Cuando existen derechos vulnerados nacen causas, luchas, compromisos y visiones que marcan un camino y que incluso pueden sorprender y agigantar su propia búsqueda. Esta causa, la que estas líneas intentan abrazar, es una de las más importantes en la historia de los derechos humanos de nuestro país y del mundo. Es parte de la Memoria, que es pasado, presente y futuro, es parte de la Verdad y de la Justicia, es la búsqueda de nuestras Abuelas de Plaza de Mayo, y de quienes decidan sumarse, para encontrar a todas las víctimas de un plan sistemático de robo y apropiación de bebés, niños y niñas, incluso de personas nacidas en cautiverio. Es la lucha de un derecho elemental, demasiado significativo, el derecho a la identidad.
Los genocidas, dentro del plan de exterminio de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica, gestaron un plan de “invisibilización” que trazó varias aristas, entre ellas –además de la desaparición forzada de personas–, robar la identidad de bebés y niño/as, con la intención de borrar toda huella de los compañeros desaparecidos. Se habló, también, de los “botines de guerra”, y como parte de la propia crueldad y cizaña estatal-militar, secuestraron alrededor de 500 bebés, niños y niñas –el número exacto no lo tenemos por las operaciones en la clandestinidad–, y los criaron como propios, o se los entregaron a familiares o amigos allegados. De casi 500 víctimas de este plan se restituyeron al día de la fecha 140 nietas y nietos que, cada uno en diferentes años, en momentos distintos y en búsquedas particulares, lograron conocer la verdad de su historia para que pudiesen hacer con ella lo que quisieran. Las Abuelas hicieron posible todo esto, de la mano de la lucha, el compromiso, la ciencia y el abrazo de un pueblo que no olvida y que comprende que esta búsqueda es también la de nuestra propia identidad.
UN FALTANTE QUE SE EXPRESA
La identidad está formada por un conjunto de características que determinan lo que somos, es una construcción que nos lleva a asumirnos como seres, que nos otorga nuestra parte de nuestra personalidad, saber quiénes somos, de dónde venimos, dónde estamos, por qué decidimos ser. La identidad, que no es lineal ni rígida, se conforma como una cadena, y cuando falta un eslabón de esa cadena, o está basado en una mentira, la identidad es parcializada, y ese faltante, que muchas veces la persona desconoce, se expresa, habla, y genera ruidos, más aún cuando la que fue vulnerada es la identidad biológica. Ese ruido que podemos llamar “misterioso” hace que la persona no llegue a ninguna certeza, pero sí a la duda, a las preguntas, a los cabos sueltos, a nombres u olores que conmueven sin saber por qué. Mirarse en el espejo y buscar respuestas cuando no hay preguntas concretas, no sentirse parte de la familia, sentir que algo adentro grita, y dudas mixturadas con la identidad que de una u otra manera nos habla. Hay muchos ejemplos de nietas y nietos recuperados que así lo demuestran, como Elena Gallinari Abinet –primera nieta restituida, nacida en cautiverio– que de muy pequeña le puso Eleonor de nombre a su muñeca favorita; una fusión de los nombres de sus abuelas biológicas (Elena y Leonor); como Leonardo Fossati Ortega, que cuando pensaba con su compañera el nombre para su primer hijo, antes de restituir su identidad, pensó en Leonardo; o Claudia Poblete Roa, quien de niña se protegía de los ataques violentos de su apropiador, Landa –condenado por apropiación ilegal de la identidad–, con un muñeco al que llamaba “Pepe”. Cuando Claudia restituyó la verdad de su historia, conoció a quien era su padre, José Poblete Roa, con el mismo apodo.
Ese valor o fuerza de la identidad traspasa toda capacidad de entendimiento. Es tan necesario conocerse a uno mismo como saber nuestro origen, nuestra genética, tener en la mano la verdadera historia del comienzo de nuestras vidas. La verdad es imprescindible, y cuando existe un derecho no hay nada que discutir.
A casi 500 personas les quitaron el derecho a la identidad, se los robaron, y hoy tienen entre 40 y 50 años de vida. Sus familias los buscan. Las Abuelas trabajan a diario recorriendo todos los rincones del mundo para encontrarlos, y muchos de los 140 nietos ya restituidos, como también hijos e hijas de desaparecidos, se suman a la causa, la militan, trabajan a la par de las Abuelas, forman parte de las decisiones de la Institución, de la Comisión directiva, coordinan Espacios de Memoria, trabajan a diario en las filiales de Abuelas de todo el país, y brindan sus testimonios en primera persona, algo importantísimo para la llegada a alguien con dudas. Buscan a sus hermanos, como ellos mismos los llaman. Pero también nosotros como ciudadanos de a pie podemos ser capaces de sumar lo nuestro para aportar a la causa desde el lugar que podamos, entendiendo que uno de los pilares de esta búsqueda es la difusión, la llegada del mensaje a todas las personas, no solo para llegar directamente a ellos y ellas, sino también a alguien que pueda brindar datos, que pueda ser un amigo, un vecino, un compañero de trabajo o alguien cercano. Si entendemos que en las calles puede estar ese nieto o nieta, al que le espera una gran familia que se agrandó a través de la causa, que lo espera el amor, la contención, el respeto, la espera de su proceso personal, la libertad de decidir, y la verdad de su historia para que con ella pueda hacer lo que quiera, si entendemos el valor de esta lucha y su significado desde el lugar más humano, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Porque nos faltan más de 300 nietos y nietas que nacieron entre 1975 y 1980, nos falta una parte de la historia, del presente y del futuro. Y pueden estar a la vuelta de la esquina, de cualquiera de nosotros.

