Jorge “El Chino” Benítez jugó 329 partidos en diez años en Boca (1973-83). Mediocampista, clásico N° 8, ganó seis títulos: Metropolitano 76 y 81, Nacional 76, Copa Libertadores 77 y 78 e Intercontinental 77. Pero además fue captador, formador en inferiores y, como DT, campeón de la Sudamericana 2004. Del pueblo bonaerense de Gobernador Castro, donde cosechó de chico frutillas y batatas, a sus 74 años Boca aún vive en él. Y él por Boca.
–¿Qué es Boca?
–Fue y es mi felicidad. Boca es buena gente. Son sensaciones que nadie termina de contarte. Nervios, miedo, alegría. Aparte de jugador, estuve por las oficinas, atrás, adelante: viajé por el mundo. Siempre tuve a la gente de Boca cerca, y lo digo lleno de orgullo. Se siente, se vive, y la gente te expone. Te grita, insulta, y tenés que tener la capacidad de decir: “Sí, es verdad, estoy en el mejor club del mundo. De lo que pase, también soy responsable”. He tenido compañeros de nuestro rival eterno que me decían: “El hincha de Boca es distinto. A vos te abrazan, te dicen: ‘¡Hola, Chino!’. El nuestro te dice: ‘Hola, ¿qué hacés? Gracias’”.
–¿Qué título fue más especial?
–Las Libertadores. Fue el comienzo, con Juan Carlos Lorenzo. Vivir en concentraciones: La Candela era un parque, no había nada. Y sabíamos lo difícil que era. Pero pensábamos solo en ir a jugar, entrenar toda la semana con barro, nada de pasto. Y a ganar, porque si no la cosa se venía para atrás. Las dos Libertadores fueron difíciles, la del Cruzeiro y la del Deportivo Cali. Lorenzo nos decía: “Mire que acá es como cuando va a rendir: estudia cinco años y, si se saca un dos, se queda afuera, no figura”. Nos decía: “¿Usted vio una Copa Libertadores en la que diga ‘felicitaciones, subcampeón’?”. Decíamos: “Loco, si llegamos hasta acá, tirate de cabeza, rompé, hacé trampa, no importa cómo: tenemos que hacer los goles y ser campeón de América”.
–¿Qué más les decía Lorenzo?
–Lorenzo nos enseñó que Boca es “Sportivo Ganar Siempre”. Buscaba jugadores con ganas. Era su responsabilidad. “¿No le gusta, Benítez? ¿No corre? No puede jugar”. Pocas palabras, pero contundentes. Apuntaba y pegaba. “Mire, este juega así”. Y no tenía un video. Me decía: “De esto, si le sobra algo, hágalo. Si no, no”. O: “¿Usted se va y deja la puerta abierta de su casa sin nadie que la cuide? Acá lo mismo. Si va y no deja a nadie que le cuide, ¿para qué sale? ¿Por qué me deja este agujero? Dígale a Suñé o a Pernía que te tape”. O: “¿Usted sale de noche si no tiene plata?”. “No”. “Acá lo mismo”. Me quería decir que cuando llegara al área, le pegara y volviera. Era muy estratégico. Ha parado pelotas y me ha dicho: “Usted tiene que dar opciones en el fútbol”. O: “¿Está bien que vaya hasta Pancho Sá para dársela de vuelta? ¿Por qué va? Si va a una pelea, ¿va a separar, con una opción? ¿O va para que lo caguen a trompadas?”. “Voy a separar”. “Y bueno, si va a buscar la pelota, es porque ya tiene una opción. ¿Cuál es? ¿Dar el pase? ¿Lo pensó? Si no, no sirve”. Con Lorenzo aprendimos que no es necesario pegar patadas. “Párese acá, que no va a pasar. ¿Qué hace si un rival lo encara? Lo choca. No salga”.
–También conviviste con Alberto J. Armando.
–Cuando llegó Lorenzo no nos salía la cosa, no le podía encontrar la vuelta. Y Alberto, en privado, en la semana, le pidió permiso y entró a la charla. “Perdón que los moleste, perdón, Juan Carlos. Les voy a decir una cosa: el último que se va de acá es Juan Carlos. ¿Está claro?”. A buen entendedor, pocas palabras. Como diciendo: “O hacen lo que dice, o acá no queda nadie”. Inolvidable. Fue la única vez. Nunca se metió en el fútbol. Eso fue antes de los éxitos. Vio que la cosa no funcionaba; a lo mejor se hubiera ido Lorenzo.
–¿Qué tiene que tener un jugador de Boca?
–Yo era de gambetear a cuatro tipos, en Racing. Lo hacía fenómeno. Perfumo me decía: “Qué bien jugás, nene”. Y cambié cuando llegué a Boca. De a poco me daba cuenta de que la camiseta cada día pesaba más. Un día Lorenzo me dijo: “Venga, Benítez, moje la camiseta”. Eran camisetas pesadísimas, con las que salimos campeones de América. Y la pesó. Dije: “Está chapa”. Y, ponele, pesaba cinco kilos. Y me dijo: “Cada vez que salga de la cancha, le voy a pesar la camiseta”. Y terminaba el partido y yo seguía corriendo para que llegara más transpirada.
–¿Qué fue la estrella del Metro 81 con Maradona?
–Para Boca, una imagen de presencia, de conocimiento, más allá de lo que es la camiseta. El mundo no imaginaba que Diego podía tener la de Boca, y el día que se la puso, explotó el mundo. Teníamos charlas lindas, nos divertíamos. Le decía: “Gracias, somos felices”. “No, vos sos feliz –me decía– porque podés andar en la calle, pasear. Yo no. Soy feliz por la camiseta, pero vivir y ser feliz, no. No puedo ir a tomar un café con vos”. Para nosotros era respetarlo. Con Trobbiani, y después con Krasouski, corríamos por las paredes, laburábamos para él. Pero él hacía de la mitad para adelante. “Dámela, que lo gano. No te hagas putear”. La gente hacía murmullo cuando tardaba. Un día me dijo: “Hacés un laburazo, estratégico, pero no te hagas putear más”. Le dije: “¿Sabés por qué no te la doy, Diego? Porque sos el mejor; si te lastiman a vos, cagamos todos”. “Chino, dámela”. Y se la daba y salía por un lado, por el otro, jugaba de primera. De ahí en más, dije: “Chau, mi laburo está más fácil, tomá”. Era un animal, la dibujaba. Y otro, Brindisi. Diego fue un plus, agrandó mucho más a Boca. Íbamos a cualquier parte del mundo. Los japoneses nos tiraban los relojes de oro por la cabeza.
–¿Qué valor le das hoy a la Sudamericana 2004?
–Fue un momento de necesidad para el dirigente que estuviera ahí por nombre. Lo único que hice es mantener el plantel. Hablé con los muchachos. “Esas copas que están ahí son de ustedes. Les voy a mover ciertas cosas y a decir lo que me parece, nada más”. El plantel estaba. Eran campeones del mundo y de América. Tenía a Morel Rodríguez, Traverso, Schiavi, Cascini, Cagna, Guillermo, Palermo, Palacio, al Chelo Delgado. Después no me cumplió Macri.
–Dijiste que te habías ido por Guillermo y Palermo y por Macri. ¿No por el escupitajo al mexicano Bofo Bautista, de Chivas, en la derrota en cuartos de la Libertadores 2005?
–Lo del Bofo fue una actitud que no correspondía. Lo de Martín y Guillermo, cosas se hablaron y no se cumplieron como las habíamos hablado, en privado. Y lo de Mauricio es real. No permitía que me dijera quién tenía que jugar. Es una de las cosas que hizo que me tuviera que ir. Mauricio estaba en su quinta y jugaba al fútbol. Pero como técnico, por más que fuera el presidente, no permitía que se metiera en mis decisiones.
–¿Cómo vive Boca en vos?
–Voy dos veces por semana a la mutual, tengo el respeto de la gente que me conoce hace 50 años. A veces, a algún partido. Si me invitan de peñas, voy. La de Chascomús lleva mi nombre. La gente me regala afecto. Tengo colgado el recuerdo de Boca en el corazón. ¿Una placa? Quiero el abrazo. Me pasa todo el día y todos los días en la calle. Me avergüenza y me llena el alma. Pasa un tipo en bicicleta acá por Caballito: “¡Gracias, Chino!”. Y por ahí estoy con alguien: “¿Qué dice?”. “Hincha de Boca”. Me habrá visto jugar, que hoy apretás un botoncito y ves, o por el papá. Si estás, es por algo que te ha pertenecido. Lo demás son circunstancias.

