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Ezequiel en Buenos Aires: una desmesura necesaria 

Fue un ensayista con todas las letras y por supuesto un escritor total. Su manejo del lenguaje tuvo la particularidad de ser directo y de no andar con rodeos. Sin duda, Ezequiel Martínez Estrada fue un provocador que no se subía a ninguna corriente: su forma era escéptica, nihilista, pero siempre en búsqueda de lo simple y del bien colectivo (sobre todo del interior argentino). Por eso muchas veces fue catalogado como antiprogresista o negativo. Su marca fue escribir sin pudor y de forma ecléctica. 

“Buenos Aires es la capital de un imperio que nunca existió”, dijo alguna vez Ricardo Piglia (1941-2017), tal vez justificando su amor por la capital argentina y también por la inmensa cantera de experiencias que puede existir dentro de esta urbe porteña. Y en cómo vivirla, caminarla, gastarla, sufrirla y, por qué no, ser feliz en ella, Martínez Estrada construyó un análisis sobre la “Reina del Sur”, como también se la llama bajo la visión de un argentino de provincia. 

La cabeza de Goliat es una compilación ensayística compuesta por microrreflexiones filosóficas divididas en cuatro capítulos. En total son 91 miniensayos. 

Por la forma de encarar esta revisión sociológica y filosófica de la capital argentina, el ensayista santafesino evoca al padre del género, Michel de Montaigne (1533-1592). Así como el francés narra y analiza su lugar de origen y costumbres de época, Martínez Estrada, que revisó y perfiló la pampa, se internó en la urbe porteña no solo como pensador sino como observador. Se podría decir que La cabeza de Goliat es un ensayo posmoderno, ya que el autor reflexiona sobre la ciudad y sus habitantes y también los describe, los narra, los perfila y los juzga, es decir que utiliza la no-ficción y la crítica sociológica, política e histórica para difundir su teoría sobre la capital argentina. 

Una quimera preperonismo  

Uno de los ensayos microscópicos es el que da el título al libro. Martínez Estrada iniciaba esta reflexión con datos estadísticos, algo sin duda novedoso para la época: “Las ordenanzas para la edificación en Buenos Aires han previsto la posibilidad de una población estable de cincuenta millones de habitantes. Con doscientos y tantos mil puede con honra ser capital de un país de setenta millones de habitantes. Cuando crezca, conforme a las previsiones de los ediles”. 

Basado en estadísticas de los últimos censos, el santafesino indica que en Buenos Aires existe una desmesura y va construyendo la metáfora de que la capital argentina es “la cabeza” del país y el interior es lo que resta del cuerpo. Además, sostiene que tener una testa grande no significa que mentalmente ese cuerpo sea más inteligente. Es decir que la cantidad, los números, las mediciones no garantizan la grandeza. Confronta la pampa con la urbe porteña e incluso se atreve a colocar ejemplos de seres vivos –los cefalópodos (como los pulpos) y las rátidas (como el ñandú)– para lanzar una teoría acerca de que la cabeza intenta apoderarse de las demás extremidades: “Empezamos a darnos cuenta de que no era la cabeza demasiado grande sino el cuerpo entero mal nutrido y peor desarrollado. La cabeza se chupaba la sangre del cuerpo”.  

El arquitecto y ensayista Adrián Gorelik, en su libro Miradas sobre Buenos Aires. Itinerarios, explica que Martínez Estrada estaba atraído por la belleza arquitectónica de la capital argentina, pero al mismo tiempo criticaba ese afán de ser monumental: “Si a la mirada de la historia tradicional se le opuso la del conflicto estructural, Romero va a oponer un conflicto diverso, porque su centro es cultural y porque el eje sobre el que transcurre no es el norte-sur, sino el este-oeste: Martínez Estrada, quien alertaba contra ‘los efectos de una fascinación de estilo monumental’ para quien entrara a la ciudad por el puerto, y contra la confusión de la dialéctica norte-sur (‘uno es rico y el otro pobre, como sucede en el seno de cualquier familia’) con ‘el antagonismo leal, frontal, abierto’ del este y el oeste”. 

En La cabeza de Goliat, Martínez Estrada analiza el rol político del capital industrial y de la arquitectura de Buenos Aires. Afirmó, por ejemplo, que desde 1853 todos los capitales nacionales y extranjeros formaron una red que se fue multiplicando con el tiempo: “Casi todos los capitales se aplicaron a explotaciones urbanas o vinculadas estrechamente con la urbe. Tuvieron aquí su sede central y nexo de enroque con otras empresas, constituyendo la estación de conmutaciones del capital industrializado. Una perfecta red de comunicaciones y de circulación de la riqueza, con nosotros adentro para que no nos quejáramos”.  

Así, el ensayista enfatiza lo que alguna vez afirmó sobre el país: “Los argentinos habían construido una gran ciudad y no supieron hacer una gran nación”. Para él, desde finales del siglo XIX hasta la década de 1940, el interior argentino se olvidó de la nación y se preocupó por la ciudad más importante. Para él, ese fue el error fatídico de la mayoría de los políticos provinciales de la época.  

En su artículo “La cabeza de Goliat: ensayo de un desengaño”, María Calzon Flores explica: “Buenos Aires es para Martínez Estrada el escenario de una pérdida: la de un pasado mejor a manos de la modernidad”. Y a continuación asevera que el ensayista era crítico de ese período histórico: “En efecto, el pesimismo de Martínez Estrada acerca de los cambios que la modernidad imprime al paisaje urbano, pero también a las costumbres, no tiene fisuras: es una mole, como la ciudad misma”.  

Cuando finaliza este ensayo, Martínez Estrada sostiene que Buenos Aires siempre estuvo pensada para mal o para bien tanto nacional como internacionalmente, y esa bipolaridad dejó a una nación frágil: “El país quedó enjuto, anémico, tendido a lo largo y a lo ancho de su soledad”.  

La capital argentina, según el escritor santafesino, está condenada a vivir de forma teratológica para sí misma y no para la especie.  

Tres breves reseñas sobre el inventario de Buenos Aires de Martínez Estrada

El colectivo como matriz individual 

En el capítulo “Sobrevivientes”, el autor habla de la costumbre argentina de asociarse por un bien o al contrario a través del concepto de malón, o patota, como su evolución. Por ejemplo, en Buenos Aires desembocó este término en los comités barriales y en las hinchadas del fútbol: “La patota parecía un ser de muchos pies y una sola cabeza, como una tribuna de fútbol, o de un hipódromo. Unidos de los brazos, en fila arrasaban a todo lo ancho de la vereda en cuanto hallaban por delante. Cantaban, gesticulaban, y enarbolaban estandartes con insignias”. 

Vender es renunciar  

Otra de las características de Martínez Estrada en esta radiografía de Buenos Aires es perfilar nuevos oficios, por ejemplo, las personas que determinaban el precio de las cosas. En el capítulo “Filosofía de un tasador”, el autor cuenta una anécdota sobre un experto en esta acción que le indica que en el acto de empeñar un objeto de valor se suman algunas categorías de personas: unas son más emocionales y otras, más calculadoras. “En el acto de pignotar algo hay de un conjunto de emociones que nada tiene que ver, por ejemplo, con las operaciones de venta lisa y llana. El que vende se deshace de eso que vende y enseguida el acto se convierte en una cuestión comercial. Aunque se trate de una cosa estimada por motivos sentimentales vender es renunciar a una posesión y a una propiedad, mientras que en el acto de empeñarla se tiene siempre la sospecha de que se entrega con relativo impudor algo que pertenece al mundo de lo personal y no al comercio en general”. 

“El río que se queda y se va, como la vida” 

En el capítulo “Lo más lejano”, el autor trata a la ciudad con relación a su condición geográfica de puerto y de estar cerca del Río de la Plata, que para él siempre fue un estero del océano porque hay que dragarlo de forma constante y el panorama fluvial, como él lo denomina, es más un espectáculo que una aventura. Buenos Aires es un puerto urbanístico más que psicológico y poético, y el atardecer tiene un sentido melancólico-angelical: “Del río adelante sigue el océano, otros continentes, otro mundo. Este puerto tan amable y hogareño está en el confín del país, lo más distante del país: Tierra de Fuego, en muchos sentidos. Este río me aclara porque yo estoy de espaldas a Buenos Aires, mirando la inconmensurable llanura y sintiendo, como el vértigo de un gran vacío, que estoy solo y que lo que todavía falta es también la soledad”. 

Conclusión 

Beatriz Sarlo (1942-2024) en Clases de literatura argentina (2022), analiza al pensador con mayor énfasis en su obra Radiografía de la pampa (1933). La ensayista explica que es la reescritura del Facundo de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888): “Martínez Estrada tiene una visión de la Argentina en la cual el espíritu de frontera es el espíritu que rige todas las relaciones sociales. Cuando digo ‘espíritu de frontera’, no me refiero al espíritu de los sacrificados agricultores que se encaminaron hacía el oeste, el norte o el sur, según la tradición del cine estadounidense, sino al espíritu de la pelea permanente y de legitimidad permanente, de la confrontación constante de la legalidad que rige el espíritu de frontera”.  

Entonces, Ezequiel Martínez Estrada en La cabeza de Goliat nombra a Buenos Aires como ese confín de la frontera, la ciudad-prisión en donde todo lo ilegítimo o toda disputa que estaba en el exterior adquiere una nueva condición. El autor de este ensayo, que fue publicado en 1940, con este análisis de la capital argentina en algunos casos se adelanta al concepto de “biopolítica” creado por el filósofo francés Michel Foucault (1926-1984) en la década de 1970, que indica las transformaciones que va produciendo el poder.  

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