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Conti y la perdurabilidad de los huesos

“Han durado más estos huesos muertos que los huesos vivos de Matusalén, y, a una yarda bajo tierra y entre paredes de barro, han sobrevivido a cuantos resistentes y ostentosos edificios que los cubrieron, y han reposado quedamente bajo los tambores y pisadas de tres conquistas (…) El tiempo, que deja las antigüedades anticuadas, y tiene el arte de hacer de todas las cosas polvo, ha perdonado sin embargo estos monumentos menores. En vano esperamos ser conocidos por abiertos y visibles conservatorios, cuando ser ignorados era el medio de perduración, la oscuridad su protección.” Thomas Browne habla de los huesos de muertos en La religión de un médico, ese texto de 1658 que tradujo Jorge Luis Borges. Como huesos, algunos textos perduran. Y resulta extraño llegar a ellos siguiendo las líneas que parten desde el cuento póstumo de Haroldo Conti, “A la diestra”. A la derecha. Tan a la derecha, este 5 de mayo en que se cumplen 49 años en que la última hoja del relato quedó sobre la máquina de escribir. Y sus huesos desaparecieron para siempre, previendo olvidos. Era otoño y acaso quiso prevenirnos de la tristeza. Esa tristeza que se escondía detrás del color fucsia con que se disfrazan en estos días los falsos profetas.

Rastros en la escritura

Esa noche del 5 de mayo de 1976, alguien esperó en la oscuridad, en el interior del departamento donde vivía Conti, que ya era Conti, que ya era el escritor de cuentos y novelas no olvidables –como Mascaró, el cazador americano–, pero que vivía de su sueldo de profesor de literatura y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, como muchos laburantes entonces. Tiempo antes, en su última conversación telefónica con Daniel Moyano, le dijo que no veía razón para irse del país. Y ya nadie supo de sus huesos.

El escritor Daniel Moyano, en la puerta de su casa de La Rioja.

Sin embargo, es posible seguir algunos rastros de su pervivir en su último cuento. En ese relato, Conti  cita a dos poetas: Alberto Szpunberg y Mario “Cacho” Paoletti. Ambos se exiliaron en España, esquivando apenas la muerte. Paoletti documentó en sus huesos cuatro años de torturas antes de partir. Pero ni él ni Szpunberg ni Moyano volvieron. Sus huesos abonan suelo español.

Conti parecía presentir su muerte en ese último cuento: “Hoy ha muerto la tía Teresa. Sí, la tía Teresa Marino. Me he quedado con la mano sobre el teléfono, que acabo de dejar enrollado y dormido sobre la repisa como un gato negro, temblando en la penumbra del cuarto (…) Veo su cara de luna llena y sus cabellos ahora blancos (…)  nada en sustancia que nos separe, apenas un leve polvo suspendido en el patio, esa veladura general que cubre las cosas del pueblo y al propio pueblo y que seguramente brota de mi corazón. Ese es el tiempo. (…) Mi tiempo. La historia. Lo que llevo de ausencia. Entre la tía y yo está el vidrio de la cancel y veinte años de tristezas (…) Mi Buenos Aires querido, ya me tenés bien podrido. Esta ciudad que, con todo, tiene sus amantes, como mi amigo Albertito Szpunberg que me sopla para esta ocasión y esta pena: ‘Es abril y entramos al otoño / si ahora me preguntaran por este otoño / diría tan solo que las hojas en buenos aires han comenzado a caer muy lentamente / a caer lentamente sin grandes novedades'”.

La última mirada de Conti narrador recorre imaginariamente los espacios que ha amado: el patio, los caminos, la puerta cancel, el álamo Carolina, Chacabuco, el pueblo todo. Después cita a los amigos, en momentos en que todos evitaban siquiera nombrar. El poema de Szpunberg y el otoño penden al otro lado del vidrio. Como penden los recuerdos. Como los encuentros: “La tía se adelanta sobre el fondo esfumado de la parra de uva chinche y unos helechos serrucho que le brotan de la cabeza. Ha visto seguramente, ha presentido el bulto tamañoso detrás del vidrio que agrandan los paquetes y la valija, la misma valija con la que partí de aquí hace esos veinte años que están en alguna parte, desparramados, entre la puerta de calle de esa casa y la puerta de esta otra que cubre ahora mi maduro llanto”.

El escritor y poeta Alberto Szpunberg.

Permanecer o transcurrir

Muchos años después, ya en España, Szpunberg poema: “Los colores que cubrían la valija de madera eran papeles / y en pequeñas violencias los papeles se fueron gastando / quedando en los andenes del tren; / ahora ya se ve que esa valija en realidad es de madera / y la madera –por qué no– tuvo raíces de árbol en la tierra, / soñó en las tardes tibias con el cielo”. ¿Habla acaso Szpunberg del álamo Carolina? ¿O es Conti quien lo escribe?

“El patio tiene esa espesa luz amarilla del otoño que parece ser la estación de mi pueblo, la ansiosa estación de los viajes y las esperas, cuando a los Conti nos empiezan a picar las plantas de los pies y nos llama el camino, me llama ahora, el jubiloso camino del buen viaje entre maizales encorvados por las lluvias de abril”, dice Conti en “A la diestra”. Pero no escapa. No se va.

Cuenta Daniel Moyano: “Me estoy yendo del país, estoy en Buenos Aires esperando la salida del barco. Pregunto a todo el mundo por Haroldo y me dicen que patatín, que patatán. No creo que el temblor lo haya volteado, el Flaco es fuerte, aguanta tres noches sin dormir, me consta. Por fin me dan su teléfono. Se asombra de mi partida. Sí, a España, le digo. No veo la razón, dice él. Yo sí, digo yo. ¿Cuándo salís? Dentro de quince días. Entonces por qué no te venís el miércoles y comemos unos chinchulines. Imposible, Flaco, no tengo ánimo. ¿Y vos? ¿Cómo estás? Mira, yo no me pienso ir. No hay motivos. ¿Y el terremoto? Ya va a pasar, dice él”.

Intertextualidades

“En el cantero que bordea la pared sobresale con una luz misteriosa la flor de papel. Mi tía la llamaba así. Es una flor breve de un palpitante color fucsia, ese complicado color que de alguna manera inventó mi hermano Cacho Paoletti en La Rioja en uno de sus delicadamente rabiosos cuentos que tituló justamente ‘Fucsia'”. En “Fucsia”, Paoletti habla de personajes primitivos. Un pintor al principio de los tiempos: “Se estaba bien allí, en la penumbra, con la luz del gran fuego fundiéndose sobre los muros en una infinita gama de grises. Los demás, en cambio, preferían hacer rueda en torno a las llamas (…) ¿Era moralmente aceptable que él se pasase todo el día pintando mientras el resto debía ocuparse de la dura lucha por la subsistencia? (…) Solo a veces, antes de la cena, alguno se levantaba y pasaba a la otra estancia, donde él pintaba, para apreciar lo que había adelantado durante la jornada. Luego, al salir, le echaba esa mirada extraña que él prefería interpretar como una forma de aliento. La noche era especialmente húmeda y fría. El pintor de las cuevas de Altamira se echó a dormir. Y soñó con un color que quince mil años después se llamaría fucsia”.

Mario “Cacho” Paoletti, escritor y periodista.

“Sigo pensando que este otoño no ha de pasar / sin que encienda el fuego / el viejo fuego y mañana seguro iré a preguntarle al vecino / cómo hace encender el fuego sin quemarnos las manos enrojecer el aire sin que / el humo nos nuble los ojos.” Szpunberg le escribió a Conti “Otoño” en una servilleta. Era un bar de Canning. También le pidió que se cuidara, que la muerte rondaba.

“Es razonable que me cruce en mitad de este patio de provincia con el Cacho porque él tiene la misma tristeza, la misma vaguedad y la misma altura que yo. En este momento nos separan unos mil kilómetros pero estoy seguro de que me recordará en un patio más o menos como este, porque él presiente mis desgracias y a veces me las traspasa.” Habían reído años antes, en los patios riojanos, Paoletti y Conti, junto a Moyano. Eran los tiempos del diario El Independiente, una redacción diezmada por la dictadura.

“Cuero, plomo, algodón, acero / petróleo, cobre, hierro, lana / madera, estaño, plásticos. / Se necesitó exprimir a los tres reinos / para vestir y armar a este gendarme / que custodia mi celda. El terror es caro”, escribe Cacho Paoletti en una cárcel de La Rioja. Y sigue: “Una noche vi lo que no debiera haber visto (…) También vi a Dios, una tarde, en una celda, / pero se fue, y no hubo nada”. Nada, escribe Paoletti.

“La muerte es según, como la vida. Es otra vida, justo, otra forma de consistir, no un per saecula definitivo, nada absoluto, ninguna cosa extravagante porque también es de ser, aunque sea in articulo mortis. De modo que el señor Pelice sigue siendo todavía. La muerte, ya que viene al caso, es suceso chiquito, desdibujo, entreluces”, es el final de “A la diestra”.

“Enoc y Elías, sin tumba ni enterramiento, en un anómalo estado de ser, son los grandes ejemplos de perpetuidad en su larga y viva memoria, estando en rigor todavía de este lado de la muerte, y teniendo aún un tardío papel que desempeñar en este escenario de la tierra”, escribe Browne. Haroldo Conti permanece aún en ese estado anómalo. Por decisión de una dictadura. Sin huesos, ni urnas.

En 1982, desde Ginebra, donde unos años más tarde descansarían los huesos de Borges, los represores Rubén Osvaldo Bufano, Leandro Sánchez Reisse y Arturo Ricardo Silzle dijeron saber qué había sido de los huesos de Conti. Nada. Años más tarde, a Bufano lo encontraron en San Juan. Trabajaba para la Barrick Gold. Parecía encarnar al Sietemesino de Tres golpes de timbal, la novela de Moyano. De Conti no volvió a decir palabra alguna. Ni siquiera condenado.

La perdurabilidad del color fucsia

Vinciane Despret escribe en A la salud de los muertos que desde el mundo de los vivos asumimos muchas veces la tarea de instaurar la memoria de los muertos, ayudarles a continuar su tarea, a pesar de su ausencia material. En el texto habla de un espacio de resplandor donde los muertos son capaces de extender su existencia en los que aún viven. El libro está atravesado por una historia personal. Una muerte lejana, de más de un siglo. Un muerto que vuelve para sanar las existencias cotidianas de estos días. Vuelve en ese resplandor para seguir existiendo. Para seguir siendo nombrado.

¿Cuál es la razón entonces por la que Conti elige nombrar a Szpunberg y a Paoletti? ¿Para qué nombrarlos en ese (este) otoño? ¿Para qué recordarnos el color fucsia?

“Puedo usurpar momentáneamente otras vidas, pero donde me asumo en términos absolutamente personales en esta cosa del escribir, con sus encantos y con sus desencantos también absolutamente personales. Con esto no quiero darle a mi tarea un énfasis especial. El sentido de misional o de dramático que algunos le dan, en mi caso no lo considero esencial. Digo nada más que es mi manera de realizarme. Lo que tiene de padecimiento va por mi cuenta”, decía Conti unos años antes.

Entonces, hilos invisibles asoman entre las vidas y las obras: Cacho Paoletti vivió el resto de su vida en Toledo, España. Justo esa ciudad cuna de la magia árabe, ahí donde Borges sitúa “El brujo postergado”. Allí escribió 333 anécdotas de Borges. A algunos cientos de kilómetros, en Barcelona, Szpunberg aún pregunta: “¿Qué uno entre todos / si no todos? ¿Qué todos / si no uno y uno y uno / en cada uno / y en todos?”.

Las crónicas dicen que fue el 13 de noviembre de 2020 cuando los huesos de Paoletti se apagaron. Y que al día siguiente murió Szpunberg. Acaso murieron el mismo día. O empezaron a morirse (y a perdurar) con Conti esa noche de mayo de 1976. Cuando los nombró, apenas, para prolongarse en ellos. O para recordarnos que el fucsia es un color soñado por un cavernícola, pero que los huesos –de los vivos y de los muertos– resisten. Y que aunque otoñe y nos atraviese el frío, siempre habrá un patio y un poema. Y el fuego. Y el resplandor de unos huesos. Y alguien narrará, más acá de la muerte, esa “otra forma de consistir”. “Un per saecula” nunca definitivo.

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