Ella vestía un suéter rojo y arriba tenía un chaleco tejido de colores claros que hacía juego con sus canas onduladas y sus ojos azulados. Era el 5 de agosto de 2014. Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, solamente sonreía. Su expresión transmitía una alegría que quizás solo pueda entender una abuela que recupera a su nieto luego de buscarlo durante décadas. Su expresión también infundía cierta paz, la de sentir que se ha cumplido con una misión titánica, la de revertir un crimen de Estado. Lograr que una persona recupere la identidad que le había sido arrebatada, con una carga emocional muy especial: esa persona era su nieto.
Estela había transitado antes por esa situación en varias ocasiones. Lo había hecho para anunciar la recuperación de 113 nietos de otras Abuelas que recuperaron su identidad. Ahora era su turno. Tomó el micrófono. “Es hermoso”, dijo esa tarde, rodeada de otras abuelas y nietos a los que las lágrimas les rodaban por las mejillas.
El crimen que le había arrancado a su nieto se había comenzado a perpetrar el 26 de noviembre de 1977. Su hija Laura, militante de la Juventud Peronista, fue secuestrada en una confitería de la Capital Federal. Fue trasladada y permaneció detenida en el centro clandestino de detención La Cacha, dentro del predio de la cárcel de Olmos, en las afueras de la ciudad de La Plata.
Cinco meses después, en abril de 1978, una mujer entró por la puerta del comercio que tenía en La Plata Guido Carlotto, el esposo de Estela. La mujer le contó que había estado con su hija en el centro clandestino y que Laura estaba embarazada.
En junio del mismo año Laura fue trasladada al edificio monumental pintado de blanco del Hospital Militar Central, ubicado en el barrio de Palermo en la Ciudad de Buenos Aires. Ahí nació su hijo. Ella misma lo llamó Guido, como su abuelo. La reconstrucción en base a diversos testimonios de sobrevivientes sostiene que pudo tenerlo en brazos y pasar cinco horas con él, antes de que se lo arrebataran.
Laura fue asesinada dos meses después en un supuesto enfrentamiento creado por los propios secuestradores para eliminarla.
Su hijo recién nacido llegó a manos de Carlos Francisco Aguilar. Era un estanciero de una ciudad ubicada en el centro de la provincia de Buenos Aires, Olavarría. Un hombre de cara ovalada y pelo peinado a la gomina. Había sido presidente de la Sociedad Rural de su ciudad y también del Centro de Equitación. Pertenecía a ese círculo social que tenía una relación estrecha –también por pertenencia– con los jerarcas de la dictadura.
Se sabe que Aguilar llevó al bebé Guido hasta su chacra y se lo “obsequió” a una pareja de peones que trabajan en la estancia familiar. Era una pareja que no había podido tener hijos, Juana Rodríguez y Clemente Hurban. Aún no está claro si los Hurban inscribieron a Guido como hijo propio, con el nombre de Ignacio, o si Aguilar ya había hecho el trámite.
UNA INFANCIA FELIZ
Con el nombre de Ignacio, que él decidió dejarse incluso cuando recuperó su identidad, el niño nacido en el Hospital Militar y arrancado de su madre creció en Olavarría. “Tuve una infancia feliz”, dijo en diversas entrevistas. Ignacio llama a Juana y Clemente sus “padres de crianza”, en ningún momento los define como criminales ni apropiadores.
En una entrevista brindada a la CNN a mediados de 2021 describe su relación con los Hurban: “En ese momento era bastante común que a los hijos los criara alguien como si fueran propios. Porque también hay que ponerlo en contexto. A partir de eso, una vida con ellos. Yo tuve una muy buena vida en donde ellos siempre pusieron todo su capital de esfuerzo y de trabajo para que yo me eduque, para que yo estudie. Incluso tomé decisiones que para ellos eran incomprensibles, como de golpe querer tocar música. Y ellos, aun no entendiendo muy bien, apoyaron la locura de irme a vivir a Buenos Aires con lo caro que era. En un momento todo eso lo puse en la balanza y ahora vengo a saber quién es mi familia biológica y los meto en un problema”.
Esta ambivalencia en el alma de Ignacio es una de las diferencias que mantiene con su abuela Estela. “Les puedo generar un problema a mis padres de crianza”, dijo en la misma entrevista, en la que sostuvo que él “defiende” a los Hurban frente a las acusaciones judiciales por falsificación de identidad de un menor y otros delitos.
Las dudas sobre quién era estuvieron siempre ahí. Es un relato que se repite en varios de los nietos recuperados. Es como si hubiera una especie de interrogante que al mismo tiempo es una certeza que habita en sus pensamientos sin que se pueda determinar el origen de esa inquietud. “Siempre tuve esas mariposas revoloteando”, dijo en una entrevista con Página/12 a los pocos días de que se conociera su verdadera identidad.
El paso hacia la búsqueda lo dio en 2014. Luego de la muerte del estanciero Aguilar, los Hurban decidieron contarle que ellos no eran sus padres biológicos. Esta revelación se sumó a esa percepción que lo habitaba desde siempre y decidió acercarse a Abuelas.
La noticia sobre su origen la recibió de su tía Claudia Carlotto, titular de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad. Aunque el protocolo seguido por las Abuelas y la Conadi establece que ese tipo de información se da personalmente, en este caso los datos se habían filtrado a través del juzgado. Esto hizo que hubiera que comunicarse de urgencia con él para que no se enterara por los medios que su estudio de ADN indicaba que era el nieto de Estela.
“Estaba tocando el piano, mate, bizcochos, amenazaba ser un día normal, hasta que me llama Claudia emocionada”, narró Ignacio. “Me dice: el resultado es positivo, sos Carlotto, el nieto de Estela, y sos mi sobrino. No se entendía mucho. Digo ‘bueno, bueno’. Cuelgo, llamo a Celeste, a unos amigos y a partir de ahí estoy arriba de un auto porque todos ustedes me estaban buscando”, remarcó a los pocos días de conocer la noticia.
Hoy se llama Ignacio, como le pusieron los Hurban, y se apellida Carlotto Montoya. Su historia condensa como pocas las contradicciones de la tragedia argentina.

