelstam), entre despojos e indiferencia, entre la abulia y el derroche, entre la espina rota y la huella de sus garras (Mandelstam otra vez). Y la poesía asoma, entones, como una posibilidad de torcer el rumbo. No se trata de tomar el camino de los sueños como lugar de restauración sino como lugar de desmarque, como galera de imprevistos, como un cosmos disruptivo que anhela los disturbios del caos. “En una historia de ruptura espiritual –nos alerta la poeta y ensayista Adrienne Rich–, un pacto social construido sobre fantasías y secretos colectivos, la poesía se vuelve más necesaria que nunca: mantiene fluyendo los acuíferos subterráneos; es la voz líquida que puede horadar la piedra”.
Acudimos a la zona más incómoda del lenguaje, esa zona donde el lenguaje pierde el pudor y se arriesga en connivencia con las propias sombras, las de quienes nos valemos de ese lenguaje, las y los poetas, y las de quienes leemos con furia para descansar de tanta inaudita y pultácea vanidad. “Cuando el paisaje se sacude y tiembla –nos ilumina Rich–, cuando una columna de polvo y escombros se eleva tras el colapso de un grupo de edificios sobre cuerpos que podrían ser los propios, cuando los pilares de la historia se desacomodan y el barril del tiempo estalla en pedazos, algunas personas acuden a la oración, otras a la poesía: palabras en la memoria, un libro manchado que llevamos junto al cuerpo, el cuaderno garabateado a mano –un centro de gravedad–.”
Por esto y mucho más, celebro la edición de Flores raras: (escondido país), una monumental antología de poetas uruguayas, curada por dos prestigiosas autoras: la uruguaya Silvia Guerra y la franconorteamericana Jesse Lee Kercheval. Tras una investigación exhaustiva, el volumen de casi quinientas páginas que publicó recientemente la editorial argentina Hilos, y que lleva ya tres ediciones en su país de origen, deslumbra por la calidad, el hallazgo e incluso el riesgo. Son 56 poetas mujeres, todas nacidas entre 1845 y 1939 menos Petrona Rosende (1797-1863), la gran antecesora, única mujer incluida en El Parnaso Oriental de Luciano Lira, primera antología de poesía de Uruguay realizada entre 1834 y 1835.

De Petrona, dos poemas que funcionan, uno como bisagra y otro como telón: “La cotorra y los patos” con su despliegue de octosilábicos nos da la bienvenida apenas abrimos el libro. Y “A los que hacen versos a cada cosa” cierra el volumen no sin el glamour de un ars poética con versos de cinco sílabas que otorgan percusión a la música: “Poetas sabios / Los cuyo estros / Se evaporizan / Haciendo versos, / Por un chillido /, Por un bostezo, / Por un remilgue, / Por un tropiezo /; Salís al punto / Haciendo un verso”.
No deja de asombrar que de un país tan pequeño –alrededor de tres millones y medio de habitantes– hayan surgido tantas poetas mujeres y, sobre todo, de tanta originalidad y potencia. Porque no se trata solo de proporciones ni de números sino de una calidad sostenida que ha construido una consistente tradición.
Consistente tradición
Solemos apoyarnos más escolarmente en Juana de Ibarbourou (1892-1979), por su presencia desde hace décadas en programas de estudio; más cultamente en Delmira Agustini (1886-1914), por la prematura exquisitez de su lenguaje, su don erótico, su destino trágico; y más popularmente, muy difundida en estos últimos años, en Idea Vilariño (1920-2009) por su claridad y su síntesis.
Sin embargo, quisiera enfatizar un rasgo muy notable de esta antología: no se intenta poner a ninguna poeta por encima de otra. Hay ecuanimidad y la cantidad de poemas de cada una (es una propuesta generosa que incita a dilucidar estéticas) depende del desarrollo y expansión de cada obra.
Me detengo, en principio, en cinco voces, muy desarrolladas, identificables y diferentes entre sí, que sigo de cerca desde hace tiempo y que, además de las tres citadas anteriormente, son las más difundidas y publicadas en la Argentina: Amanda Berenguer (1921-2010), Ida Vitale (1923), Selva Casal (1927-2020), Marosa Di Giorgio (1932-2004) y Circe Maia (1932).
Para apreciar los rasgos propios de una escritura poética, que debe sostenerse y replantearse a lo largo del proceso de una obra con el fin de alcanzar un lenguaje reconocible, transcribo dos poemas (uno de Berenguer y otro de Vitale) tomados de la antología, que insisten en una misma temática (este detalle del azar resulta de gran ayuda para mi propósito): “Por las manzanas / –deliciosamente– / conozco el deseo / descubro la salud / y esa larva de muerte / que se lleva en medio del esplendor. / Ser como la manzana / implica / todas las culpas / Pero es excitante la propuesta. / La manzana es brillante / y peligrosa: / una sola puede incendiar un huerto. / Ser como la manzana / es estar –en la alta fiesta del día– / toda de raso rojo y diamantes / y llevar en el índice enguantado / un anillo de sombra”. Berenguer le imprime a la lírica un toque de humor amordazado en imágenes de gran musicalidad e ingenio. Vitale, en cambio, articula los versos arriesgando el orden habitual de la gramática, brindándole de este modo un resplandor clásico sin perder un ápice de nuestro castellano de hoy, y del más sofisticado: “En la ventana / un volumen rojizo de paz / es la manzana. // Parecería qué loca / si volara / hasta de su saber despreocupada. // Andaría zorzal / de no quererse canto en nuestra boca / a la hora frugal. // Detrás, el sol / se pone igual de rojo / y no es mayor”.
Ambos estilos, tan disímiles y elevados por igual, marcan una tendencia fortaleciendo una tradición: la de la poesía uruguaya escrita por mujeres.
La poética de Di Giorgio se consolida desde un lenguaje selvático y boscoso –las palabras ya no son palabras sino que toman el volumen, la materialidad y el ritmo cardíaco de lo que nombran– que huele a tierras húmedas, a lluvia, a sexo y miel de abejas. Todo resulta un lodazal bíblico, un relicario de huéspedes solitarios, una reunión variopinta de sabores y de almas, magulladas algunas, cascabeleando las otras. La autora de Los papeles salvajes (así el título de su poesía completa) pone demencialmente en escena un ecosistema de jardines náufragos y obliga al lector a disponer de sus cinco sentidos: “Los que cultivaban camelias se conocían desde lejos. / Tenían una cara extraña. / ¿Qué comen las camelias? / Algunas son blancas, sedosas, rígidas, / otras de porcelana oscura y con manchas, / ¿qué ponen las camelias? / ¿una almendra rosa? / ¿un huevo con diadema y alas?”
Mientras tanto, Casal nos conduce a un estado de dicha en la desdicha, el poema que nos comprende desde su espejo roto: “Y lo peor es que sobrevivimos / sobrevivimos siempre / al amor a la ruina / la incesante sorpresa de la muerte / avanzo entre despojos / y sé que lo terrible / es que volvemos a ser felices”.
Y Circe Maia nos dulcifica y nos hiere con su puntada precisa, con su intimidad punzante: “Por eso toco y miro, como de gran distancia / este cuarto en silencio / con juguetes tirados por el piso / con camas destendidas. // Me siento regresando. / Como quien ya se iba y da vuelta. / Como alguien que olvidó despedirse. / Desde afuera, de lejos, he regresado / a la resbaladiza sustancia de la vida”.

Las sorpresas
Cada poeta resulta un tesoro oculto. Los hallazgos son muchos e imponentes. De pronto descubro a María Adela Bonavita (1900-1934), vida breve, enfermedad, dolor y una dulzura áspera atareada entre ángeles y demonios: “(Despertar) / Olvidado en la sombra, anochecido –y levantado / ahora con esfuerzo– este vivo reflejo que sostiene / mi frente sufrirá como sufren los ángeles sostenidos / apenas por las flores”.
Me consagro a Selva Márquez (1903-1981), una autora que publicó poco en vida y silenció sus versos a cambio de narraciones y activismo político: “Hay un charco entre los pastos /como un ojo abandonado / al que tiñe el cielo gris / de una tristeza de ocaso”.
Sostengo a Susana Soca (1906-1959), la poeta que extendió con su mano el verso que acompaña el título de esta antología: “En un país de la memoria / por años y años yo erraba sin salir / en un país de la memoria / escondido país, con rigor yo viví”.
Me dejo arrastrar con ímpetu y ardor por la vanguardista Edgarda Cadenazzi (1908-1991): “Oh avispa que avanzas, / que asaltas, / que buscas, / que salvas! // Tú que eres vivaz como la luz del maíz / y sales de la amapola / como una chispa de la hornalla / y serenas las aristas de dios / con la fina miel / y eres antigua y jubilosa como la geometría / y conoces la gracia casi humana de la espiga de trigo”.
Y me entrego melancólica a Clara Silva (1905-1976), la olvidada biógrafa de Delmira Agustini: “Con mi palabra amarga de realidad y asombro / abrí los ejercicios de muerte, / llamé sus sombras a encarnar mi sombra / y en el tiempo del cuerpo y sus razones / hice este libro triste / para el tiempo”.
Alucino y derrapo con la exótica, avanzadísima, Gladys Castelvecchi (1922-2008): “Una mujer y un hombre / siempre en violencia / –acorde o alevosa– / obedecen / lo que gobierna los sitiados cuerpos. // Las mismas leyes para los leones, / las semillas impasibles / o el no menor prodigio de las aves. / Quién instruye / la inextinguible fórmula”.

Me conmociono con la excitante y surrealista versatilidad de Suleika Ibáñez (1930-2013): “Pero todos los corazones son rojos como un grito o como una cereza desnuda dentro de un caballo cristalino, / y se les ve en el pecho, en un ventana con los postigos vencidos de salitre, y donde arde todavía una maceta con un clavel rojo. / Otros son morados como ropa de obispo y vendajes de hospitales, y hay corazones violetas, semejantes a blandas ruinas bajo la virgen de nácar, que hacen ladrar a los perros del cielo”.
Y elijo cerrar con un ars poética de Ulalume González de León (1932-2009), hermana de Suleika, que define la fuerza del quehacer poético desde su impotencia, contraponiendo las voces inefables de la naturaleza a la palabra. De ahí en más, lo imposible de la lengua para el poema: “No podrías hablar en pájaro / No podrías hablar en viento / No podrías hablar en mar / Te faltaría / creo/ l’esprit de la langue // Lo que han dicho la ola el aire el mirlo / no admite discusión // Tú en cambio tuerces / retuerces las palabras”.
No hay manera de que todas las autoras quepan en un artículo, y me siento en deuda con unas cuantas singularidades estéticas que me han desarmado. Da pena. Escozor. Zozobra. Porque este libro grita lo guardado, la gloria introvertida, la injusticia preñada. Pero aquí está, a la mano de quien necesite encontrarse con el reloj tantos siglos amordazado de las mujeres, ese tiempo enterrado que hoy es incandescencia.
