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Con la cárcel de por medio

Pepe Mujica y Lucía Topolansky están sentados en el medio de una de sus huertas, en dos banquitos pequeños. Es el principio de la década pasada y Pepe aún es presidente de Uruguay. El sol les da en la cara, y por sus ropas livianas, pareciera que el clima está muy agradable. Blanca Rodríguez es la periodista uruguaya que los entrevistará ese día; sentada frente a ellos, empieza por preguntar cómo se conocieron. Lucía, con los brazos cruzados y una sonrisa que aparece al final, cuenta que fue gracias a la militancia política. Pepe tenía 37 años y Lucía, 27. Ambos formaban parte del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), sin embargo ese germen inicial de lo que sería una unión que atravesaría una vida entera no está muy claro. La clandestinidad y la dictadura les pisaban los talones: a las pocas semanas de conocerse cayeron presos y permanecieron privados de su libertad durante casi trece años. En palabras de Lucía, se conocieron en medio de la tormenta, cuando todo parecía perdido. Y fue la cárcel el lugar donde aprenderían a valorar las pequeñas cosas, a resistir y a no perder la esperanza. Se tenían el uno al otro y eso era suficiente. Por su parte, sobre el primer encuentro, Pepe contó a la BBC la siguiente escena: “A mi esposa la conocí la noche que nos escapamos de la cárcel. Ella estaba con la gente que apoyaba desde afuera. Habían ocupado una de las casas en las cuales nosotros emergimos de abajo de la tierra para salir de la cárcel luego de haber hecho el túnel. La vi casi accidentalmente y seguimos la vida. Era una estudiante avanzada de arquitectura que trabajaba en una financiera paralela de un banco. Era muy bonita y joven”. Corría el año 1971, cuando Lucía formaría parte de la mayor fuga protagonizada por mujeres. Esta historia la cuenta Josefina Licitra en su libro 38 estrellas. Años después escribió una nota para La Nación donde recorre la vida política de una mujer que participó de esta espectacular fuga y llegó a ser vicepresidenta de Uruguay. Allí, recupera el siguiente diálogo:

–En aquellos años en que andábamos a las corridas todo era ya. Era muy difícil el después. Todo era hoy porque mañana no sé si voy a estar. Toda relación humana quedaba atravesada por esa urgencia.

–Pero ¿no había flechazo?

Algo se ablandó en su rostro.

–Por supuesto que existe la afinidad, el amor, el flechazo, la química o ponele el nombre que quieras.

–O sea que podía existir, entre militantes, un pensamiento como “qué lindos ojos tiene”.

–Claro. Eso es lo único que te sostiene. Te aferrás a esas cosas. La relación con Pepe pasó por tres etapas: la de los ojos lindos, luego una larga etapa de separación donde el recuerdo de eso te sirve como un oxígeno, y después una etapa que es esta, en la que logramos reencontrarnos y reconstruir todo.

“Ella le hizo la vida posible a Pepe”, escribió su compañero en una curiosa nota para la revista colombiana SoHo (una revista para hombres) en el 2015, que en una jugada completamente inesperada incluyó la nota titulada “Mi historia de amor con Lucía”. Ella divide en etapas, o acaso la dividieron. Y cuando la vida los volvió a encontrar, solo la única causa común más grande que ellos dos lograría trasladarlos en conjunto por el mismo carril. La salida después de estar presos durante trece años significó mucho más que una segunda oportunidad para estar juntos, significó pasar de la lucha armada a la democrática y, además, permitió consolidarse como pareja. Ambos quedaron en libertad el año 1985, gracias a la aprobación de la Ley de Amnistía. Lucía dirá que, al salir de prisión, se reencontró con su familia, con Pepe, y al día siguiente retomaron la militancia: “Había que reorganizar todo”. En ese mismo texto, Pepe escribió que Lucía es mucho más ordenada y que “vive organizando cositas”. En esa reorganización, por supuesto, entraría también la política: varios ex militantes tupamaros crearon el Movimiento de Participación Popular (MPP). Y paso a paso comenzaron a apoyarse en otra etapa de sus vidas, él volvió a trabajar a la chacra de su familia y ella a la cantina de la Facultad de Arquitectura. Se casaron en el año 2005, cuatro años antes de que Mujica llegara a la presidencia en Uruguay. Al parecer, Lucía se enteró que se casarían en una entrevista televisiva, en la que el ex presidente comentó sus intenciones. La boda, fiel a su estilo de vida, fue una ceremonia austera, celebrada en su chacra, con algunos vecinos como testigos. En el último tercio de la vida, la relación de ambos se asentó y continuaron acompañándose. En el texto de la revista SoHo, Mujica escribió: “Lamento no haber tenido hijos, sí. Me dediqué a cambiar el mundo y se me fue el tiempo. Nuestra vida con Lucía es una dulce costumbre. Hablamos de política, de otras cosas, miramos fútbol, somos compañeros, somos amigos. Ella es mucho más ordenada, tiene más cultura del hogar que yo. Es una arquitecta frustrada, vive organizando cositas. Lucía vive tapando los agujeros, organizando. De vez en cuando se hace tiempo para cocinar una pizzita… hay una cara femenina del acontecer, que si no existe estamos perdidos. No somos iguales, somos complementarios. Fue un hallazgo que en una etapa de la vida nos encontráramos.” El 1 de marzo de 2010 Pepe Mujica asumió la presidencia de Uruguay. Lucía le tomó juramento en el Palacio Legislativo mientras ella comenzaba su tiempo como senadora de la Nación. El 13 de mayo de 2025 murió Mujica. “En el mismo lugar físico que yo le tomé juramento a Pepe como presidente, la única vez en la historia del Uruguay que se dio eso en una pareja, y en el mismo lugar físico lo despedí” –recordó Lucía–. “El que tenga buena pluma, o sea un poeta, entenderá la simbología de esto.”

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