El Parakultural, los eventos masivos al aire libre, los medios públicos, el under. En materia cultural, el gobierno de Raúl Alfonsín quedará grabado por esa idealización de “la primavera alfonsinista” que en realidad duró menos de lo que se recuerda, y por un reverdecer de aires de libertad tras años de una larga noche negra dictatorial.
En su libro Políticas culturales: rumbo y deriva, Pablo Mendes Calado (investigador de la UNTREF) remarca cómo el radicalismo apeló a la cultura en tanto recurso capaz de modificar, a través de la política cultural, la cultura política, para robustecer ese sistema luego de gobiernos militares y autoritarismo. Según añade en diálogo con Caras y Caretas, el florecer de prácticas y eventos culturales fue más el resultado de un Estado que dejó hacer, conservando cierto institucionalismo de los períodos anteriores, que por un Estado que se hubiese metido de lleno en un intento de “revolución cultural” que nunca se dio.
–¿Cómo se podría describir a las políticas culturales de lo que fue el primer gobierno democrático de la etapa moderna?
–Pensando en las políticas culturales a nivel de la Secretaría de Cultura de Nación, lo primero para marcar es una continuidad institucional de muchas cosas que se venían haciendo (el Museo Nacional de las Artes existía, el Fondo Nacional de las Artes estaba ya hacía décadas). Obviamente, con una fuerte impronta. Cuando ves, por ejemplo, el Plan Nacional de Cultura 1984-1989, para la mayoría de las dependencias no se planteaba hacer algo demasiado diferente de lo que se venía haciendo algunos años antes. De hecho, siguió habiendo represión y gases lacrimógenos en los recitales, casi como una práctica naturalizada (eso termina cobrándose vidas, como por ejemplo la de Walter Bulacio en los 90) y tampoco hubo una variación muy grande en cuanto a inversión oficial desde Nación en la cultura. Después sí hay elementos que son característicos de las políticas culturales de ese momento histórico particular. Uno es la recuperación de la idea de libertad, de ejecución de ideas, de producción, de consumo. El Plan Nacional de Cultura tenía cuatro ejes principales. El dos, tres y cuatro responden al modelo de políticas culturales que se conoció como democratización de la cultura, popularizado décadas antes por Malraux al frente del Ministerio de Cultura de Francia. Esos ejes piensan en promover la producción cultural, democratizar el acceso a esos bienes producidos y conservar el patrimonio. Ahora… el eje número uno es garantizar la libertad más absoluta de expresión. Ahí es donde estaba el cambio. Fue la gran novedad. Tratar desde la cultura de la nación de garantizar la mayor libertad posible para artistas, activistas, productores, intelectuales. El retorno de los artistas exiliados, con Mercedes Sosa como más emblemática, con reconocimientos mucho más masivos de los que tenían antes de partir, y grandes intercambios generacionales y de estilos, como la participación de Charly en los recitales de Mercedes. Más soterrado y apelando a lo metafórico, el rock había logrado sobrevivir a la dictadura, donde no se podía decir “pueblo”. El último disco de Serú Girán en vivo dice “ella no quiere ser amiga de un chico de este pueblo”, y Charly grita y reafirma: “¡Pueblo!”.
–¿Qué implicó la valoración de la libertad en ese contexto?
–Estaba la noción de que ahora todos podíamos tener esa libertad. En ese marco empieza a gestarse una movida nueva: el under porteño, que si bien no tiene una incidencia directa de la Secretaría de Cultura de la Nación, sí hay un marco de posibilidad política de apertura. La otra gran pregunta es cómo la cultura trabajó para reformular la cultura política. Veníamos de 50 años de inestabilidad política. Alternancias, gobiernos militares, civiles. Una hipótesis se centraba en que esto era al menos posible por una cierta cultura política autoritaria que estaba instalada en la ciudadanía. Entonces había que cambiar esa cultura política. Eso fue una cuestión que se cargaron al hombro en esos años las políticas culturales. De hecho, apareció un programa que era el PRONDEC (Programa Nacional de Democratización de la Cultura), que estaba a cargo de Cultura (N. del R.: dirigida en ese momento por Marcos Aguinis), cuyo objetivo iba a tratar de redefinir la cultura política de la ciudadanía. Trabajaba con una visión más amplia de cultura y en lugares no tradicionalmente vinculados a la cultura. Pero duró poco en el marco de la Secretaría de Cultura y luego pasó a Presidencia. Otra cuestión en ese mismo sentido era la redefinición del espacio público. La construcción de una subjetividad ciudadana para los militares fue decir: “Quédese en su casa y no discuta”. Ahora, en cambio, se empezaban a ver masivamente actividades que buscaban llegar al espacio público. Por ejemplo, los recitales de Barrancas de Belgrano. La cuestión era cambiar la idea de lo que implica transitar el espacio público, redefinirlo a partir de otros usos. Y que la gente quisiera estar en la calle.
–Uno piensa en Franja Morada, en las producciones culturales oficiales de los 80 como La república perdida, que se dio en escuelas hasta entrado el siglo XXI… ¿Alfonsín intentó crear un relato de época?
–Está La república perdida, pero a mí me viene a la cabeza No habrá más pena ni olvido, que era un palo interesante para el peronismo de los 70, donde dos personajes se dicen “Viva Perón” y se matan entre ellos. No olvidemos el histórico bipartidismo que todavía se vivía en esos años. Los medios públicos también podían empezar a tener su propia voz e independencia. Recordemos que aún Telefe era Canal 11, Canal 13 también era estatal. Canal 9 fue el primero que se reprivatizó. Los medios públicos trabajaron mucho en construir capital político para legitimar acciones como el Juicio a las Juntas. No era fácil en esa época. Había una construcción discursiva donde en definitiva por detrás lo que está es la resignificación de la idea democrática. Hoy día nos parece muy loco, pero los adolescentes en esa época nos cuestionábamos si la democracia era realmente un buen sistema de gobierno. Hubo que construir una revalorización de la democracia.
–Otro aspecto que sorprende de esos años es ver a músicos muy conocidos y respetados participando de actos partidarios o haciendo shows en campañas. Por ejemplo, Spinetta en la de Angeloz.
–Los 80 son todavía el último estertor de una forma de práctica política y político partidaria, que desapareció. Tenías claro quién pertenecía a un espacio y quién pertenecía al otro, con una subjetividad política que en los 90 empieza a cambiar drásticamente. En ese marco, la participación de los artistas era también como ciudadanos. Todavía estamos en un momento anterior a la famosa frase “si hubiese dicho lo que iba a hacer, no me hubiese votado nadie”, que sería otro cambio de paradigma en la práctica política; el intento del liberalismo de saltar a la post-política, de decir: “Lo político es algo totalmente negativo, lo positivo es la gestión”. El hambre deja de ser un problema político, es un problema de gestión. Entonces lo que necesitamos son buenos administradores. La participación política pasa a ser incluso mal vista, y ya no hay lugar para la cultura ni para los artistas.

