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“Hoy vivimos la mayor desigualdad de todas”

Alejandro Grimson

¿Por qué las ultraderechas se volvieron tan populares en el mundo? ¿Y en la Argentina? ¿Qué deseos individuales y frustraciones colectivas explican su peso creciente en las democracias actuales? Estos enigmas urgentes busca responder el antropólogo y analista político Alejandro Grimson en su libro Los paisajes emocionales de las ultraderechas masivas. ¿La gente vota contra sus intereses? (CALAS), con pie en algunas certezas sobre la crisis económica pospandemia: “Hay un cambio cultural profundo vinculado con el aumento de las incertidumbres, el desencanto con la democracia y los límites de la movilidad social ascendente”.

Imposible negarlo: “A los partidos tradicionales les cuesta asumir el profundo malestar social, y en muchos países de América y de Europa crece la desconexión entre los referentes de aquellos espacios y las demandas de distintos sectores de la sociedad, lo que contribuye al surgimiento de nuevos paisajes emocionales”, dice Grimson. Allí, la ira, el resentimiento, el miedo y la nostalgia son aprovechados por las extremas derechas para “fabricar enemigos políticos manipulando sentimientos”. Y la duda se vuelve fundamental: “¿Qué políticas pueden generar las fuerzas democráticas para contener las sensibilidades emergentes?”. ¿Se puede frenar a la ultraderecha?

Ante la motosierra y la reducción severa de derechos sociales y económicos, ¿qué se observa? El beneplácito de muchos sectores de la sociedad. Ante la violencia discursiva y la polarización política, ¿qué se corrobora? El apoyo a la ultraderecha por parte de amplísimos sectores de las clases altas, medias y bajas: un fenómeno no solo aplicable a la Argentina, sino a otros países de Europa y de América. Al respecto, ¿qué no están viendo los políticos profesionales de líneas ideológicas más moderadas? ¿Qué prejuicios hay que dejar de lado para intentar entender las contradictorias emociones del electorado?

Injusticias verticales y horizontales

Con su visión de antropólogo, Alejandro Grimson busca, ante todo, “comprender aquello que no podemos compartir”. Al respecto, señala: “Mi libro Los paisajes emocionales de las ultraderechas masivas dice que hay una condición general en todos los casos de ascenso de las extremas derechas, que es el desencanto ante una promesa. Puede ser la promesa de la democracia; de la Unión Europea; de la globalización; de la unificación alemana o del capitalismo. En todos los casos hay una promesa incumplida. Y ese incumplimiento genera un conjunto de emociones negativas”.

Pero es un error, prosigue Grimson, “decir que los votantes sufragan con el corazón y no con la cabeza. Estamos mal si eso es lo único que tenemos para explicar quienes buscamos convivir en democracia de manera plural y apuntando a la justicia social. Necesitamos otra concepción acerca de estos fenómenos tan complejos. Y la primera concepción es que las emociones y las decisiones populares no van tan separadas: como no se cumplió una promesa, hay bronca, hartazgo y resentimiento. Allí inciden las ultraderechas”.

Bajo esa premisa, ¿qué descubrió Grimson? “Que pasamos de tener estructurada la lucha social y política en torno a las injusticias verticales (que muy pocos de arriba tengan mucho y muchos abajo muy poquitito) a que una parte muy significativa de los votantes estén más preocupados por las injusticias horizontales. Por ejemplo, que el vecino tenga un subsidio estatal que otros no posean, lo cual es visto como ventajas, privilegios injustos, etcétera. Y no hay una preocupación equivalente por el hecho de que nos gobiernan los multimillonarios. Es un fenómeno de época”.

Incertidumbre global

Otro factor sobre el ascenso de las extremas derechas es que “las distintas agrupaciones políticas que están del centro hacia la izquierda dejaron de tener un proyecto económico viable en el marco del capitalismo o se adaptaron al proyecto económico neoliberal: no se logra revertir el predominio neoliberal que hay en la globalización”. Y todo está vinculado, también, con el desencanto: “Así, en el proceso de concentración más extraordinario que se haya vivido en la historia humana, hoy vivimos la mayor desigualdad de todas”.

¿Qué prometen las ultraderechas, a nivel popular, para lograr tal grado de inserción en sociedades tan distintas? Dice Grimson: “Hay algo que caracteriza a todas las sociedades contemporáneas que es la incertidumbre: por el covid, por la globalización, porque atravesamos hoy la mayor cantidad de guerras en el mundo desde 1945, por las medidas de Donald Trump, por lo que sienten muchos ante la inmigración o ante las alteridades culturales”.

En el caso de la Argentina, “se vive incertidumbre por la inflación, el precio del dólar y cosas por el estilo”. Y si las fuerzas a favor de la justicia social dicen que todo “es muy complejo o multicausal”, la “extrema derecha responde que ‘con una motosierra y una bomba que incendie el Banco Central se resuelve todo’. Lo que ellos hacen para llegar al gobierno, o para crecer en términos electorales, es vender certidumbres falsas”. Y “debido a la misma incertidumbre, y al fenómeno de la uberización y la smartphonización de la sociedad, surge un neoindividualismo en desmedro de las propuestas de organización colectiva”.

Eso termina generando “que la gente autogestione su propio trabajo, lo cual coincide con la revolución tecnológica del smartphone, que implica la concentración de todos los vínculos financieros, personales, afectivos, laborales y familiares en solo un aparato”. Entonces “hay un uso inexorable de la tecnología que coincide con un espíritu de época y que se vincula con este salto individualista, coadyuvante con el fenómeno político del ascenso de las extremas derechas”.

La doble desilusión

Para el caso argentino, Grimson habla en el libro de la “doble desilusión” que generaron el gobierno de Mauricio Macri y el de Alberto Fernández, que contribuyó al ascenso de Javier Milei. Lo dice con conocimiento de causa: el propio Grimson integró entre 2019 y 2022 el equipo de asesores de presidencia. “Lamentablemente –sostiene–, la mayor parte de la política argentina niega lo evidente. En 2015, la mitad de la Argentina se ilusionó con Macri. Y con Alberto Fernández también se ilusionaron muchos más de los que lo votaron. Pero ambas ilusiones se vieron profundamente frustradas: como un cachetazo”.

Y “los años 2018 y 2019 fueron catastróficos. En el caso de Alberto Fernández, la frustración se dio por la parábola que fue de su 80 por ciento de popularidad al inicio de la pandemia a las fotos de la fiesta en Olivos, en plena cuarentena. A la experiencia traumática de la pandemia se sumó la serie traumática de la Argentina. Nuestro país vivió desilusiones muy profundas y viene muy golpeado en términos de experiencias traumáticas: hay dolores actuales que actualizan dolores pasados. Por eso es absurdo preguntarse si el dolor es irracional o racional. Es algo concreto”.

“La política, salvo honrosas excepciones, se niega a asumir que tiene que ayudar a la gente a no sentir dolor –no solo por la injusticia social, sino por la desilusión política–. Así, se vive dolor al ver que las prioridades de los políticos están tan lejanas de las prioridades de las personas: esto se sigue viendo en los niveles de internismo de las fuerzas políticas, que son muy distantes de las prioridades de una sociedad golpeada y muy afectada por los procesos económicos y políticos. Eso también explica el sostén a la extrema derecha.”

De cara al futuro, Grimson analiza: “Ningún fenómeno social está necesariamente cristalizado de una vez y para siempre. Este individualismo también podría generar una desilusión. Y probablemente la vaya a generar”. ¿Por qué? “Porque Javier Milei no solo no tiene la solución económica de la Argentina, sino que va a llevar al país, lamentablemente, a un nuevo capítulo de sus calamidades”. Ante ello, “una alternativa política será generar un proyecto económico concreto al que la gente adhiera y vea como una alternativa viable, creíble y esperanzadora. Hay que evitar que el daño a la democracia y al pluralismo sea más irreversible de lo que es en la actualidad. Hay que dar la batalla cultural”.

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