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Crisis en el feudo

Ilustración: Martín Fleischer

Tenía 17 años cuando apareció muerta cerca de su casa en Valle Viejo, a veinte minutos del centro de San Fernando del Valle de Catamarca. La encontraron unos obreros que quedaron conmovidos por las mordeduras de los cerdos que esa nena tenía por todos lados: la habían arrojado en un chiquero.

Treinta y cinco años después las preguntas sobre qué le pasó a María Soledad Morales siguen intactas: la mataron porque sabía demasiado, la arrastraron a una fiesta donde el consumo de alcohol y de droga –cocaína, de moda en los años 90– era frecuente.

De lo que sí estamos seguros es que Sole, tal como todos la llamaban, sufrió un final atroz, doloroso. Ella no era una adolescente como las otras. Tenía ambiciones: quería irse para ser modelo y seguir escribiendo poemas infantiles que nadie le publicaría jamás por banales. Vivía cerca de la gente que tenía todo lo que a ella y a su humilde familia les faltaba. No podía comprarse la ropa con la que soñaba, ni ir a los lugares donde iban los pibes bien del poder. Y tampoco podía tener al amor de su vida, Luis Tula, que engañaba a su esposa –estaba casado en secreto con Ruth Salazar– con la adolescente que iba a un colegio de monjas. Y de vez en vez iba a bailar a algún boliche del centro.

Soledad no estaba considerada una chica fácil, pero la trataban como a una “chinita de mierda” (sic de la madre de Luis Luque), por pobre e ignorante. Pero ella se las apañaba por acercarse a los Luque, los Jalil, de quienes era vecina, y otros personajes de la política vernácula encabezada por el clan Saadi.

Gente llegada del Medio Oriente y asentada en Catamarca y La Rioja, todos se trataban como compadres. De hecho, el entonces presidente Carlos Menem repetía con la letanía de un himno pagano que el jefe de la familia, Vicente Leónidas Saadi, había sido su mentor y maestro. Con Ramón Saadi, el gobernador, se tuteaban hasta que el primer mandatario le intervino la provincia. Y Ramoncito, como respuesta, pidió
rinoscopías para todos.

BAJO LA LUPA

La prensa nacional partió en masa hacia aquella provincia y Ramón Saadi vio inmediatamente que su poder trastabillaba: salió a la luz una forma de hacer política –que aún funciona en otros feudos– y ese modo de gobernar lo llevó a perder el poder. Porque la muerte de la adolescente cambió un modo de practicar el arte de lo posible, más conocido como política o poder.

Pero no todo estaba permitido aunque fueras Saadi, y eso se lo enseñó el periodismo y el silencio de las marchas que fue el modo que tuvo la autoridad máxima del Colegio del Carmen y San José, la monja Martha Pelloni, y sus compañeras de curso, que arrastraban los pies y la tristeza por el centro catamarqueño ante la mirada atónita de los comerciantes que se veían obligados a cerrar sus negocios ante el clamor popular.

Todo fue imparable y más cuando los apellidos del poder empezaron a circular por los corrillos de los bares frente a la plaza principal o por las me-sas destartaladas de algunos prostíbulos, como El Altillo, regenteado por la Tía Yoli, una legendaria prostituta que traficaba mujeres de otras provincias junto con su marido “el Laucha”.

Yoli no tuvo problemas en decir que mucho de lo sucedido se había cocinado en las camas de su establecimiento. Y nadie la desmintió. Solía atender a la prensa en el comedor de su casa, ubicada atrás del prostíbulo, y aseguró que los pibes del poder que acusaban de asesinos habían estado en su local la noche del crimen. Un testimonio invalorable al que nadie de la Justicia tomó en serio.

Lo que importaba en Catamarca y en su sistema político era ser mencionado y tener derecho a decir su idea del crimen, y así se tejió una telaraña de dimes y diretes en la que hasta el día de hoy no se sabe qué es verdad y qué mentira.

Sí se sabe que Ángel “el Gordo” Luque, diputado nacional a la postre desaforado por sus pares en un hecho inédito en la política nacional, se ocupó de llamar a todos sus amigos políticos y personales para asegurar una coartada a su hijo Guillermo, un ñoqui del Congreso Nacional.

El jardinero y el chofer de la familia repetían mentiras que el diputado inventaba para jurar que su hijo no había estado en Catamarca el día del crimen. En realidad, parecía que ese fin de semana de septiembre la ciudad había estado vacía. Los que dijeron que habían visto a todos los que luego fueron acusados, después lo negaron o se tornó inchequeable. El mal de la desmemoria o del olvido pasó a ser una pandemia incluso hoy.

LOS VELOS DEL PODER

En los mentideros del centro, caña Marcelo de por medio, una bebida local fuerte, telúrica y dulce, se comentaba que a María Soledad no la habían matado, sino que ella se había muerto por el exceso de droga. Y que el grupo con el que estaba se asustó tanto que la llevaron ya muerta hasta el chiquero.

Esta hipótesis de trabajo rondó por las redacciones durante mucho tiempo, incluso luego de que Ramón Saadi comenzara a perder el poder. Y eso merece un renglón aparte. ¿Se había desarmado el patoterismo en Catamarca y todos eran más decentes? No, simplemente había cambiado una forma de ejercer la
política después de la muerte de Soledad. Ya no era tan fácil designar al primo del tío de la familia Cubas, apellido de la madre del clan, ni cubrir cargos con ineptos. Los hijos del poder fueron desapareciendo de la provincia, estudiaban o viajaban, y los boliches tenían más custodia. Pero Ramoncito siguió padeciendo las Marchas del Silencio y luego los dos juicios que se llevaron a cabo y que dieron vergüenza, como mínimo, por la ineptitud de los magistrados y otros trabajadores de la Justicia. Y ni hablar de los testigos.

Gobernar a partir de descubrir que jamás se sabría la verdad había salido demasiado caro para una provincia nada brillante, endeudada y calumniosa.

Y algo peor. En el sitio donde fue encontrada María Soledad se alzó un monolito con su nombre y las peregrinaciones a veces encabezadas por sacerdotes se hicieron comunes. La trataban como a una santa, a pesar de que durante los juicios muchos habían dejado claro que ella era una adolescente ligerita y drogona.

Tula y Luque nunca admitieron que se conocían –aunque tomaban sol juntos en la cárcel–, un hecho fundamental para establecer que Tula, el último en verla, la había entregado al grupo de niños bien.

Tampoco fue posible decir con certeza que María Soledad tomaba drogas habitualmente, aunque la noche de su muerte sí lo hubiera hecho: eso no la convertía en adicta.

Del escenario provincial los políticos profesionales fueron desapareciendo. De hecho, a 35 años del hecho nada se sabe de la familia Saadi y de sus descendientes. Todo cambió para ellos; quizá ahora vivan una vida recoleta plagada de recuerdos imborrables, de traiciones, mentiras, desmentidas, acusaciones, despilfarro y silencios en la calle.

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