Muchas veces, las palabras dicen más que su propio significado. Un halo persistente e invisible las sobrevuela en cada letra. Algo intangible refracta otros sonidos, olores, dolores, que van más allá de la mera presencia de las letras en el papel o en el aire. Como si cada persona cargara con la información de la humanidad toda y se produjera en cada lectura, cada escucha, una transversalidad sonora difícil de explicar desde la razón. Entonces las palabras My Lai resuenan aún en aquellos que nunca escucharon la historia. Y, sin embargo, las historias criminales se repiten, como si Benoit Mandelbrot jamás hubiera escrito nada sobre los fractales y el sonido de My Lai no remitiera a una masacre. My Lai. Un crimen de guerra en medio del silencio. My Lai y el rastro de un siglo de insultos. Los insultos como gramática de guerra, como desprecio de la vida antes de la desposesión definitiva. My Lai. La realidad suele ser circular. O la crueldad, quizás.
La mañana del 16 de marzo de 1968, en la aldea My Lai, en Quang Ngai, Vietnam, los soldados estadounidenses disparaban al grito de “tudi maus”. Indefensos, los aldeanos apenas se refugiaban en sus casas precarias. “Tudi maus”, era el grito, difícil de traducir. Se escuchaba mientras las ametralladoras arrasaban y los soldados violaban a mujeres y a niñas. Los que lograron sobrevivir fueron trasladados a punta de fusil hasta el borde de una zanja y luego, ejecutados. Los relatos estremecen. Un informe de la Public Broadcasting Service dice: “7.58 AM: En una cabaña, un soldado encuentra a tres niños, una mujer herida y un anciano. El soldado le dispara al hombre en la cabeza y luego afirma que fue un acto de misericordia”.
Cuando esos soldados de la compañía Charlie, del Primer Batallón de la 11 Brigada de Infantería del ejército de los Estados Unidos, recibieron la orden de detenerse, más de quinientos campesinos vietnamitas habían muerto o agonizaban. El mundo iba a enterarse de los asesinatos más de un año después. Hubo un solo condenado: el teniente William Laws Calley. El tribunal le dictó cadena perpetua por “por el asesinato premeditado de 22 bebés, niños, mujeres y ancianos”, pero tres días más tarde el presidente Richard Nixon le concedió prisión domiciliaria y tres años más tarde fue liberado.
La memoria
En 1971, un joven llamado Noam Chomsky publicó en The Yale Law Journal “The Rule of Force in International Affairs”. Analizaba el libro de Telford Taylor, Nuremberg y Vietnam: una tragedia americana. Taylor había participado como coronel en la Segunda Guerra Mundial y fue fiscal adjunto en el proceso en el Tribunal Militar Internacional en Nuremberg. Comparaba las tragedias del imperio: “La provincia de Quang Ngai, donde se encuentra My Lai, había quedado prácticamente destruida. La mitad de la población se había visto obligada a trasladarse a campos de refugiados, y los niños morían de hambre y estaban heridos. El coronel Oran Henderson, el oficial de mayor rango que ahora se enfrenta a un juicio militar por la masacre de My Lai, afirma que ‘toda unidad del tamaño de una brigada tiene su My Lai escondido en algún lugar’, aunque ‘no todas las unidades tienen un Ridenhour’”.
La otra palabra
Ronald Lee Ridenhour era un soldado honesto. Se enteró de la masacre de My Lai por sus compañeros de brigada. “Cuando Mike terminó de contar la historia siguió un largo silencio. Me quedé atónito. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, susurré la última pregunta que le hice sobre My Lai. ‘Mike, Mike’, pregunté. ‘¿No sabías que eso estaba mal?’”. 504 aldeanos indefensos fueron asesinados en menos de cuatro horas.
Ridenhour y el periodista Seymour Hersh fueron clave para que el mundo supiera del horror de My Lai. Hersh publicó su primer artículo en el humilde St. Louis Post-Dispatch el 13 de noviembre de 1969, un año y medio después. Es que Ridenhour, al regresar de Vietnam, escribió cartas a funcionarios, militares y congresistas contando los detalles de la matanza. Y la voz comenzó a correr. También dejó su testimonio en primera persona: Jesús era un gook se llamó su intento de explicar lo inexplicable.
“Las cosas simplemente se salieron un poco de control. Era casi predecible. Jesús era un tonto. Ese era su problema. Algo así estaba destinado a suceder. Se sube a la cruz y un soldado decide clavarlo en el costado con su lanza. No importaba. Jesús era un tonto. A los tontos les pasan cosas malas, especialmente si se interponen en el camino de César. ¿A quién le importaba?”, escribió Ridenhour, a manera de parábola mientras narraba con precisión los hechos.
Después repite: “gooks”. Y cuenta el horror: “Gooks. Lo sé, lo sé. Es una mala palabra. A fin de cuentas, el mundo está lleno de gooks. Gooks, gooks, gooks. Los pobres cabrones están en todas partes. En realidad no importa cómo los llames, por supuesto. Están ahí (…) Me encontré cara a cara por primera vez con mi propio conocimiento íntimo de los gooks en Vietnam. ‘Cuando llegues a Vietnam’, dijo uno de mis primeros sargentos de instrucción, ‘tendrás un solo trabajo: matar gooks’. Parecía bastante sencillo”.
La historia y la muerte
La palabra gook parece haber nacido para justificar muertes. Entre 1899 y 1913, al menos 20 mil soldados y 250 mil civiles filipinos murieron. La guerra por la invasión de los Estados Unidos resultó desigual. En ese momento, las tropas estadounidenses comenzaron a llamar gooks a los pobladores y soldados filipinos.
Los historiadores aventuran que el término nació al imitar el modo de hablar de algunos pueblos originarios filipinos. La primera acepción, según el diccionario de Oxford, proviene del término goo-goo (gagá), un adjetivo que utilizaban las tropas yanquis contra el pueblo tagalo, que habitaba gran parte de las islas. “Tagalo gago”, decían los soldados. Y quería decir algo así como nativo idiota. Tagalo gagá.
En medio de esa guerra injusta donde miles de filipinos murieron de hambre, las tropas estadounidenses sufrieron un contagio de enfermedades venéreas masivo, que escondía el desprecio por el otre y las violaciones constantes de las mujeres. El contagio fue de una magnitud tal que se discutieron políticas oficiales y se creó un programa de control de enfermedades venéreas. Por entonces, los soldados ya llamaban gooks a las prostitutas. Hacia 1915 la palabra gook aparece en las casas de prostitución de ciudades como Nueva York. Llamaban así a las mujeres de rasgos orientales.
Un año después de que Harry Truman ofreciera al mundo su “trato justo” para el “desarrollo”, las tropas de los Estados Unidos desembarcaron en Corea. Los soldados llevaban la palabra gook colgando de sus fusiles. “Todavía no eran la muerte: pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos”, escribe el colombiano Álvaro Cepeda Samudio. En la península, el uso de la palabra gook fue tan frecuente y denigrante que por entonces el general Douglas MacArthur prohibió su uso para prevenir “la alienación de las tropas”. La prohibición fue poco eficaz. Los estadounidenses no mataban aldeanos o soldados coreanos, mataban gooks. Ese ejercicio mental facilitaba las cosas. El remordimiento por las muertes era menor.
Así, la palabra gook llegó a Vietnam con una historia de un siglo de muertes. La idea de gook se había vuelto regla. El periodista Raymond Apple contó en The New York Times que la “regla del mero gook” implicaba que “todo lo que movía y tenía la piel amarilla era un enemigo, a menos que hubiese pruebas irrefutables de lo contrario”. La regla fue repetida “cien veces por mayores, sargentos y soldados rasos”. Era la “política oficial, parte de la vida cotidiana” de las tropas norteamericanas.
Claro que la creatividad para denigrar al enemigo con el tiempo se agudizó. My Lai esperaba en un futuro cercano. Entonces las palabras parecen preceder y justificar la masacre. Nick Turse, autor de Dispara a todo lo que se mueva: la verdadera guerra estadounidense en Vietnam, escribe: “La idea era que los vietnamitas no eran realmente personas. Eran infrahumanos, meros ‘gooks’que podían ser asesinados o abusados a voluntad y, ya sabes, los veteranos con los que hablé me dijeron que desde el momento en que ingresaron al entrenamiento básico les dijeron: ‘Nunca los llames vietnamitas. Llámalos gooks o dinks, slopes, slants, rice-eaters’. Cualquier cosa para quitarles su humanidad, deshumanizarlos y hacer que sea fácil ver a cualquier vietnamita –a todos los vietnamitas– como el enemigo”.
El American Heritage Dictionary define “dink”como una persona estúpida, molesta o despreciable. Y recuerda que fue un argot utilizado en Vietnam para mortificar a los nativos. “Slopes” tiene que ver con poses inclinadas de los cuerpos durante un acto sexual, especialmente realizado con prostitutas. Las décadas habían pasado pero el sexo como factor de sometimiento acompañaba a cada soldado. Y el insulto servía como justificación del sometimiento. “Slants” refería también a una pose sexual. Acaso llamarles rice-eaters: (“comedores de arroz”) fuera benévolo en medio de tanta muerte.
Lo mal-dicho
No está claro el significado de “tudi maus”, ese grito aterrador que quedó grabado en la memoria de los sobrevivientes de aquella aterradora mañana de marzo de 1968. Hay quienes sugieren que tudi maus podría haber sido mal interpretada y que los soldados simplemente gritaban “Too damn much”. Acaso quisieron decir: “maldita sea”. Maldita. Palabra mal dicha, para matar. “No sé lo que significa. Ni sé si es inglés o imitación de vietnamita, pero era lo que gritaban mientras nos apuntaban y nos hacían señas de que saliéramos”, recuerdan los sobrevivientes citados por Belén García Gómez.
Paradójicamente, Maus es el título de la novela gráfica de Art Spiegelman, sobre las vivencias en el campo de exterminio de Auschwitz. En la narración, los judíos son presentados como ratones y los nazis como gatos. Ahí también los insultos funcionan como una gramática deshumanizante.
Viktor Frankl, prisionero de campos de concentración alemanes de la Segunda Guerra Mundial, cuenta en El hombre en busca de sentido que un oficial nazi le dijo a los gritos: “Tú, cerdo, te vengo observando todo el tiempo. Yo te enseñaré a trabajar. Espera a ver cómo cavas la tierra con los dientes, morirás como un animal. ¡En dos días habré acabado contigo! No has debido dar golpe en toda tu vida. ¿Qué eras tú, puerco, un hombre de negocios?”. Alguien se apiadó de él y lo protegió de ese que lo insultaba. La narración sugiere que, al protegerlo de los insultos, le salvó la vida. Nuremberg y Vietnam vuelven a cruzarse.
Así, la palabra, más que prevenir la guerra y las muertes, parece justificarlas. Es la palabra la que pisotea al diferente antes de torturarlo o asesinarlo. El insulto se convierte en gramática de guerra. La gramática del insulto justifica la sangre, siempre en nombre de un venturoso porvenir que llegará cuando el diferente desaparezca.
“El Tribunal de Núremberg dictaminó que los almirantes alemanes no debían ser sometidos a sanciones penales por su violación del derecho internacional, ya que las leyes en cuestión ‘habían sido derogadas por la práctica de los beligerantes de ambos bandos bajo la presión de la necesidad militar’”, escribe Chomsky.
“Hoy, en América Latina, Estados Unidos paga y patrocina guerras ‘vietnamizadas’ de un tipo u otro en aproximadamente la mitad de los países del sur de México. Cada uno de los países de la guerra contra las drogas, por ejemplo, está actualmente involucrado en alguna variación de una campaña de contrainsurgencia al estilo de Vietnam”, escribía Ridenhour a principios de los 70. Se anticipaba a las dictaduras que llegarían. Como Cepeda Samudio que, desde las orillas del Magdalena, en Colombia, recordaba a otros soldados matando para preservar intereses norteamericanos: “Marchaban con la muerte pegada a las piernas: la muerte les golpeaba una nalga a cada paso: les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda; una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación”.
¿Qué palabras denigran hoy a las mujeres en la guerra de Ucrania? ¿De qué modo llaman hoy los soldados israelíes a los niños palestinos que mueren de hambre? Acaso los insultos y el recuerdo de My Lai sean una forma de animarnos a decir basta a la idea de crueldad. Para desterrarla. My Lai. Una fractalidad sonora en medio de otras guerras. Y de indiferencias, en este sur. La atrocidad resonando: My Lai. En dos palabras. O en una. Y líderes que, desde los insultos, reconstruyen la gramática de la guerra en medio de un paisaje devastado. Como si infligir dolor fuese su única manera de mostrar su costado humano.

