Icono del sitio Caras y Caretas

La abuela del universo

Nunca quiso ser lo que le tocó ser. Jamás pretendió transformarse en un símbolo de lucha en el mundo entero y lo explicó una y otra vez. Para nosotros todas y todos dentro del Grupo Octubre y de Caras y Caretas es y será por siempre mucho más que la Abuela luchadora incansable a la que admiramos. Esa mujer de pelo blanco que no se cansa nunca de decir lo que piensa y que nos contagia su entusiasmo para seguir buscando la identidad perdida de toda una generación.

Con su enorme sonrisa y toda su valentía está presente –cada vez que la convocamos– para orientar, para ayudar y para representarnos. Es la presidenta del jurado de honor de los Premios Democracia y no faltó ni a una sola presentación. Acompañó amorosamente nuestra tristeza infinita ante la pérdida de los irremplazables María Seoane y Hugo Soriani. Y llegó a darnos su abrazo contenedor en cada homenaje.

“Yo quisiera estar en mi casa, con mi familia completa. Pero lamentablemente tengo una hija en el cementerio y un nietito que ya tiene ocho años, que no sé quién lo está criando y que se lo quitaron a mi hija a las cinco horas de haber nacido en un campo de concentración, donde lo tuvo con esposas y encapuchada –dice y la voz no se le entrecorta, no alcanza un tono ni dramático ni doloroso, mucho menos carga odio ni resentimiento; es más una cadencia didáctica propia de quien necesita educar sobre un tema del que pocos saben, pocos quieren saber y algunos prefieren callar”, narra Juan Carrá en la nota de tapa de la presente edición, que es un homenaje a lo que ella representa.

Así se había expresado en 1986 frente a un grupo de estudiantes universitarios de primer año. Y uno de ellos se atrevió a preguntar: “¿Qué hubiera sido de estos chicos si hubiesen nacido en ambiente subversivo?”. Y Estela, con su inmensa paciencia de maestra primaria y directora de escuela, respondió sin dudar: “¿Cómo se están criando en manos de los asesinos?”.

Estela y las Abuelas ya volvieron a la verdad 140 casos. El suyo, su nieto, fue el 114. Nunca pronunció a lo largo de las búsquedas una sola palabra errada que descubriera la identidad del que debía permanecer anónimo. Desde 1977 hasta hoy solo desempeñó ese rol de protección que puede ejercer una abuela. Es esa persona que no bajará sus brazos frente a la política de desprecio por el proceso de memoria, verdad y justicia que hoy estamos sufriendo con angustia, pero firmes.

Estela nunca pronunció una palabra de odio. Ella motorizó una búsqueda que se transformó en científica a partir de los análisis de sangre y genéticos. En 1982 contactaron a genetistas extranjeros y lograron desarrollar un índice de abuelidad que permite demostrar el parentesco sin padres presentes.

Hoy es el referente de los nietos y las nietas de esa generación diezmada en la década del 70. Y aunque el negacionismo sea política oficial, jamás detendrán su búsqueda.

Estela es una mujer que no quiso ser lo que es. La desaparición forzada atravesó su vida y sabía que no estaba sola. Son ellas las que no descansan, las que no pudieron contar cuentos por las noches ni llevar a los hijos de hijos a las plazas. Son el ejemplo del abrazo infinito por los que no están y serán eternamente jóvenes en las fotos blanco y negro, en los brazos de los que se devuelven a la verdad.

Admiración y respeto a los 95 años de esta Abuela de todos. De pie, te decimos gracias.

Salir de la versión móvil