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Hijos ‘e tigre

Son las 11:20 de la mañana del viernes 7 de agosto de 2015. Cuarenta y ocho horas después de lo previsto, las puertas azules del Cementerio Municipal de Balcarce, con su imponente cruz griega en la fachada, se abren y, en el panteón de la familia Loreto Fangio, el cuerpo de Juan Manuel Fangio entrega la pieza que faltaba al rompecabezas de sus hijos. Veinte años y 21 días después de su muerte, la muestra tomada de dos falanges y un diente del quíntuple campeón de la Fórmula 1 determinará su paternidad sobre Oscar (87), Rubén (83) y Juan Carlos (80). No fue sencillo ser reconocidos como hijos del Chueco quienes hasta hacía poco eran Oscar Espinosa, Rubén Vázquez y Juan Carlos Rodríguez.

Los tres nacieron en Balcarce, pero sus recorridos fueron diversos. Durante décadas vivieron a la sombra de una vida célebre y enfrentaron acusaciones de que solo buscaban dinero –según el inventario de bienes, la fortuna era de 50 millones de dólares–, pero siguieron con su vida con la misma normalidad que antes. Ninguno guardó rencor a su padre y hoy viven con alegría una hermandad postergada, nacida cuando ya eran septuagenarios, jubilados y abuelos. Tras ser reconocidos por la Justicia como herederos naturales, donaron a la Fundación Fangio el 70 por ciento (les correspondía el cien) para “mantener su recuerdo vivo” y en 2021 pudieron curar algunas de esas dolorosas heridas cuando llevaron juntos el féretro de su padre del cementerio al mausoleo del Museo Fangio.

EL PRIMOGÉNITO

El 17 de julio de 1995, cuando el expiloto murió a los 84 años sin haberse casado ni haber tenido hijos reconocidos, solo uno de los tres sabía que Fangio era su padre: Oscar “Cacho” Fangio. Su madre, Andrea “Beba” Berruet, tuvo una relación prolongada y pública con el ídolo nacional desde los años 30. ¿Por qué no fue anotado con el apellido Fangio al nacer en 1938? Porque ella estaba separada de su marido, Luis Alcides Espinosa, en un país donde el divorcio no estaba permitido.

“Con mis abuelos paternos teníamos relación de nieto y abuelos. Pero ellos no tenían buen feeling con mi mamá, mis tías tampoco, porque mi viejo había tenido una novia que era de una familia más o menos bien de Balcarce y la había dejado por mi vieja, que por él se había separado de Espinosa. Igual la atendían bien cuando íbamos porque mi viejo era Don Corleone”, contó Oscar en el libro Algo del antiguo fuego, de Miguel Prenz. Su infancia la vivió sin mamá ni papá: mientras ellos viajaban por Europa, él alternaba entre Balcarce –en la casa de los Espinosa– y Mar del Plata, donde vivía su abuela materna y recibía las visitas de sus padres en los veranos. A mediados de los 50, ya campeón de F1, Fangio quiso adoptarlo, pero abandonó el trámite.

En 1966, Oscar le pidió retomar el reconocimiento porque quería correr en Fórmula 3 y necesitaba su apellido. El expiloto gestionó que su pasaporte dijera Espinosa Fangio, pero sin reconocimiento legal. Consciente de que solo era un “parche”, al regresar al país Cacho le pidió resolverlo y su papá le prometió hacerlo si se casaba y tenía hijos, cosa que tampoco cumplió. “Tenés que hacer mérito”, le dijo en la década de los 70, cuando lo visitó en su oficina. La relación se quebró y no volvieron a hablarse.

En 1995, con Fangio enfermo, Cacho fue a visitarlo al departamento de Talcahuano 154, donde cuando era un niño escuchaba los relatos de amigos de su padre como Froilán González y Stirling Moss. Fue su último encuentro. “Ni hablamos del apellido. Fue una charla tranquila. Le hizo bien a él y a mí”, recordó. Inició la causa de filiación en 2013, dos años después de la muerte de su hija Carolina, quien lo impulsó a buscar su identidad. En 2015 el juez en lo Civil y Comercial de Mar del Plata, Rodrigo Cataldo, ordenó la exhumación del cuerpo del Quíntuple y el 15 de junio de 2018, con la firma del juez Pablo Trípoli, la Justicia los declaró “únicos y universales herederos”.

LOS HERMANOS SEAN UNIDOS

A Rubén lo conoció durante el proceso legal. Aunque nació en Balcarce y era muy parecido a Fangio, se crio en Cañuelas. No sospechó de su origen hasta el verano de 1995, cuando un médico que había ido al hotel donde trabajaba en Pinamar le dijo: “Usted es igual a Fangio. El día que se haga un ADN se va a sorprender”. Diez años después se animó a preguntarle a su madre, Catalina Basili, si su padre era Ricardo Vázquez o Juan Manuel Fangio, quien aparecía como su padrino en el certificado de bautismo. La respuesta tardó: a ella le pesaba esa relación extramatrimonial que había nacido cuando su marido se quemó con un radiador en el taller de Fangio. Aunque nunca la juzgó ni la dejó de ver, la relación no quedó igual. Pero fue el inicio de una lucha judicial que, doce años más tarde, le dio un DNI con su nuevo apellido y, unos meses después, el viaje inolvidable con su hermano al Gran Premio de Gran Bretaña 2018 invitados por la Fórmula 1.

Cacho, quien antes de obtener su apellido ya era reconocido en el ambiente como el hijo de Fangio, se encontró con el menor de sus hermanos por primera vez en 1996. Ambos vivían en Balcarce, donde se decía que Juan Carlos era hijo de Toto, el hermano de Fangio. “Llegué a pensar que era mi primo”, confesó Oscar. Fue esa cercanía la que motivó a Juan Carlos a unirse al juicio de filiación. Su madre, Susana Rodríguez, le contó desde siempre que había tenido una relación con Fangio y había quedado embarazada a los 15 años. Al principio, el Chueco lo visitaba y enviaba dinero por intermedio de su hermano.

A treinta años de la muerte de su padre, y aunque fueron criados por separado, los hijos de Fangio hoy están unidos por el apellido –como siempre debieron estarlo– y por el amor a un ídolo. En su última aparición pública, para anunciar la serie biográfica del Chueco que repasará también sus historias, coincidieron en que lo mínimo que podían hacer “es mantener siempre encendida la llama de quien ha llevado el automovilismo a la cumbre de todo”.

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