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José Pepe, como Artigas

Que un expresidente se dedique a su humilde chacra junto a su compañera de toda la vida, un perro viejo y rengo y un Volkswagen de los 60 es noticia. Si a eso le sumamos que el tipo había sido un guerrillero Tupamaro y que soportó catorce años de dura cárcel en el irónico penal de Libertad, la cosa cobra visos de leyenda. Y eso fue el Pepe, un hombre leyenda. Había nacido en el Paso de la Arena, un barrio montevideano donde conoció la calle, los cafés, la vida. Esa vida que le arrancó a su viejo cuando él tenía 7 años años y creció de golpe, bancando la parada. Se dedicó a vender flores mientras estudiaba en el liceo, la secundaria uruguaya, hasta que logró ingresar al Instituto Acevedo, ya con muchas ganas de ser abogado y defender a los pobres, quizá recordando a su admirado Artigas cuando decía “que los más infelices sean los más privilegiados”. La vida, la misma, no lo dejó recibirse. El Pepe leía todo lo que caía en sus manos y comenzó a interesarse por la política. Se juntó con amigos que pensaban, como él, que con pensar no alcanzaba, y así fue cómo se incorporó al MLN-Tupamaros, una de las primeras guerrillas urbanas de América latina que tomaba su nombre del gran rebelde indígena que allá por 1780 hizo temblar al imperio español, José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru. Los Tupamaros saltaron a las tapas de los diarios del mundo con el secuestro y asesinato del agente calificado de la CIA Dan Mitrione, hecho que fue llevado al cine por Costa-Gavras con la inolvidable música compuesta por Mikis Theodorakis interpretada por Los Calchakis y la notable actuación de Yves Montand.

El movimiento fue descabezado y sus principales dirigentes, confinados a reclusión en celdas de castigo. El Pepe pasó allí catorce años de su vida padeciendo todo tipo de torturas y vejaciones y extrañando a Lucía, su compañera en todo, el amor de su vida. A pesar de todo este sufrimiento, al Pepe no lo animaba
el rencor y creía que una de las formas de conseguir la armonía social era no avivando los viejos odios, tema que le trajo no pocos problemas con muchos de sus compañeros del Frente Amplio cuando, por esas cosas de la vida, como le gustaba decir, se convirtió en presidente del Uruguay en 2009 con casi el 55 por ciento de los votos, tras una carrera en la política, lejana de las armas, que lo llevó a ser diputado en 1994, senador en 1999 y ministro de Agricultura y Ganadería en 2005 en el gabinete de Tabaré Vázquez. Su gobierno implicó un giro a la izquierda con respecto al del moderado Tabaré, poniendo el acento en el mejoramiento de las condiciones de vida de los orientales y una avanzada legislación en derechos humanos, la sanción de la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, la legalización del aborto y, quizá, la medida más resonante: la legalización del cannabis. Pero también se encargó firmemente de garantizar la educación igualitaria con el reparto de computadoras a los estudiantes y la notable reducción de la pobreza. Pepe no quiso saber nada con vivir en la residencia presidencial y siguió viviendo en su modesta chacra y donando casi todo su salario a instituciones de bien público.

Muchos líderes mundiales elogiaron su estilo sencillo y, sin intentar siquiera imitarlo, lo pusieron como ejemplo. Gran amigo de la Argentina y de su pueblo, se permitía, con mucho respeto, como decía, dar algunos consejos. Llegó a ver a Milei en el gobierno, y sentenció: “Es una bomba de tiempo que termina en represión”. El Pepe querido, íntimo, una especie de viejo Vizcacha de izquierda, pícaro, nuestro. Hasta siempre, te vamos a extrañar.

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