Estela era una mujer común, hija de un jefe de Correo, maestra rural en Brandsen, como le gusta definirse, casada con Guido Carlotto, dueño de una pequeña empresa. El matrimonio criaba a sus cuatro hijos siguiendo los patrones de la clase media argentina: soñaban con verlos estudiar, progresar y ser felices.
Pero llegados los años 70, los hijos de Estela y Guido, como tantos otros jóvenes que habían crecido leyendo Mafalda, escuchando Los Beatles y viendo películas con fuerte contenido social, tenían otros sueños. Estaban dispuestos a cambiar la sociedad injusta en que vivían aunque en eso se les fuera la vida.
Así, tres hermanos Carlotto comenzaron a militar: Laura Estela estudiaba Historia en la Universidad Nacional de La Plata y militaba en el peronismo, Claudia pertenecía a la Juventud Universitaria Peronista y Guido Miguel a la Unión de Estudiantes Secundarios.
La situación se agravó tras la muerte del General, cuando Isabel Perón ocupó la presidencia y se crearon fuerzas represivas para perseguir a los “adversarios” políticos. Y fue peor con la llegada de la dictadura militar en 1976, que implementó un plan sistemático de desaparición, tortura y exterminio de personas.
En agosto de 1977, Estela de Carlotto y su familia tuvieron una primera advertencia cuando Guido, su marido, fue secuestrado y torturado por los militares, quienes para liberarlo exigieron 30.000 dólares. En noviembre de ese mismo año, la amenaza se concretó: Laura, que estaba embarazada de tres meses, fue secuestrada por un grupo de tareas y conducida al centro de detención de La Cacha, en La Plata. Por los testimonios de sobrevivientes se pudo saber luego que el 28 de junio de 1978 dio a luz un varón.
A partir de la desaparición de su hija, Estela abandonó su trabajo para dedicarse por completo a su búsqueda desesperada. Recorrió todo el espinel de instituciones y se entrevistó con algunas autoridades militares, entre ellas el general Bignone, quien con toda crueldad le dijo que su hija estaba viva pero que no iba a sobrevivir.
Era cierto. Pocos meses después, la policía los llamó para entregarles el cadáver de Laura. No había duda de que había sido asesinada. Tenía 23 años.
Para Estela, este fin fue un principio: el de la búsqueda de su nieto y de los demás niños secuestrados. En 1978, se unió a la lucha de las Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, como se llamaba entonces la organización que presidía Alicia “Licha” Zubasnabar de De la Cuadra.
A medida que se fueron contactando con sobrevivientes, supieron que en conexión con los centros de detención funcionaban maternidades clandestinas. También que a las detenidas desaparecidas, apenas daban a luz, les quitaban a sus hijos para entregarlos a familias de militares y civiles vinculados con la dictadura, con el aval de jueces cómplices.
Estela, que desde 1978 fue vicepresidenta y desde 1989 es la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, pudo encontrar a su nieto Ignacio Montoya Carlotto el 5 de agosto de 2014, después de 36 años de búsqueda. Él es uno de los 140 nietos recuperados gracias a su incansable lucha, aunque la organización de Abuelas cree que podría haber cientos más.
Entre los hitos de Abuelas se encuentra la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos, a partir del índice de abuelidad, que toma muestras de los abuelos y garantiza un 99,9% de certeza de filiación.
Las Abuelas también lograron que los casos por robo de bebés quedaran afuera de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Este fue un importante recurso que permitió juzgar y condenar a represores que habían quedado impunes, entre ellos el dictador Videla, que fue condenado en 2012 a cincuenta años de prisión por la causa “Plan sistemático de apropiación de menores”.
A instancias de Estela, las Abuelas crearon además la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), que trabaja ayudando a los adultos jóvenes que tienen dudas sobre su identidad.
Como desde hace más de cuatro décadas, esta mujer tan encantadora como firme sigue trabajando para encontrar a los hijos de miles de desaparecidos, mientras recibe reconocimientos y honores. En varias oportunidades fue candidata al Premio Nobel de la Paz por su inquebrantable lucha por la memoria, la verdad y la justicia. Aunque el premio mayor, sin duda, es haber recuperado a su nieto y que su nombre sea símbolo de la lucha por los derechos humanos.

