Para el 1° de marzo de 2010, día de la asunción de José Mujica, el suelo de América latina continuaba reflejando la inacabable disputa entre modelos contrapuestos, con golpes de Estado de un lado y ratificación de mandatos de otro. Dos grandes bloques multilaterales habían sido creados, la Celac y el intercontinental Brics, con la notoria presencia de Brasil. Las economías centrales del mundo atravesaban un proceso de recesión y depreciación monetaria, sobre todo por efecto de la crisis de las subprime en Estados Unidos a fines de 2008.
Al destacar algunas presencias de mandatarios regionales en la ceremonia de toma del poder se puede dar cuenta de cómo se trazaba entonces el mapa latinoamericano, con figuras como la del venezolano Hugo Chávez, en plenas funciones y aún sin conocimiento de la enfermedad que le causaría la muerte tres años después; el brasileño Luis Inácio Lula da Silva, atravesando el final de su segundo mandato; al igual que Evo Morales, quien venía de ser reelecto en Bolivia por más del 64 por ciento, tras un exitoso proceso de recomposición social y económica que el mundo llamó el “milagro boliviano” (junto a su hoy enemigo Luis Arce). Unos años antes, Néstor Kirchner los había reunido en una histórica foto, en un símbolo de unidad estratégica. Como expresidente, Kirchner acompañó a su esposa y presidenta argentina, Cristina Fernández, quien venía de superar en su primer mandato la crisis con el campo y la depresión económica internacional. Destacaba en la misma línea la presencia de Rafael Correa, que llevaba tres años en su primer período como presidente de un Ecuador que se recomponía de sucesivas crisis. El paraguayo Fernando Lugo promediaba su gobierno intentando imprimir un sesgo popular, antes de que el Congreso le asestara un golpe institucional que lo destituiría, en 2012, y la presencia del hondureño Porfirio Lobo Sosa indicaba también el estigma de los gobiernos progresistas que intentaban abrirse paso en sociedades dominadas por las elites: ocho meses antes, el presidente José Manuel Zelaya había sido destituido por otro golpe que sacó del poder al mandatario que había hecho un giro copernicano al saltar desde la oligarquía al plano ideológico del ALBA chavista. A punto de asumir tras ganarle las elecciones a Michel Bachelet, el chileno Sebastián Piñera era parte del contrapeso de derecha, entonces minoritario, que se expresaba en su persona y en el ultraderechista colombiano Álvaro Uribe.
Había llamado la atención la ausencia de Fidel Castro, aunque su hermano Raúl, entonces ejerciendo la presidencia en Cuba, envió un representante y una carta dirigida a Mujica, quien entendió que el faltazo se debía a su deteriorado estado de salud. También fue notoria la ausencia del estadounidense Barack Obama, quien llevaba un año del que sería su primer mandato y se encontraba en plena defensa del tratamiento legislativo de su ley de salud accesible, conocida como Obamacare.
UN ESCENARIO EFERVESCENTE
Durante los primeros momentos del quinquenio en que gobernó el Pepe, el mundo seguía de cerca las crisis económicas que dispararon deudas críticas en varios países de Europa, sobre todo en Irlanda, España, Portugal, Italia y Grecia, que derivó en la intervención ortodoxa, sobre todo en este último, de la “troika” conformada por la UE, el Banco Central Europeo y el FMI. La crisis causó una caída de la demanda de commodities, con especial impacto en las economías latinoamericanas.
El bloque de las economías nacionales emergentes ya había sido constituido poco antes de la llegada de Mujica con Brasil, Rusia, India y China (BRIC), pero la incorporación de Sudáfrica a fines de 2010 consolidó el armado, además de aportarle la S final a la sigla. Los países miembro resolvieron comprar deuda del FMI por hasta 80.000 millones de dólares para ayudar a la institución a financiar a los países más perjudicados por la crisis. Brasil lo hizo por un valor de 10.000 millones.
En febrero de 2010, 33 países de América, con excepción de Canadá y EE.UU., fundaron la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que realizó su primera cumbre en 2011, como contrapeso de la Organización de Estados Americanos (OEA), históricamente criticada por ser funcional a los intereses estadounidenses. Esta última representaría un giro dramático para el gobierno de Mujica, cuando echó al canciller Luis Almagro, luego de que este adoptara un tono crítico hacia Venezuela en línea con el Norte. Almagro acabó siendo nombrado secretario general de la OEA en 2015, cargo que ocupó hasta el 26 de mayo último, como un fiel representante de esos intereses. Desde 2008 existía la Unasur, a la que se incorporó el Uruguay de Mujica. El grupo –disuelto por las oleadas de derecha posteriores– tuvo un rápido reflejo de apoyo a Correa en el intento de golpe de septiembre de 2010.
Hacia 2012 se desataba en Egipto, Siria y Libia la llamada “Primavera Árabe” y, más tarde, como coletazo del asesinato de Osama Bin Laden, surgiría en Siria e Irak el Estado Islámico, proclamando un califato y generando atentados, ejecuciones filmadas y desestabilización. En marzo de 2013 moría el líder popular Hugo Chávez y días después asumía en Roma el primer Papa latinoamericano y argentino, Francisco. Un año después, Rusia concretaba la anexión de Crimea, provocando tensiones con Occidente y más tarde la acción de movimientos separatistas rusos en Ucrania, punto de conexión con el actual conflicto entre ambas naciones.
En días en que Mujica entregaba la presidencia nuevamente a Tabaré Vázquez, en marzo de 2015, la presidenta brasileña Dilma Rousseff enfrentaba marchas en su contra y un proceso de golpe institucional por el que fue destituida por una inconsistencia administrativa. En Estados Unidos, el reelecto Obama declaraba a Venezuela, ya gobernada por Nicolás Maduro, una “amenaza a la seguridad nacional”, lo que abriría la puerta al asedio posterior de su sucesor, Donald Trump.

