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“Boca es un fenómeno de la desmesura”

El buzo de Martín Kohan es azul y amarillo; tampoco cualquier amarillo, mejor llamarlo oro. Así viste y no es que se haya preparado para la ocasión. Es parte de su identidad, de su manera de estar en el mundo. Martín Kohan es de Boca: “Muchos me dicen que soy fanático, pero no… Es que lo que es normal para nosotros es desmesurado para el hincha de cualquier otro club”, dice, mientras en la mano carga una bolsa blanca que no lo es tanto porque se trasluce que adentro hay algo, un plástico, amarillo. Por la forma podría ser el asiento de un niño para que pueda viajar seguro en un auto. Pero no. Lo que lleva Martín en la bolsa es una butaca de la Bombonera que acaban de regalarle en el club como a tantos otros socios. Martín se crio en el barrio de Núñez, a pocas cuadras del Monumental. Nada decía en su historia que se convertiría en hincha de Boca. O sí: mientras su madre y su padre trabajaban, a Martín lo cuidaba Norma, una chica del interior que trabajaba en su casa.

–Yo la adoraba, ¿y qué teníamos en común? Entre su mundo y el mío no había nada, excepto que trabajaba en mi casa y nos cuidaba y estábamos con ella y yo la quería. Ella era de Boca. Y yo me hice de Boca como ella y entonces sí tuvimos algo en común. Fabriqué algo en común con ella. Básicamente soy de Boca por un gesto de amor.

El amor de Kohan por Boca no se queda corto nunca, quizás él mismo sea la muestra de esa desmesura de la que habla. A tal punto que es capaz de poner toda su artillería de crítico literario, de escritor, para pensar y narrar el fenómeno Boca como nadie. Junto a Ricardo Cohen, es autor de Desde La Boca. Cuando lo extraordinario se vuelve normal, donde abunda en pequeñas historias que son “la comprobación empírica” de que Boca es único en el país, en el continente y en el mundo.

–¿Qué significa ser hincha de Boca?

–Hay una condición del hincha en general, pero yo creo que hay algo en el hincha de Boca que no es igual. Me encuentro más de una vez con gente que me señala o me dice: “No, es que vos sos muy fanático de Boca”. Y me encuentro todo el tiempo diciendo: “Yo no soy muy fanático de Boca”, porque es la verdad, no soy muy fanático. Pero una y otra vez se repite la escena. Hasta que en un momento dije: “No, lo que pasa es que yo soy de Boca. No soy fanático, soy un hincha normal de Boca. Y el hincha normal de Boca está en el plano del fanático de otros equipos. La verdad es que, objetivamente, uno no podría decir que no va a encontrar ningún hincha de ningún otro equipo al que le haya pasado o que haya hecho lo mismo que es capaz de hacer un hincha de Boca por Boca. Pero en todos esos casos son las versiones hiperbólicas del amor por ese club. Y en Boca no es hiperbólico. En Boca es la media, el hincha de Boca es así. Y un poco lo comprobé en el libro, que nos permitió pensar por qué Boca está de alguna manera definido con y mediante la desmesura.

–¿Hay en Boca una puerta para pensar la historia, la ciudad, la tradición?

–Hay algo que me atrae: poder pensar o narrar o pensar y narrar un fenómeno de gran escala, pero leerlo siempre en la inscripción de huellas muy concretas. Me gusta la idea de la sedimentación, cómo ciertas cosas pueden ser leídas en las huellas que dejan en expresiones muy concretas en las que detenerse. Porque cuando te detenés en algo muy concreto, estás leyendo una escala grande. Y Boca es muy propicio para eso. Porque es muy grande, el equipo más grande del país, y es muy pródigo en huellas y expresiones concretas, tangibles donde esa grandeza se inscribe de manera muy concreta.

–Ahí aparece el vínculo barrio-club y la particularidad de cómo ese fenómeno se expresa en Boca.

–La lógica del barrio es muy propia del fútbol, especialmente del fútbol argentino. Y ahí se da un cruce particular. En la escala tenemos el equipo de barrio: Chicago es de Mataderos, Argentinos en La Paternal… Y cuando los equipos tienen un cierto grado de desarrollo, ya representan a una ciudad. Algunos incluso la exceden, por ejemplo, no todos los hinchas de Racing están en Avellaneda, no todos los hinchas de San Lorenzo son de Buenos Aires. Los equipos muy grandes ya abarcan el país entero y después están los equipos con proyección internacional. Necesariamente las características propias, y lo ligo mucho con cierto tipo de intensidad de arraigo del equipo de barrio, se empiezan a diluir cuando vas pasando del barrio a la ciudad, de la ciudad al país, del país al mundo. Ya no sos el equipo del anclaje de barrio o, a cambio, mantenés tu característica de anclaje de barrio y no tenés proyección. Lo que pasa con Boca es fenomenal: tiene el grado de proyección mundial más alto, es el equipo argentino más conocido y más importante en el mundo, y a la vez mantiene todas las cualidades propias del equipo de barrio: pertenencia, identidad, tradición, territorio… Combina las dos cosas. Hay, entonces, una dislocación de la lógica de las escalas. Por eso la idea que su medida es el fuera de medida. ¿Es un equipo de barrio? No. ¿Es un equipo de proyección internacional que entonces desdibujó su pertenencia de barrio? No. Entonces abre esta posibilidad de hacer caber el mundo en La Boca, que además como barrio ni siquiera es muy extenso.

–La Boca es un barrio bien obrero, nacido de inmigrantes italianos. ¿Eso configura un tipo de sujeto social, que configura un club y a la vez una forma de jugar, una identidad de juego?

–Eso me parece un fenómeno muy extraordinario que configura identidades independientemente de la condición social, que como en cualquier club es múltiple. Ni los de River son todos millonarios ni los de Boca somos todos inmigrantes italianos que trabajamos en el puerto. Las identidades se juegan en imaginarios pero los imaginarios no son la mentira de una realidad vivida, forman parte de ella. Lo que uno imagina forma parte de su vida real. De manera que ser de Boca es asumir también esa pertenencia de todo lo que ese barrio expresa. Y el barrio generó a Boca y Boca genera al barrio al mismo tiempo. Me parece una expresión fabulosa que el barrio de los trabajadores, del esfuerzo y el sacrificio se haya transferido a un estilo de juego donde se valora o se apuesta a la garra y al sacrificio. Y los hinchas premiamos eso. Y no es una tradición de fútbol puramente rústica porque tuvimos a Rojitas, a Maradona, a Riquelme… Pero, ¿qué equipo tendría a Maradona en su plantel y no estaría deslumbrado? El plus diferencial es nuestro fervor por Hrabina, atesorar la patada de Krupoviesa a Montenegro, o la de Passucci a Ruggeri, que además carga una dimensión ética. Incluso Riquelme o ahora Cavani en algún momento van a trabar al piso. Es el momento en que esos jugadores exquisitos y de calidad dicen: “Yo sé que estoy jugando en Boca”.

–Eso se ve también en los apodos. Nadie de Boca reniega por ser “bostero”.

–Lo que te dicen como injuria lo tomás, lo das vuelta y lo hacés propio. Nos decimos bosteros, efectivamente, porque hacemos del vilipendio del mal olor del barrio y la bosta de los animales una virtud. Sí, somos del barrio que huele mal. Somos ese pizzero italiano de bigotes versus el millonario de habano y galera. El lujo les toca a ellos, porque los millonarios se dan lujos. Pero, ¡qué lindo cuando un pobre se da un lujo! El caño de Riquelme a Yepes, por ejemplo. No hay en toda la historia de River un caño como ese, que es la jugada –no siendo un gol o un penal atajado– más festejada de la historia del fútbol argentino.

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