La Boca fue el primer territorio de la actual Ciudad de Buenos Aires que pisaron los españoles cuando colonizaron el Río de la Plata. Como lo dice su nombre, era la puerta de entrada al Riachuelo. La expedición estaba liderada por Pedro de Mendoza. Corría el año 1536. Desembarcaron en el entorno de lo que hoy es Vuelta de Rocha. Todo era un gran humedal pantanoso. Fracasaron y recién 46 años después volvería Juan de Garay. De nuevo entrando por La Boca. Arribaron y rumbearon hacia la actual Plaza de Mayo.
“El barrio es el primer contacto entre las culturas nativas (con los querandíes) y las europeas. Acá parte la historia de la ciudad”, destaca Martín Scotto, de la Fundación Museo Histórico de La Boca. A partir de 1820 comienza a cobrar importancia la ruta marítima Buenos Aires-Génova, con el permiso de libre circulación dictado tras la Revolución de Mayo.
Según Fernando Devoto, los primeros pobladores de La Boca son desertores genoveses de los barcos mercantes que llegaron al puerto. Para 1850 vivían en La Boca unas 1.500 personas, de las cuales 652 eran italianas y 165 hijos de esos italianos. Del número total, 527 eran ligures, de Génova, la mayoría dedicados a construcciones navales.
LAS TRES REPÚBLICAS
Entre las décadas de 1870 y 1880, llegan miles de inmigrantes europeos. La mayoría debió adaptarse al idioma que se hablaba en La Boca: el ligure, del noroeste italiano. Dentro de los genoveses del puerto sucede un hecho que marca la identidad barrial: cuenta el escritor e historiador Antonio Bucich que a raíz de un conflicto gremial en 1882, los obreros de origen ligur consideran que el Estado no les va a brindar ningún bienestar y proclaman la independencia: ahora eran la República de La Boca. Llegan incluso a firmar un acta y enviarle la carta al reciente rey de Italia, Humberto Primo. Hasta que Julio Argentino Roca con el ejército los “convence” de seguir perteneciendo a nuestro país.
A principios del siglo XX surge un grupo de vecinos boquenses que se reúnen en la confitería La Camelia. Se los conocía como “los contreras de Quintana” por ser fervientes opositores al presidente de entonces. En 1907 constituyeron la Primera República de La Boca, tomando aquel legado de 1882, esta vez de manera más simbólica. El líder era Roberto T. Hosking, curiosamente el único de apellido no genovés. El escudo era una herradura (la buena suerte) y en su interior se veía una mano haciendo los cuernos (“contra la jettatura”). Scotto destaca que esta república tenía una misión social, ayudar a gente necesitada, y también una serie de propuestas: “… elevar el nivel de La Boca en dos metros para evitar las repitentes inundaciones, que las mujeres tuvieran los mismos derechos de los hombres y aplicar un impuesto a los solteros”. Contaban con un periódico que se llamaba Quiquiriquí y cuando se aprobaba una ley el proceso era el siguiente: la escribían en un papelito, Hosking la enroscaba y la ponía dentro de un canuto, soplaba de un extremo y cuando salía volando el papelito se daba por aprobada esa norma que regía los destinos de la simbólica república, la cual duró poco tiempo. Se extinguió en menos de cuatro años.
Un par de décadas después llegó la Segunda República, con personajes más populares, como Benito Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto y el que sería primer mandatario, José Víctor Molina, que se hacía llamar “Presidente Dictador”. Organizaban cenas de gala y lo recaudado era destinado tanto a familias de pocos recursos como al Hospital Argerich y los Bomberos Voluntarios de La Boca. Quinquela era el “gran almirante de tierra y aire”, y el “Archiduque de la Maestranza y el Arbolito” era el escribano Victorio Caffarena, ferviente hincha de Boca: acompañó al equipo en su primera gira por Europa en 1925 y el capitán lo bautizó como “el Jugador Número 12”. Con su fallecimiento en 1972, se extingue la Segunda República.
Habrá una tercera, a cargo del historiador y anticuario Rubén Granara Insúa, en 1986. “Era continuadora de las anteriores pero buscaba detener el gran deterioro urbanístico que estaba sufriendo el barrio. Los conventillos estaban destrozados o abandonados y la tonalidad italiana empezaba a desaparecer”, describe Scotto. En el marco de esa reconstrucción adquiere el inmueble de lo que había sido el Banco de Crédito Argentino, donde erige el Museo Histórico con perlitas como el Salón Rojo; la campana de las 8 horas (usada en una histórica lucha obrera de los calafates), y el busto y los frascos del histórico Giuseppe Ragozza, el primer farmacéutico de La Boca en 1873. Decía el refrán: “A ese no lo salva ni Ragozza”.
CONVENTILLOS Y COLORES
La Boca también es sinónimo de conventillos. Estas míticas viviendas de madera, chapa y múltiples colores esconden tanta alegría, solidaridad y vida colectiva como necesidades, luchas y precariedades. Surgieron como respuesta a la emergencia habitacional y la crisis sanitaria causada por la fiebre amarilla de 1871, tras la llegada de soldados de la Guerra del Paraguay. Los conventillos se construían y pintaban con sobrantes de las naves que llegaban al puerto.
Hoy La Boca vive otros tiempos convulsionados, con similitudes del pasado. Es el único barrio con una ley de emergencia, sistemáticamente incumplida. Los desalojos se multiplican: hay 280 juicios con sentencias en camino. El impacto de la recesión económica se conjuga con otros procesos, como el de la gentrificación. Los colores comunitarios le están dejando el espacio a desarrollos inmobiliarios sin identidad. Ahí está el Hotel Undici, bañado en un gris monótono justo frente a la colorida Bombonera. Natalia Quinto de La Boca Resiste y Propone, reflexiona: “La Boca es inmensamente generoso, un barrio de primera. Romantizamos la historia, los boquenses tenemos nostalgia hasta de cosas no vividas, pero eso no nos invisibiliza. El barrio está igual de combativo desde 1907 a esta parte y, como sucede con el acceso a la vivienda, se siguen discutiendo los temas no resueltos desde ese entonces”.

