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Un represor disfrazado de intocable

Ilustración: Sabrina Gil

Nunca.

Este crimen no se va a resolver nunca.

La voz nasal se filtra en los micrófonos de la prensa. Le gusta la cámara al hombre de pelo ralo y raya al costado. Los ojos claros, la nariz aguileña, el traje arrugado por el viaje en avión. Se trata del hombre que el presidente Carlos Saúl Menem envió a Catamarca con la misión de esclarecer el crimen de María Soledad Morales. El hombre que ahora, poco más de un mes después de su desembarco, vuelve a Buenos Aires, con más pena que gloria.

Corrían los primeros años de la década del 90. La Argentina se conmovía con el atronador silencio de las marchas encabezadas por la madre y el padre de María Soledad, escoltados por la figura de la hermana Martha Pelloni, una monja de la congregación de Carmelitas Misioneras Teresianas que no dudó en ponerse al frente del reclamo por justicia. Desde la Capital, Menem seguía el caso con preocupación: no se trataba de un crimen cualquiera y lo que menos necesitaba para las debilidades de un gobierno que empezaba a tomar fuerza era que los reclamos populares se masificaran. La política tenía que dar una respuesta, porque la política provincial, en manos de un caudillo del justicialismo como el propio Menem, extendía su mano para encubrir a los llamados hijos del poder, acusados del crimen. La decisión de Menem fue la intervención federal de los tres poderes de la provincia, desplazando al gobernador Ramón Saadi, reemplazado por Luis Prol.

Pero la movida más arriesgada del Presidente no era esa, sino poner como alfil blanco en ese tablero minado de piezas negras a un subcomisario de la Policía Bonaerense que se jactaba de sus métodos infalibles a la hora de resolver crímenes complejos.

Luis Abelardo Patti, un hombre con pasado operativo en la dictadura militar vinculado a tareas de inteligencia en la zona de Escobar, donde recorría las fábricas en busca de los nombres de los obreros que osaban reclamar por sus derechos. Implacable en los centros clandestinos que funcionaban en comisarías de Escobar y Tigre, uno más de la fuerza que se reciclaba en la impunidad de la Obediencia Debida, el Punto Final y los indultos. Uno más que se movía con el uniforme con las cucardas de haber sido un represor eficiente, felicitado en sus legajos por Ramón Camps, el propio jefe de la fuerza durante la dictadura. Luis Abelardo Patti, ahora enviado a Catamarca junto al jefe de la División Homicidios de la Policía Federal, Enrique Saladino, con una única misión: cerrar el caso María Soledad y aquietar las aguas mediáticas que salpicaban ya a Buenos Aires.

LOS INTOCABLES

A mediados de 1987, el cine hollywoodense puso un mojón más en la cultura popular: con la película Los Intocables, de Brian De Palma, a través del agente federal Eliot Ness (interpretado por Kevin Kostner), se construyó la figura del hombre idealista que pese a todo y a todos busca terminar con el crimen organizado. Unos años después, a principios de 1991, cuando el subcomisario de la Policía Bonaerense Luis Abelardo Patti bajó de un avión en Catamarca y se enfrentó a la prensa, algunos creyeron que él y sus hombres serían los Intocables de estas pampas, pero nada del pasado de Patti podría servir para pensar algo semejante.

–Nosotros somos simplemente auxiliares de la Justicia –dijo, al pie del avión, mientras desde el otro lado de los micrófonos le pedían alguna declaración sobre el rol que el presidente Menem le había asignado en la investigación del asesinato de María Soledad Morales.

Pero esa figura no convencía a todos. Militantes de derechos humanos que participaban activamente de la Comisión Pro Esclarecimiento y Justicia dieron un paso al costado convencidos de que un torturador como Patti “nada tenía que investigar”. Incluso en Buenos Aires, el jefe del bloque de senadores radicales, Miguel Ángel Tocci, advirtió sobre el prontuario del hombre duro de la Bonaerense: “Patti es, por lo menos, un sospechado de haber infligido torturas y otros apremios ilegales a detenidos y, por eso precisamente, estuvo arrestado y es actualmente objeto de un sumario de carácter penal”. Lo cierto es que, para la familia de María Soledad, este movimiento del gobierno nacional era una nueva esperanza de justicia ante tanta desazón y encubrimiento.

Incluso, algunos adjudican la renuncia del juez de instrucción Jorge Córdoba Ruiz de Huidobro a la designación de Patti. “No puedo permitir en Catamarca a un hombre que dice que se llevará a los culpables a los tiros. Mi deber como juez es defender la vida, aun la de los delincuentes”, dijo el magistrado que, vale aclarar, había sido recusado por sus vínculos con el poder provincial.

La hermana Martha Pelloni tampoco compró el paquete completo:

–No queremos torturas, eso no lo vamos a permitir –le dijo en uno de los primeros encuentros.

–Hermana, hay casos en los que esa metodología es la única que da resultado –respodió Patti haciendo alarde de sus técnicas de investigación.

Es que el Eliot Ness de las pampas no se guardaba nada. Incluso, según se reproduce en el libro Manual del buen torturador, publicado por el CELS en 1999, a principios de febrero, Patti se reunió en la oficina del juez José Luis Ventimiglia con el magistrado, su equipo y el oficial de la penitenciaría Alfredo Kershman. La reunión tenía un motivo de urgencia: uno de los testigos de la causa había declarado que los hombres de Patti le habían hecho una visita y que lo interrogaron mientras le ponían una bolsa de nylon en la cabeza. “No me dejaban respirar”, declaró.

–No se puede seguir así –gritaba Patti en aquella reunión–. Ustedes lo encanaron a Luque y no me dejaron espacio para apretarlo a Tula.

–Disculpame, ¿qué querés decir con apretar? –cuestionó Kershman, casi con ironía.

–Vamos, viejo. Vos sabés perfectamente que los crímenes se resuelven, acá y en todo el mundo, haciendo hablar a los que saben quiénes son los culpables.

–Si para descubrir un delito vamos a cometer crímenes aberrantes prefiero que quede sin resolver.

–Si lo dicen el juez o la secretaria, me lo banco. Pero vos sos un uniformado y esto es una traición. Traidor. Así calificaba Patti a un uniformado que se oponía a la tortura como método para interrogar. La anécdota termina con el juez Ventimiglia impidiendo que los dos hombres se agarraran a piñas.

Lo que quedaba claro, además de la metodología heredada de su participación activa en el terrorismo de Estado, era que para Patti el crimen de María Soledad tenía que cerrar bajo una hipótesis: el crimen pasional. Eso dejaba afuera los vínculos del hecho aberrante con los hijos del poder –sobre todo, dejaba afuera a Guillermo Luque, hijo del diputado nacional Ángel Luque– y ponía en la picota solamente a Luis “El Flaco” Tula, señalado como “novio” de María Soledad, que en la trama de poder funcionaba como entregador de la chica.

El 23 de febrero de 1991, Patti declaró ante la prensa que “Guillermo (así se refería al sospechoso) ya fue condenado por la sociedad catamarqueña. Aunque se demuestre que es inocente, para la gente seguirá siendo el culpable. Está abatido moralmente, pero parece tener mucha confianza en la Justicia”.

Los dichos del Intocable rompieron definitivamente los lazos con la familia de María Soledad. Ada, su madre, pidió que se lo apartara de la investigación. Fue el propio Ventimiglia quien, cansado ya de los roces con Patti, pidió al gobierno nacional que retiraran a él y a sus hombres de Catamarca. La medida se llevó adelante sesenta días después de haber desembarcado con el sobretodo de héroe. Ahora, volvía a Buenos Aires con una línea más en su prontuario.

Años después, cuando las leyes de impunidad quedaron sin efecto, el subcomisario fue juzgado con todas las garantías constitucionales y fue condenado a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad.

Aún cumple su pena.

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