Hablar con Luciano di Vito y Jorge Bernárdez, autores de Las aventuras de Perón en la Tierra, es adentrarse en una charla apasionada y muy divertida, con un dúo que por momentos parece uno solo. Es común que alguien comience una frase y el otro la complete. Incluso se solapan, y es difícil adjudicar a uno u otro la respuesta. Acaban de presentar la segunda edición, ampliada, del libro que vio la luz en 2011.
En una larga charla con Caras y Caretas hablan sobre el libro, sobre el peronismo y sobre la vida de Perón más allá de sus gobiernos. También sobre el desafío de escribir un texto que no asume la forma de una historia lineal, sino una construcción al modo de patchwork, donde entre testimonios de testigos directos, anécdotas precisas, sentencias del líder y documentación histórica, se cuenta un Perón y varios perones, construyendo un universo peronista tan diverso como el que propone la portada. Entre Perón haciendo presencia en un restaurante para comer en Panamá, asesinos que avisan que vienen a matar y un joven Carlos Santamaría que dijo la frase mágica “yo conocí a Perón” y abrió la puerta al libro, Bernárdez y di Vito incomodan y evitan toda mitificación.
Luciano di Vito arrancó la charla con una idea sobre por qué tiene sentido escribir un libro como este. “Una vez nos preguntamos cómo era la vida argentina antes del peronismo o antes de Perón. En el siglo XX es lo único disruptivo a nivel ideas. Había algo en el peronismo que determinaba estilos de vida. Había una idea de país, de que tenías que vivir con tu trabajo. El peronismo tuvo una idea muy fuerte y muy argentina. Creo que eso es lo que lo mantiene en el tiempo, que es una idea argentina.” A lo que Jorge Bernárdez agregó: “Una idea sobre la Argentina, algo que los otros no parecen tener”. Así quedaba claro que las respuestas serían dichas a dos voces.
–En el libro hay mucho de la incomodidad que la historia viva del peronismo tiene para muchos, incluso para los propios peronistas. El diálogo que tienen con el doctor Cossio es un ejemplo.
J. B.: –Es tremendo. Fue un testimonio complicado. Cossio no nos dejó grabar, porque estaba perseguido, aun cuarenta años después de haberlo atendido a Perón. A todo el mundo le quedó el relato de Tomás Eloy Martínez, que es de una novela. Pero la realidad fue muy diferente. Se murió en el piso, atendido por unos médicos jóvenes que trataron de revivirlo. No había ningún hecho esotérico alrededor todo eso. Hubo un hecho médico que fue irreversible. Pero sobre la incomodidad que le provoca al peronismo ahora el libro, de alguna manera es que da vuelta la famosa frase de que el peronismo es el hecho maldito del país burgués, porque se transformó en el hecho burgués del país maldito. Los doce años de “década ganada” nos puso a todos muy cómodos: a los que fueron funcionarios, a los que eran militantes. Está todo bien, éramos todos felices, pero las cosas no duran para siempre. Uno se quiere quedar con la foto en la que está todo el mundo sonriente, pero la película sigue.
–Es muy interesante cómo relatan la austeridad con la que vivió Perón en el exilio, incluso en Puerta de Hierro.
L. d. V.: –Nos impresionó mucho en el primer libro, cuando dimos con López y Landajo, que nos contaron de primera mano ese exilio. Lo contraponemos con el Perón escritor, el Perón que graba las cintas, el Perón que estando lejos tiene una visión panorámica de la Argentina. Mientras acá se decía que el tipo vivía a todo lujo, yo veo un tipo que ocupa el tiempo libre con una disciplina extraordinaria, cuidando su salud, leyendo, escribiendo, escuchando a los que van. En ningún momento hay ostentación.
J. B.: –Sobre la austeridad, fíjate que Jorge Antonio, a diferencia de Perón, vivía con mucha plata en el exilio. Caparrós relata que fue a la casa de Jorge Antonio acompañando a su padre, que se reunió con él y Perón. Y cuenta que cuando entró se encontró con un Aston Martin igual al de James Bond, y había un original de un pintor famoso, que estaría en un museo si no fuera porque Antonio tenía plata para tenerlo en su casa. Así que te das cuenta de que la austeridad era de Perón, y la decisión de vivir así era suya.
L. d. V.: –Claro que para el libro también escuchamos un montón de relatos como que Perón espiaba a las minas, lo de la UES, que la pasó bárbaro en el exilio, que estaba en hoteles. Todo eso es una fábula. Hay una edición de Sucesos Argentinos, que la han sacado de circulación, en la que se muestra una exhibición con las joyas de Evita, para la que había una cola de tres cuadras. Se exponían zapatos, vestidos, joyas, puro lujo. Salones y salones mostrando eso, y muchísima gente queriendo verla. ¿Dónde fue a parar todo lo que estaba ahí adentro? O nunca existió o se lo robaron. Así nos encontramos con muchas cosas. De alguna manera desarmamos ese relato que había quedado del tiempo del exilio de Perón. Nos lo contaron dos fuentes que estuvieron con él, y que la sufrieron estando fuera del país.
J. B.: –Cuando los entrevistamos vivían en departamentitos chicos, no eran tipos que tuvieran plata.
–¿Qué cuestiones los sorprendieron al escribir el libro?
L. d. V.: –Hay tres cuestiones que nos sorprendieron mucho. Una es la historia de Bernardo Alberte, otro fue la gente de provincia de Buenos Aires que trabaja juntando familiares y descendientes de los fusilados de 1956, y también la de un familiar de los muertos en el bombardeo de 1955.
J. B.: –Esas son cosas que no pueden quedar impunes, por la gente que murió en esos hechos. Muchos, sobre los fusilamientos de José León Suárez, se quedaron con Operación masacre, y en cada aniversario se recuerda a Walsh, pero no siempre se homenajea a los muertos. Y casi nadie se pregunta qué pasó con los familiares de los fusilados.
L. d. V.: –Con Bernardo Alberte (hijo) hablamos por lo menos cuatro o cinco veces, a lo largo de los años. Era un tipo que tenía una memoria magnífica, una documentación maravillosa y peleaba quijotescamente. La historia es tan fuerte que ese capítulo era mucho más largo, y abría el libro. Pero con el armado tuvimos que acortarlo, porque había por lo menos 25 páginas más.
–¿Qué cosas pasaron en el proceso de trabajo desde que publicaron la primera edición y esta?
L. d. V.: –La diferencia fue que en 2011 hicimos un trabajo de compilación. Teníamos muchas historias por muchos lados, y las juntamos. Escribimos muy poco sobre ese material. En este trabajamos mucho más de escritores. Teníamos el libro anterior, que hubo que “barnizarlo” un poquito y tuvimos historias fuertes que agregar. Así que casi tuvimos que escribir el libro otra vez. En la primera edición nos pasaba que teníamos una prevención, porque creíamos que nos iba a dar bola, porque veníamos de la televisión y nos metimos con la historia, ¡y encima con el peronismo! Entonces optamos por escondernos detrás del texto. Para este ya teníamos otros trabajos y más inserción.
J. B.: –Había que rearmarlo un poco, hubo que trabajar los textos. Y también trabajar el ritmo.
–El ritmo es una clave para la organización. Hay capítulos que se leen y uno se queda con las ganas, y otros que después de leerlos se requiere tiempo para procesar lo que cuentan.
J. B.: –Somos productores de televisión…
L. d. V.: –Y también nos gusta la literatura que te tiene agarrado y leés sin parar.
J. B.: –Algunos capítulos necesitan un tiempo, un proceso más interno, y otros son una frase y el remate. Los que tienen la primera versión de este libro se van a encontrar con sorpresas, no es tan fácil. Hay cosas que en este no están, y obviamente hay cosas que están en este y no en el otro. Hay una transcripción de una nota sobre los intentos de asesinato que sufrió Perón en el exilio, y eso no está ahora, porque tenemos cosas nuevas. Así que van a tener que tener las dos versiones.
L. d. V.: –Hay un tema que yo defiendo a muerte, que es la inclusión de la anécdota como género literario, no como oralidad. Cualquiera puede tener una anécdota, pero a nosotros muchas veces nos contaban una y el desafío era escribirlo. Porque te puedo contar muy bien una anécdota, y vos te reís, pero cuando la escribís no se ríe nadie. Es un desafío encontrar un buen tono, entendiendo que también lo tiene que leer gente que no es peronista.
–Construyen cierta complicidad con los lectores cuando en algunos capítulos mencionan que hablan con alguien que no quiere ser nombrado, o que tienen fuentes que no pueden mencionar, como quien comparte un secreto.
J. B.: –Es una forma de mostrar el modo en que se produce la investigación, mostrar el detrás de escena. Acá nos pidieron que no nombremos al protagonista, o porque tiene miedo, o por la familia, o porque uno de los hijos es periodista conocido, o cosas así. Y nosotros cumplimos, pero lo dejamos a la vista del lector. En algún caso tuvimos que contárselo al editor, porque se nos apersonó un familiar, increpándonos sobre cómo nos habíamos enterado de algo referido a un pariente suyo. Parece que ese tema no se hablaba en la familia desde hacía veinte años y así confirmó que lo que escribimos es verdad.
L. d. V.: –Pero hay algo que te podemos contar. A esa historia llegamos por un amigo, que nos dijo: “Ustedes tienen que conocer un grupo de peronistas que se juntan en la provincia de Buenos Aires y les van a contar un montón de historias”. Nos fuimos en tren a Florida. Llegamos a una construcción que alguna vez fue una galería de arte, abandonada, y al fondo había cinco personas. Era una especie de atelier, nos sentamos en el piso porque estaba lleno de afiches de Perón, vendían VHS y DVD que tenían apilados. Y nos empezaron a contar historias, hasta que llegaron a esa, pero no podíamos decir quién nos la había contado, ni revelar el nombre de esa gente.
–Es interesante cómo el peronismo tiene, entre el mito y la realidad, un montón de personas que parecen guardar la historia secreta del movimiento, en lugares y situaciones casi fantásticas.
L. d. V.: –Hay una familia de un fotógrafo que le sacó fotos a Perón, que tenía todos los rollos enterrados en el jardín. Y de golpe aparecen y tenía más de dos mil fotos, todas documentadas. Hay mucha gente que guardó bustos de Perón o Evita en montones de pueblos. Y está la historia del busto que llevaron al Aconcagua que contamos en el libro.
J. B.: –Por eso no hay que asombrarse de la mística peronista. Está en la historia del peronismo. Tener que ocultar las cosas, tener miedo de mostrarlas; que pase de generación en generación dentro de la familia. Tener cosas guardadas bajo tierra y que un día aparezcan, como de la nada. Cómo no vas a crear una mística de eso.

