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“Hoy hay mucha soledad y se han roto los vínculos”

Un encuentro con Carlos “El Oso” Monti es, en realidad, un reencuentro. Con aquella Buenos Aires de décadas pasadas, que sobrevive en viejas letras de tango, libros, películas y tipos como el Oso, que pueden dar testimonio de su existencia. Una Buenas Aires que contrasta con sus actuales gobiernos, calles, edificios, y en donde ya no están presentes El Refugio del Viejo Conde, el Oso Charly, el Oso Pandereta, el Oso Sport Café, Ensueño Bizantino, o El Encanto, boliches que Monti, de 75 años, supo regentear y en los que trabó, y se trabaron, charlas y amistades de todo tipo, entre celebridades locales y mundiales como Charlton Heston, Emerson Fittipaldi, Riccardo Patrese, Sandro, la Coca Sarli, Alberto Olmedo, Graciela Borges, Susana Giménez, Alberto de Mendoza, Hugo del Carril, Carlos Carella, Julio de Gracia, Moria Casán, Mariano Mores, Susana Rinaldi, Horacio Ferrer –quien le dedicó un poema al Oso– e incluso Perón, entre muchos otros personajes mundiales y porteños de aquellos tiempos, algunos de los cuales pasaron también por su centro cultural y su unidad básica, “Palermo Viejo”, también desaparecida.

Declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires por la Legislatura porteña en 2020, y a punto de sacar un libro sobre los barrios porteños del pasado, Monti llega a la cita enfundado con un camperón de Boca y un protector del Diego en su celular, y dice a Caras y Caretas: “La tristeza del Buenos Aires actual tiene mucho que ver con que cerraron muchos de los lugares de identidad barrial, esos que eran una prolongación del living de tu casa. Porque el café era salir del conventillo, y la casa era tuya, no de un edifico inteligente, todo eso desnaturaliza. Los europeos respetan más la historia, la conciencia y la cultura, aunque tampoco te tenés que ir tan lejos, porque Montevideo también mantiene su espíritu y fisonomía”.

En los inicios, el Oso no imaginó que la gastronomía estaría en su horizonte, aunque tal vez el hecho de haber respirado los mismos aires que Enrique Santos Discépolo en el mismo colegio Guadalupe de Salguero y Paraguay sí lo haya iniciado en su otro arte, la filosofía porteña, parte de la cual plasmó en su tríptico “El ideario del Oso”, que regalaba a los clientes de sus restaurantes. “Algunos lo tiraban al salir –reconoce–, pero otros me dijeron que les sirvió mucho en sus momentos de desasosiego.”

El camino a la gastronomía

Muchos años antes de ello, a comienzos de los años 1970, mientras iniciaba sus estudios de Derecho, puso junto a su hermano una fiambrería en una feria municipal del Once para ayudar en su hogar, que vivía de un taller de alta costura en la localidad de Las Heras. Por eso, fue un precursor en el rubro incluso frente a su padre, el conde Eugenio Monti de Valssasina, quien no obstante, en 1972, se la jugaría con El Refugio del Viejo Conde. “Mi padre era un croata que vino al país tras la Segunda Guerra Mundial, pero no por ser ustasha, era simplemente un hombre de mundo, un bon vivant de la aristocracia, hablaba dieciséis idiomas y se relacionaba muy bien. Entonces, luego de un tiempo cumplió su sueño de abrir un restaurante de lujo en una casa colonial de Cerviño 4453, ahora ya demolida, donde habían transitados pasadas glorias como Alfonsina Storni, Horacio Quiroga y Carlos Gardel, y quedaron sus duendes, para lo cual contrató a un cocinero marroquí y contó con la asistencia de mi madre, que  sabía recibir muy bien a la feligresía”, cuenta el Oso.

La vida del Oso transcurría entre platos exóticos y celebridades mundiales, pero también por la Bombonera: “Fui solo a los 12 años, y nunca más pude separarme de Boca, de su estudio, ni del barrio”, cuenta, por la práctica del rugby en el club Pueyrredón, donde sufrió la primera frustración al tener que abandonar de muy joven por una seria lesión, y por su militancia universitaria en el peronismo. Pero todo cambió por dos hechos inesperados: el golpe de Estado de 1976 y su amor por una azafata holandesa. Así partió a vivir a Italia con esa hermosa mujer, hasta su separación y regreso al país, donde al tiempo que pintaba paredes para el candidato justicialista Italo Luder, se animaba a abrir su propio emprendimiento gastronómico, El Oso Charly, para convertirse, por más de tres décadas, en uno de los protagonistas de la noche porteña.

Afianzado en su restaurante de cocina de autor y en las relaciones públicas, Monti se expandió además con otros restaurantes en la zona de Belgrano y Palermo, y se destacó con la parrilla El Encanto, donde montó un “museo cultural” con las fotos y objetos de sus celebridades amigas guardados durante dos décadas de noche porteña. Sin embargo, desmiente la versión de la IA que lo sindica como el creador de Palermo Hollywood, pues si bien es cierto que se animó con El Encanto cuando la zona era de talleres mecánicos, apunta que “el Gallego Emilio Sangil ya tenía el bodegón Lo de Emilio y estaba el bar Acabar en esa zona inundable y dura que salió del parcelamiento de la Quinta Bollini y que tan bien describió Borges”.

Aquellos tiempos el Oso los recuerda como una “etapa creativa y llena de sueños”, y aclara que “los restaurantes tienen una magia propia, no es solo la comida, la feligresía tiene que sentir un encanto propio, y el boca a boca es fundamental, en un tiempo se decía que si te querías enganchar una mina tenías que ir al Oso Charly, y yo acompañaba, por ejemplo tocando la guitarra y cantando. Pero también conociendo la clientela del barrio, por ejemplo en Spaghetti fue fundamental mi sociedad con Jorge Silberberg para ofrecer comida idishe como knisches y lajmashin”.

Un peronista de ley

Pero la vida del Oso transcurría también por fuera de sus restaurantes. Tal vez haya sido su temprano interés por la militancia, tal vez aquella oportunidad en que recibió en El Viejo Conde a Perón, o la anécdota de su hermano, que luego de trasnochar y llegar tarde a un encuentro en Puerto de Hierro, recibió un recado del General que decía “vale más una noche de joda que el consejo de un viejo”, como bien por la formación que recibió de José María Castiñeira de Dios, Raúl Matera, Lorenzo Pepe, Roberto Digón o Fermín Chávez, pero lo cierto es que el Oso fue consejero metropolitano y secretario general del PJ Capital, fundó el Centro Cultural y la Unidad Básica “Palermo Viejo”, en Oro y Cerviño, y organizó en Almirante Brown una ñoqueada para diez mil personas para la campaña de Carlos Menem, de la cual afirma que “debería entrar al Libro Guinness de los Récords“.

Casado desde 1982 y con tres hijos, que con el tiempo sumaron dos nietos, el Oso cuenta con otro sinfín de historias a cuesta, como sus partidos de tenis con celebridades convertidas en amistades en el club Deportes Racionales, su patrocinio a figuras del box, amistades con decenas de jugadores y directivos de Boca, largas noches de charlas y confesiones mutuas con Sandro –”especialmente sobre los misterios de las cúpulas de las catedrales de Buenos Aires”–, como también con el artista Federico Manuel Peralta Ramos sobre sus incertidumbres en el bar La Perla, o aquella vez que Alberto de Mendoza le propuso hacer un casting para la popular serie de Canal 11 El Oriental, donde gracias a su dominio del italiano interpretó al activista anarquista Severino di Giovanni, junto a la escritura de los libros El último porteño, en el que narra sus recorridas junto al propio De Mendoza por La Boca y el centro, y la novela de realismo mágico La conspiración de Talara, ambientada en la Colonia del Sacramento del siglo XVII.

El final de la primera década de este siglo, sin embargo, lo encontró cerrando su último emprendimiento, El Encanto, y divorciándose de su esposa. “Fue un tiempo muy duro, y creo que allí me rescató y me abrazó el militante peronista y diputado Eduardo Valdez, que me invitó a formar parte de su programa de televisión Café Las Palabras, donde junto a él y Jorge Schussheim homenajeamos a grandes figuras del arte y la política. Y luego, el portal mágico del amor y la vida junto a Mercedes, con quien compartimos la vida y los sueños.”

–Incursionó no solo en la gastronomía, sino también en la escritura, el canto, la actuación, el rugby y la promoción del boxeo. ¿Cómo se define?

–La definición me la dio Valdez: soy un caminante urbano y de la vida. Me siento un barriólogo, un oesterheldista, un sanador de amigos, y también un ambientalista pero en serio, no de las corporaciones. Y soy además no un coleccionista sino un honrador de aquellos grandes objetos que me han regalado mis ídolos, como las camisetas de Boca o el buzo del Diego, pero mi mayor acervo son los libros, aunque no soy escritor sino un hombre que escribe. Creo en la solidaridad y en el ego de los grupos, tal vez me hubiera ido mejor si apostaba por mí solo, pero eso no era el éxito para mí, y supe recibir en mis restaurantes a millonarios que pedían los menúes más costosos, y años después, cuando quebraron, les cobraba lo que podían pagar. Cuando tuve en los 90 el Oso Sport Café, ambientado como un café de Miami, me iba después a ayudar en el barrio Mugica. Creo en la vinculación y lo colectivo, pero hoy hay mucha soledad y se han roto los vínculos, es fuerte lo que está pasando.

–Su vida tiene como trasfondo a Boca y el peronismo. ¿Qué lo llama de ambos?

–El peronismo y Boca son una fuerza interior. Porque de Boca no solo me enamoró el equipo, sino todo, la popu, la Bombonera, que es un estadio único en el mundo, el choripán, Banchero, Caminito, el puerto, Enrique Santos Discépolo, Juan de Dios Filiberto, los carnavales y la murga, todo me dio mucha energía. Y fue muy fuerte enamorarme de Boca y luego ver a mis ídolos Antonio Roma, Silvio Marzolini, Rojitas, o el Beto Márcico en mis restaurantes y hacerme amigo de ellos, algunos de los cuales homenajeé en vida, como al máximo goleador hasta la llegada de Martín Palermo, Francisco “Pancho” Varallo.

–¿Y del peronismo?

–Muchas veces se habla del peronómetro, pero yo diría que los peronistas deberíamos medirnos por el sapódromo, por todos los que nos tragamos, aunque no soy culposo por las etapas no felices, puedo cargar con esa mochila, soy parte de la generación diezmada pero de los que no se fueron de la Plaza. Por ejemplo, elegí a Menem contra Cafiero porque lo veía como un caudillo del interior, federalista, y lo conocí muy bien durante su primera campaña, era un seductor, pero no me imaginaba que traería el neoliberalismo, la destrucción del aparato industrial haciendo pelota todo lo que pregonaba Gelbard e iba a ir contra la redistribución del ingreso para toda la muchachada. Todo eso lo recompusieron Néstor y Cristina, y lamentablemente después se fue soberbio o indiferente a las necesidades de la muchachada, dejando de ser un movimiento de transformación. Pero tampoco me gusta señalar con el dedo, y además hay hechos externos como lo que muy bien describe la psicoanalista Nora Merlín como la colonización de la subjetividad, con un imperio que tomó el ciberespacio, o el law-fare, y una juventud que desconoce la memoria de la patria, a la que le han quitado el deseo lúdico, lo espiritual, y nos quieren robar el niño que llevamos, todo lo que transmuta intelectualmente. Pero el peronismo no desaparecerá, ni sus tres banderas de justicia, independencia, y soberanía para ese subsuelo de la patria sublevada, y yo nací y moriré peronista y bostero.

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