Contra el prejuicio apresurado –el que sostiene, por ejemplo, que su auge se debe exclusivamente a los tiempos acelerados que corren, a la llanura y a la fragmentación que imperan en las formas digitales de la actualidad–, el microrrelato exige un esfuerzo para muchos insospechado. Basta con la lectura de la mayoría de las piezas de Ana María Shua para comprobar la densidad de una lengua que se goza a sí misma en el juego irreverente de estas ficciones mínimas. Por ejemplo, el que se lee en “Conciencia de la muerte”: “Saber que te estás muriendo y saberlo y orinarte de miedo, el terror a la muerte en cada repliegue de tus células, en la perceptible cavidad de una caries, en el flujo de la sangre que gorgotea en las arterias, en el olor a muerto que expele la línea de inserción de las uñas, sentir que estás agonizando, y saberlo, y decirlo y después sobrevivir así, como si nada, qué vergüenza”.
Asimismo, un volumen de microrrelatos requiere de un esfuerzo de sesuda imaginería: el de reiniciar la creatividad lectora con cada una de las breves narraciones. Por extensos o intricados que se propongan, la novela y el relato demandan del lector un único arrojo, un único ingreso a ese mundo en el que la trama, los personajes, el tono, la escritura, se tornan –más tarde, más temprano– familiares. Por el contrario, no resulta difícil sospechar el brío necesario para recorrer los infinitos escenarios de –en términos de Ana María Shua– Todos los universos posibles que habilita el ejercicio del microrrelato.
El título, reeditado ahora por Emecé, contiene la mayoría de los libros de la autora sobre el género en cuestión, desde La sueñera, de 1984, hasta Fenómenos de circo, de 2011. Sin duda, los microrrelatos ganan una potencia especial –y despiden, al mismo tiempo, un brillo singular– cuando una temática los articula en lo que es, para su autora, algo más que un mero divertimento. La díada de vigilia y sueño en La sueñera; el disfraz, el deseo, el sexo y la reescritura de los cuentos de hadas en Casa de geishas; la enfermedad y el cuerpo en Botánica del caos; la problematización de la condición humana con los freaks de Fenómenos de circo, por nombrar solo algunos. Y así como cada uno de los microrrelatos tiene la extensión que necesita y no una preexistente o prefabricada –los hay de cinco palabras o de una carilla entera–, Shua, como ha dicho en más de una ocasión, no elige los motivos temáticos: son los temas, en todo caso, los que la eligen a ella.
Véase un caso, tan recurrente en este género como en la poética de la autora, de imbricación entre vigilia y sueño, el microrrelato 11 de La sueñera: “Mientras duermo, no estoy aquí. En mi ausencia, podrían rebelarse los objetos que domino en la vigilia. Despierta, busco inútilmente las señales de la rebelión. Sin embargo, tan fácilmente no se me engaña: todas las mañanas, por las dudas, castigo a los cabecillas”. Y otro –“El simulacro”, de Casa de geishas– en el que las apariencias ganan la partida; apariencias que, no obstante, se presentan como mascaradas sin trasfondo alguno que valga la pena dilucidar. “Claro que no es una verdadera Casa y las geishas no son exactamente japonesas; en épocas de crisis se las ve sin kimono trabajando en el puerto y si no se llaman Jade o Flor de Loto, tampoco Mónica o Vanesa son sus nombres verdaderos. A qué escandalizarse entonces de que ni siquiera sean mujeres las que en la supuesta Casa simulan el placer y a veces el amor (pero por más dinero), mientras cumplan con las reglamentaciones sanitarias. A qué escandalizarse de que ni siquiera sean travestis, mientras paguen regularmente sus impuestos, de que ni siquiera tengan ombligo mientras a los clientes no les incomode esa ausencia un poco brutal en sus vientres tan lisos, tan inhumanamente lisos.”
Un universo de perseguidores perseguidos
Pero Shua es experta, también, en una variante del género no tan frecuente –siendo como son, estos microrrelatos, anfitriones asiduos del humor, el chiste y el chascarrillo–: el de la sugerencia escalofriante. Escribe en “Caricia perfecta”, de Casa de geishas: “No hay caricia más perfecta que el leve roce de una mano de ocho dedos, afirman aquellos que, en lugar de elegir a una mujer, optan por entrar solos y desnudos al Cuarto de las Arañas”. Y en “En la silla de ruedas”, de Botánica del caos, la mirada infantil tiñe de horror monstruoso la discapacidad adulta. “Tía Petra se finge paralítica para vivir en su silla de ruedas, tapada con una manta escocesa que oculta sus patas de cabra, su cola de pez, su mitad serpiente. Los sobrinos le quitamos la manta mientras dormía y vimos las dos piernas de niño, pequeñas y delgadas, que siempre se pone para dormir”.
Como afirma con prosa borgeana Hermes Linneus, el ficticio prologuista de Botánica del caos, la palabra poética a la que adscriben los mejores microrrelatos perfora el sedimento del significado para alcanzar cierto tipo de magma –de caos–: la materia esencial que tiende a la fuga, cuyo corazón late de manera escurridiza. “En esas grietas, en ese magma –asegura el inventado prologuista– hunden sus raíces estas brevísimas narraciones, estos ejemplares raros, pero su tallo, sus hojas, crecen en este mundo que es también el Otro.”
En el mundo de Shua los perseguidores (aunque probablemente no tomen conciencia de ello) se tornan perseguidos, los fantasmas denuncian la precariedad de la materia, los golems se rebelan frente a sus rabinos y las princesas dudan de la calidad de los príncipes. En varias oportunidades, el lector termina entrampado por trucos que no siempre se develan del todo; y, al tiempo que la literatura se interroga a sí misma, estos microrrelatos se regocijan en la ridiculización del verosímil realista. No podría ser de otra manera, cuando una escritora se propone conjurar la magia, el encanto, la vida y el misterio de todos los universos posibles.

