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La otra historia de las motosierras 

zzzznacg2NOTICIAS ARGENTINAS BAIRES, MAYO 1: Escena de la pelicula del senador y director de cine Fernando "Pino" Solanas, "Viaje a los pueblos fumigados", el documental que según sus palabras demuestra la "tragedia" que sufre el país tras la instalación de un modelo agroindustrial a base de agrotóxicos y que genera profundos daños ambientales, y modifica geneticamente la naturaleza y la salud humana. Foto NAzzzz

La imagen de la motosierra brillante pasando de las manos de Javier Milei a las de Elon Musk escondía (y esconde) procesos económicos y sociales de este presente: el destino que las grandes corporaciones le otorgaron de facto a la Argentina dentro del capitalismo global. Es que esas espigas de hierro sobre las que giran cadenas afiladas, masificadas en los montes del sur a finales de la última dictadura, se convirtieron en una herramienta fundamental para profundizar el modelo del monocultivo de soja hacia finales de los 90 y principios de los 2000. El desmonte propició el silencio de un desierto verde, el mismo que se vuelve a escuchar tras la caída de un árbol centenario y que llegó a las grandes ciudades como residuo del ruido infernal, como parte del vacío de las narrativas del poder generadas por la modificación ínfima del gen de una semilla que suponía una eugénesis geográfica y social tan parecida a un genocidio, la generación de un paisaje desolado, donde lo único que importara fuera la escalabilidad de los proyectos y la eficiencia financiera. 

FOTO: (Presidencia)/NA.

Según la red Mapbiomas, ocho millones de hectáreas de monte nativo desaparecieron en la Argentina entre 1998 y 2002.  La tala implicó, muchas veces, el desplazamiento violento de pueblos originarios y campesinos desposeídos hacia las periferias de las ciudades. Pueblos nativos, cazadores, criadores y recolectores de frutos, que habitaban esos espacios –hasta entonces periféricos– desde antes de la llegada del español.  

Entonces ese desierto verde enunciado por Claudia Mikkelsen se extendió desde las imágenes del río Colorado en el sur hasta el Pilcomayo. Y desde el Uruguay al Salado, en el oeste: “Campos sin agricultores, destrucción de ecosistemas naturales de características únicas, desempleo, pobreza, exclusión y expulsión de pobladores locales, daños en la salud y en el ambiente, reducción de la biodiversidad que compromete seriamente la seguridad y soberanía alimentaria”.  

Cuando la motosierra apareció en los actos proselitistas de Javier Milei, las lógicas del desierto verde atravesaron el asfalto, llegaron definitivamente al centro de la ciudad. En el interior de la semilla genéticamente modificada estaba la clave para generar un cambio social sin precedentes: productividad y eficiencia se imponían sobre los derechos a la tierra, la educación, la salud, a una jubilación y la alimentación abundante y sana. 

Aquel verano 

Durante el verano de 1996, en el segundo gobierno de Carlos Menem, la Argentina se convirtió en el segundo país en el mundo en aprobar la soja transgénica resistente al glifosato. Glifosato y soja genéticamente modificada eran productos de una multinacional estadounidense: Monsanto. El texto que permitió aprobar su comercialización ni siquiera se tradujo. Llevaba la firma de “científicos” de la corporación. Un cuarto de siglo más tarde, y motosierras mediante, el silencio atroz del desmonte en la Argentina se extendió por una superficie similar a la de Irlanda o de Panamá. 

“La alquimia lleva a la duda, y la duda, a la inacción. Algunos siguen adelante en la nebulosa, toman riesgos y ganan o pierden. Son los sobrevivientes del campo, los que huyendo para adelante hicieron la Segunda Revolución de las Pampas”, escribía el director de un suplemento rural de los grandes diarios a fines de los 90. La narrativa de la eficiencia a cualquier precio se adelantaba, en la puesta en práctica del modelo sojero tierra adentro, a los postulados libertarios de estos días. Para sobrevivir había que ser eficientes, producir más. La libertad de producir sin importar las consecuencias. Y para producir más soja eran necesarias las motosierras. “Externalidades negativas del modelo”, se llamó a las tierras arrasadas y a los pueblos desposeídos. 

Pulsión y memoria 

Mariano Di Tella, el hombre que convirtió la motosierra que recibió Elon Musk en una especie de pieza de orfebrería, recordó que su fascinación por el ruido desgarrador de las cadenas asesinas nació después de ver La masacre de Texas. En la película, uno de los asesinos, caníbal, lleva una motosierra como arma. Y una máscara de cuero, hecha de piel humana. 

Ramona Orellano de Bustamante tenía 95 años cuando murió resistiendo un desalojo. Rodeada por el ruido de las motosierras, se quedó en su casa, junto a los últimos algarrobos y chañares del paraje Las Maravillas, en el norte cordobés. “No me gusta en otro lado. Me gusta el monte, trabajar. ¿Qué me voy a ir a la ciudad? Yo me quedo.” Scaramuzza era el apellido de los terratenientes que se habían apropiado de su tierra. Ella decía que le habían hecho firmar un papel, engañada. Scaramuzza. Las motosierras la arrinconaron hasta el último de sus días. La Justicia falló a favor de los Scaramuzza. Con la muerte de Ramona, o el desarraigo de muchos en su situación, se perdía parte de la memoria ancestral esa que salía a buscar las chauchas de algarrobo en los veranos secos, o las cáscaras de chañar para hacer el arrope, por ejemplo. Se perdía, en definitiva, parte de esa memoria ancestral de convivir con el monte, de recolectar y permitir la continuidad de la vida de otros seres no humanos, como los llama Anna Lowenhaupt Tsing. De juntar del monte la comida en una bolsa, quizás. 

Con todo, resulta imposible no pensar en esa oposición silenciosa de lo ancestral con lo científico. El método de para mejorar la productividad de esas tierras, hasta entonces marginales, llegó respaldado por una idea de ciencia privada, aséptica. Y por unas máquinas, similares a un hueso, a una espada o a un falo, que arrasaban con todo lo diferente, terminaban la naturaleza, con todo aquello que durante generaciones mujeres como Ramona Bustamante se llevaron en sus bolsas, en el hueco de sus manos. Chauchas y semillas de resistencias. 

“El primer artefacto cultural probablemente fuera un recipiente… Muchos teóricos creen que los primeros inventos culturales debían de ser un contenedor para productos recolectados, y alguna forma de cabestrillo o red”, escribía en 1979 Elizabeth Fisher en Women’s Creation (La creación de la mujer). Ursula K. Le Guin recuperó la cita diez años más tarde para confirmar que, lejos del hueso como herramienta para asesinar y someter propuesta por Stanley Kubrick, en 2001, Odisea del espacio, la primera herramienta que diferenció al ser humano de otras especies no humanas fue una bolsa, una red, con la capacidad de transportar comida.  

“Antes (…) del arma, una herramienta tardía, ociosa, superflua; mucho antes de los útiles cuchillo y hacha; junto con las indispensables herramientas para machacar, moler y cavar –porque ¿de qué te sirve cavar un montón de patatas si no tienes nada para llevar las que no te puedas comer a casa?–, al mismo tiempo que, o antes de la herramienta que expulsa energía hacia fuera, creamos la herramienta que lleva energía a casa. Esto tiene sentido para mí”, dice Le Guin. Habla de la teoría de la bolsa de transporte de la evolución humana, esa que monte adentro de este país pareció perderse para siempre con las motosierras. Allí donde el hueso y la lanza parecieron ganarle definitivamente la batalla capaz de preservar las semillas de la abundancia. 

En la escena siguiente, la escritora estadounidense describe a una mujer juntando granos de avena brava para llevar a su choza que, paradójicamente, también tiene forma de bolsa, de útero. Y se pregunta por qué esas imágenes no aparecen en las narrativas, en las pinturas de los primeros hombres, esas que cuentan la vida en lugares como las cuevas de Altamira: “Es difícil contar un relato verdaderamente apasionante de cómo arranqué una semilla de avena brava de su vaina, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego me rasqué las picaduras de mosquitos (…) No, no es comparable, y no puede competir con cómo le di una estocada con mi lanza al enorme mamut peludo, mientras Ooob, empalado en el enorme colmillo, se retorcía chillando, y la sangre brotaba por todas partes en borbotones rojos, y Boob fue hecho papilla cuando el mamut le cayó encima, mientras yo disparaba mi certera flecha directa del ojo al cerebro de la bestia”. 

Para las pantallas de hoy pocas cosas parecen más apasionantes que dos hombres ricos encendiendo una motosierra brillante ante las cámaras. Es que, desde que las narrativas tradicionales fueron arrinconadas por las redes sociales, lo único que parece importar son aquellos momentos que generan pulsiones primitivas, tal como lo sugiere Éric Sadin en La vida espectral.  

Es posible que Musk y Milei renueven los gestos extasiados de aquel hombre clavando su lanza en el ojo del mamut peludo, mientras sostienen las motosierras. El resto sucede en nuestras primitivas memorias de audiencias masivas. Con el ruido de la motosierra no hay narración posible. Todo carece de sentido, salvo la pulsión ancestral del próximo botón rojo, rojo sangre, sobre la superficie oscura de un celular.  

“Seguid contando cómo el mamut se abalanzó sobre Boob y cómo Caín se abalanzó sobre Abel, y cómo cayó la bomba sobre Nagasaki y cómo cayó la gelatina ardiente sobre los habitantes del pueblo, y cómo caerán los misiles sobre el Imperio del Mal, y todos los demás pasos del Ascenso del Hombre”, escribe Le Guin. Recuerda las espigas de avena brava que salvaron a generaciones. O quizá las chauchas de algarrobo, en bolsas, sobre los hombros de otras mujeres. 

Foto NA

La masacre de Chaco 

Javier Milei posó junto a todo su gabinete con una de las motosierras customizadas. El asta llevaba la leyenda “Viva la libertad, carajo”. El recorte de los recursos del Estado conservaba la estética de los que destruyen el monte tierra adentro y afectó a muchos de los que no podrán nunca imponer su voz por sobre el ruido ensordecedor de los motores a explosión. Acaso la indiferencia de la Justicia ante Ramona Bustamante se haya adelantado una década para simbolizar la impotencia de miles de jubilados en este ahora.  

Mariano Di Tella, el creador de esas motosierras customizadas, familiar de Torcuato Di Tella, aquel industrial argentino cuyo nombre se relaciona con la prosperidad donde pensar en una Argentina más justa era aún posible, contó que la motosierra que le regaló a Milei es una TMC 598. Chapur es una empresa familiar y tiene su sede en Roque Sáenz Peña, Chaco. Desde allí importan motosierras chinas que se venden bajo la marca TMC.  

En el primer Encuentro Nacional de Pueblos Fumigados, allá por 2010, María del Carmen Seveso, por entonces jefa de terapia intensiva del hospital 4 de Junio de Roque Sáez Peña, presentó “un panorama desolador” ya que en toda la zona “se registró un número importante de casos de enfermos con insuficiencia renal, malformaciones congénitas en hijos de madres jóvenes, abortos espontáneos, cáncer en personas muy jóvenes, dificultades para gestar embarazos y problemas respiratorios o alérgicos agudos”. Todo era soja. Entre 1985 y 2022 Chaco perdió más de dos millones de hectáreas de monte nativo. Roque Sánz Peña fue uno de los centros de la devastación. 

En el desierto verde la gente enfermó y en muchos casos murió en silencio. Quizá por eso la masacre de Chaco apenas fue narrada. Aún hoy algunas organizaciones sociales y políticas reclaman por el esclarecimiento de la muerte de Mártires López, fundador de la Unión Campesina del Chaco, de la Federación Nacional Campesina de la República Argentina y del Movimiento de Naciones y Pueblos Originarios en Lucha. Mártires. Invisibilizados frente a la ilusión de la productividad y generación de divisas.  

“Lo paradójico es que el uso inflacionario de las narrativas pone de manifiesto una crisis de la narración misma. Está haciendo furor la moda del storytelling, que es el arte de narrar historias como estrategia para transmitir mensajes emocionalmente, pero lo que hay tras esa aparatosa moda es un vacío narrativo, que se manifiesta como desorientación y carencia de sentido”, escribe Byung-Chul Han. Esa desorientación o carencia de sentido se parece demasiado a la que sufrieron y sufren los pueblos expatriados y fumigados. Esa desorientación laceró los últimos días de Ramona Bustamante. Silencio de bolsas vacías y sin historias que contar. 

Acaso ahora que la motosierra ha llegado a la ciudad, se trate de recuperar los espacios huecos, las bolsas, los refugios, los úteros. Es que la narrativa del ruido ensordecedor con el que deviene el silencio atroz parece estar generando una conciencia inexorable a la que Anna Lowenhaupt Tsing enuncia en Los hongos del fin del mundo: “En un estado de precariedad global no tenemos otra opción que buscar la vida en estas ruinas”. (Los hongos suelen nacer sobre los tocones de los algarrobos talados). Quizá se trate de volver a contar historias. Ya no de héroes que asesinaban al mamut, ni de motosierras capaces de ahuyentar cualquier capacidad de pensamiento autónomo. Sino historias otras, que recuerden las bolsas en las que las mujeres se llevaban la avena brava. Para compartirla, con la palabra, en el refugio de una casa, junto al fuego. 

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