En extensión, el partido de Balcarce, al sudeste bonaerense, es tres veces más grande que el de Mar del Plata (General Pueyrredón), pero su ciudad cabecera apenas alcanza los 51.736 habitantes. Podría creerse que es conocida por el postre homónimo, la papa (allí se celebra la Fiesta de la Papa Frita) o la estación experimental del INTA, pero sería erróneo: pocas ciudades están tan asociadas a una sola figura. Y si se habla de Balcarce, se habla de Juan Manuel Fangio.
Allí nació el 24 de junio de 1911, nieto de Giuseppe, un italiano llegado desde los Abruzos que se instaló en la zona de Laguna de los Padres para hacer carbón vegetal. Fangio conoció por primera vez un volante en el taller de Capettini, donde comenzó a trabajar a los 11 años. Una de sus tareas era mover cada mañana un Panhard Levassor con transmisión a cadena para limpiar el piso y volverlo a colocar. También de chico aprendió el método de las curanderas para “tirar del cuerito”, una técnica que recordó en el caluroso Gran Premio de Argentina de 1955. Para mitigar el calor, le pidió a su hijo Oscar un repollo que dejó en la heladera toda la noche. Luego colocó hojas frías dentro del casco con ayuda de una bolsa de hielo. Aquella estrategia casera le permitió terminar la carrera mientras otros pilotos sufrían insolaciones.
En 1979, vecinos y amigos de Balcarce decidieron concretar el viejo anhelo de Fangio: reunir en un museo los trofeos, autos y recuerdos que el quíntuple campeón había acumulado en su vida. La obra se finalizó en 1986 en un antiguo edificio de 1906, ubicado en la esquina sur de la plaza central. Aquel edificio había sido sede municipal y del Concejo Deliberante, pero se encontraba cerrado y en mal estado. El proyecto se financió con el aporte de vecinos, empresas y comerciantes. El diseño, moderno y funcional, contó con colaboración de técnicos alemanes, gracias a los vínculos que Fangio había construido con Mercedes-Benz. Así nació el museo más importante del automovilismo sudamericano y “uno de los 25 más relevantes del mundo en materia de automobilia”, según Adrián Sánchez, responsable del área de Administración.
FUNDACIÓN FANGIO
La gestión quedó a cargo de la Fundación Museo del Automovilismo Juan Manuel Fangio, impulsada por el propio piloto y Juan Manuel Bordeu. Hasta hoy funciona sin ningún aporte estatal. El Consejo de Administración tiene diez integrantes que trabajan ad honorem, y el personal es mínimo. “Tratamos de mantener un perfil bajo, con trabajo, sacrificio y humildad”, subraya Sánchez, que trabaja allí desde hace 22 años y es técnico en automotores. Dice que detrás del nombre Fangio hay valores que lo inspiran: perseverancia, sacrificio y el origen humilde de quien fue campeón por su talento.
El edificio tiene unos 7000 metros cuadrados y el recorrido, como su protagonista, conduce hacia arriba por una rampa helicoidal que conecta tres plantas. En la muestra se exponen 56 automóviles pertenecientes a la Fundación, además de 500 objetos entre medallas, trofeos, cascos y vestimenta.
Si bien el foco está en Fangio, también se exhibe el legado de otros grandes del automovilismo, como el McLaren de Ayrton Senna, los recuerdos de Carlos Reutemann o el aporte de Froilán González, quien compartió con Fangio el sueño de competir en Europa. También se homenajea a los hermanos Gálvez, en especial Juan, rival del Chueco y máximo campeón del TC, pionero en la estrategia y fallecido en 1963 en un accidente. No llevar cinturón de seguridad le costó la vida.
Entre los autos que más asombran al público está la mítica Flecha de Plata (Mercedes W196), un prodigio de diseño y tecnología para su época, ubicada en el último nivel del edificio. También deslumbra la Maserati 250F con la que Fangio conquistó el campeonato de 1957 en Nürburgring, en una de las remontadas más legendarias de la historia de la Fórmula 1. La gente observa esos vehículos y se pregunta cómo era posible correr en ellos, exponiéndose sin ninguna medida de seguridad. En lo personal, Sánchez elige el Alfa Romeo 308, por su diseño y su concepción.
ESCULTURA A ESCALA NATURAL
Desde el exterior del edificio ya se percibe el homenaje: una escultura de Fangio en escala natural da la bienvenida. En su interior están el Plymouth 1928, la Maserati 450 S, el Vespa 400, el Chevrolet Super 250, el Ford T con el que corrió en Morón, la Cupé Chevrolet del TC de 1939, la Ferrari 166 pintada de azul y amarillo, además de los recuerdos del tiempo en que Fangio creció con su propio taller. El recorrido se apoya en pantallas, audioguías, códigos QR, simuladores y motores rugientes. Pasado, presente y también futuro. “Fangio siempre quiso un museo, sobre todo para las nuevas generaciones”, remarca Sánchez.
Más de 60 mil personas lo visitan cada año. La mayoría son argentinos, pero también llegan turistas de Alemania, España, Francia, Brasil, Chile, Uruguay y, especialmente, Italia, donde Fangio sigue siendo un ídolo. Muchos viajan hasta Balcarce solo para ver el museo.
Sánchez, nacido y criado en esta localidad serrana rodeada de campos, lo resume con claridad: “Fangio para Balcarce significa mucho. Nos pone en el mapa mundial. Éramos conocidos por la papa, pero Fangio te catapulta a lo internacional”. A pocos metros de él, en el corazón del museo que lo ve crecer y trabajar, una frase del propio Chueco sigue resonando con la misma fuerza que su leyenda: “Tratar de ser el mejor sin creer ser el mejor”.

