Medellín, 24 de junio de 1935. Faltan minutos apenas para las tres de tarde, cuando el avión F-31 de la compañía local SACO, tripulada por Ernesto Samper Mendoza, un joven prócer de la aviación colombiana, está listo para despegar, luego de una demora de último momento. A la carga de pasajeros y combustible con los tanques completamente llenos se le suma una docena de rollos de película destinados al mismo teatro de Cali donde va a cerrar la gira triunfal por tierra cafetera el ocupante estrella de la aeronave, el cantor argentino Carlos Gardel.
El “ganso de hojalata”, como se lo conoce por su estructura completamente metálica, comienza a corretear por la pista 36, cuando los remitentes del encargo, que se demoran a un costado para presenciar la partida, perciben una maniobra extraña.
El avión que traslada a Gardel y comitiva se desvía ligeramente y parece dirigirse hacia las oficinas de la compañía rival, SCADTA, de capitales alemanes. Luego, vira nuevamente, de manera brusca. El piloto de un aparato similar, el germano Hans Thom, que esperaba su turno para decolar en vuelo regular a Bogotá, apenas tiene segundos para comprender que su aproximación a toda carrera y en línea recta es un boleto seguro hacia la tragedia.
El impacto inevitable desata el infierno, envolviendo en llamas a ambas aeronaves y propagando el fuego en cuarenta metros a la redonda.
El auxilio imediato de los bomberos poco puede hacer para conjurar las consecuencias del siniestro. Apenas cinco pasajeros consiguen salir del retorcijo de metales candentes, por sus propios medios y designios del azar (dos de ellos fallecen después debido a las graves heridas recibidas). El saldo se completa con otras quince víctimas fatales, entre ellas los dos pilotos y su segundos, Gardel y el periodista y letrista Alfredo Le Pera, autor de los últimos grandes éxitos registrados como banda sonora de su ascendente carrera cinematográfica.
Muerto el hombre, largamente consagrado el artista, nace el mito que no cesa y que se prolonga hasta nuestros días y se acentúa con énfasis en cada aniversario de la tragedia de Medellín, de la que este 24 de junio se cumplen noventa años.
Impacto
La noticia cayó en su Buenos Aires querido como una bomba de efecto devastador. Los diarios de mayor circulación e influencia le dedicaron sus portadas con titulares tipo catástrofe. En las salas donde actuaban colegas, se vivieron intensas escenas de luto y congoja, con minutos de silencio. Libertad Lamarque, que se presentaba en el Teatro Buenos Aires, quiso homenajearlo entonando “Cuesta abajo”, pero su voz se quebró en llanto y el público aguardó de pie a que se repusiera.
En el Liceo, simplemente, suspendieron la función. Las broadcastings de entonces resolvieron no difundir tangos durante una semana.
El resto de Latinoamérica, donde el cantor era querido y celebrado, también se hizo eco, y se sucedieron episodios entre dramáticos y bizarros. En Puerto Rico, una muchacha llamada Suncha Gallardo, desolada por la desaparición de su ídolo, se encerró en su cuarto y pretendió suicidarse ingiriendo permanganato de potasio. Solo la rápida y decidida reacción de su familia la salvó de la muerte.
En tanto, el dolor más grande sorprendió a Berta Gardés, su madre, del otro lado del Atlántico que había cruzado por primera vez con su pequeño Charles Romuald en busca de un pasar digno que no le recriminara su condición de madre soltera, décadas atrás. Estaba de regreso en su Toulouse natal, visitando a su familia. Berta era una mujer dura, curtida, podía parecer fría. Al principio, se negó a creerlo y recién pudo llorarlo al día siguiente.
El otro afectado de manera directa por la tragedia fue su representante, Armando Defino, que había establecido con su representado una relación de respeto y amistad, además de brindarle sus eficientes servicios a un despilfarrador nato como era Gardel.
Defino negociaba por esos días un ventajoso acuerdo con el dueño de Radiolandia, Julio Korn, con la promesa implícita de brindar con una copa de champagne a la firma del contrato por una decena de audiciones, renovable de acuerdo a la recepción.
El apoderado nunca pudo olvidar el clima tenso que lo recibió en las oficinas de Korn ni la mentira piadosa que le dispensó su anfitrión: que Gardel solo estaba herido como consecuencia del accidente.
La realidad no tardó en revelarse en toda su macabra magnitud ni tampoco la pesada y amarga tarea que le competía. Repatriar los restos del cantor, en una verdadera procesión mortuoria por media Latinoamérica.
El corazón, al sur
Cuando Defino arribó a Medellín, meses después, pudo comprobar in situ la dimensión del desastre: los fuselajes calcinados de ambas aeronaves aún permanecían en el lugar. Más complicado fue localizar al único sobreviviente que compartió los últimos momentos con el ídolo, su guitarrista José María Aguilar (de sus compañeros de rubro, Guillermo Barbieri falleció en el accidente y Ángel Riverol, apenas un par de días más tarde, en el hospital).
La desconfianza de Aguilar (que era uruguayo) retenía ciertos motivos. En contacto con el también oriental José Razzano, antiguo par de Gardel en el famoso dúo y luego su representante (no terminaron en buenos términos) cultivaban la idea de darle descanso definitivo en Montevideo.
La teoría del “origen uruguayo” del cantor, tan polémica como persistente, avalaba las pretensiones de las autoridades de turno del vecino país. Pero Defino había sido precavido. Contaba con el certificado expreso de doña Berta, única heredera de los bienes y derechos del extinto. Su hijo debía reposar en Buenos Aires.
El féretro con la preciada carga se trasladó por accidentada geografía en transportes de todo tipo (incluyendo a lomo de mula), desde Medellín hasta el puerto de Buenaventura, con escalas en pequeñas localidades intermedias, donde se le rendían modestos pero emotivos homenajes, y de ahí en barco a Panamá.
En Nueva York, la nutrida colonia latina que había celebrado sus películas le tributó una despedida que se extendió por una semana.
Finalmente, pero no tanto, se puso proa a Buenos Aires.
Todavía restaban escalas significativas en Río de Janeiro y, especialmente, Montevideo. En la otra gran capital del Plata, el féretro fue desembarcado y depositado por unas breves horas en el edificio de la Aduana. El regreso a puerto, acompañado por miles de personas, fue en un camión cubierto de flores.
La apoteósis que lo esperaba en la otra orilla hizo empalidecer incluso tanta liturgia previa. La multitud congregada de manera espontánea complicó la recepción oficial de la comisión de bienvenida, que a duras penas pudo cumplir con su responsabilidad. La capilla ardiente fue instalada en el Luna Park, por donde desfilaron otros tantos miles de personas, mientras diferentes orquestas interpretaban música de Gardel. No todo fue en paz y dolor. La aglomeración y el clima emocional reinante empujaron a la policía a actuar para evitar desbordes.
A la mañana siguiente, la carroza fúnebre se dirigió a la Chacarita por calle Corrientes, en medio de lluvias de flores arrojadas desde los balcones y con música de fondo de orquestas dispuestas en muchas esquinas.
La agrupación foloklórica Leales y Pampeanos encontró la manera de recordar la faceta criolla del cantor: por su encargo, la aviadora Carola Lorenzini (“la paloma gaucha”) voló sobre la multitud y dejó caer un poncho desde el aire.
Ya en la necrópolis, le tocó a Alberto Vacarezza (creador del género del sainete y autor de trece tangos grabados por Gardel) el honor del discurso de despedida, en el Panteón de Artistas.
Era el 6 de febrero de 1936, pero todavía faltaban unos metros para completar el largo periplo.
Al año siguiente, y merced a las gestiones de una comisión formada a tales efectos e integrada por Defino, Azucena Maizani, Ignacio Corsini y Charlo, se levantó el mausoleo, adonde fue trasladado, y algún visitante anónimo, aun hoy, le enciende un cigarrillo al bronce que sonríe.
Dicen que dicen
En esa Buenos Aires enlutada, en ese país conmovido por la pérdida, el gobierno fraudulento del presidente Agustín P. Justo, ícono de la Década Infame, encontró un poco de oxígeno para ventilar sus escándalos de corrupción. Coincidentemente con la tragedia de Medellín, en junio de 1935, se debatían en el Senado las implicancias de un negociado de exportación de carnes en beneficio de frigoríficos ingleses.
“La Argentina por su interdependencia recíproca es, desde el punto de vista económico, parte integrante del imperio británico”, pregonó su vicepresidente, Julio Argentino Roca (h), en ocasión de la firma del tratado.
En julio, la sangre llegó al recinto, literalmente, con el asesinato en plena sesión del senador demócrata progresista Enzo Bordabehere, quien se interpuso entre el disparo de un sicario destinado presuntamente a su camarada de bancada Lisandro de la Torre, principal impulsor de la denuncia.
El popular diario Crítica mantenía un vínculo directo con Gardel a través de su corresponsal Edmundo Guibourg, radicado en París a fines de los años 20 y amigo del cantor desde los tiempos del Abasto, donde ambos habían crecido.
En ese contexto, su director, el mítico Natalio Botana, y el presidente Justo “sabia y tenazmente, aceleraron el culto a Gardel y desviaron la mirada de la atención pública –reseña su hijo Elvio en sus Memorias–. El Estado puso su parte. Crítica, la suya”.
Exageraba, Botana Jr.

