El gobierno títere de Saigón, entonces capital de Vietnam del Sur, solo subsistía con el respaldo estadounidense. Hasta que se rindió el 30 de abril de 1975, tras la exitosa Ofensiva de Primavera de las fuerzas regulares de Vietnam del Norte y de la guerrilla survietnamita Vietcong.
La unificación del país un año después revirtió la partición decidida en la Conferencia de Ginebra de 1954 y coronó una extensa contienda en la que el pueblo indochino venció a dos potencias occidentales. Primero la colonialista Francia, tras la cruenta batalla de 56 días en Dien Bien Phu, y luego frente al hasta entonces invicto Estados Unidos.
Según la British Broadcasting Corporation (BBC, la Corporación Británica de Radiodifusión), Estados Unidos gastó más de 120 mil millones de dólares entre 1965 y 1973 en la guerra contra un pequeño país de 40 millones de habitantes y 165 mil kilómetros cuadrados, tanto como la provincia de Córdoba o algo más que la de Salta.
En tanto, el aporte chino y soviético a Vietnam del Norte, de acuerdo con la misma fuente, fue de dos mil millones en suministros: ocho mil armas antiaéreas, tanques, municiones, granadas e incontables rifles AK-47.
La repercusión del conflicto, el más prolongado y sangriento enmarcado en la llamada Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, fue considerable en todo el mundo, y la Argentina no fue la excepción. El ejemplo del pueblo indochino alentó en estas tierras las esperanzas de liberación nacional.
Según los Acuerdos de Paz de París, firmados el 29 de marzo de 1973 después de casi diez años de guerra, en sesenta días debían abandonar Vietnam del Sur todas las tropas, consejeros militares y personal militar de Estados Unidos.
La reunificación del país se realizaría paso a paso a través de métodos pacíficos y Estados Unidos contribuiría a sanear los efectos de la guerra y la reconstrucción de la posguerra. Como era de esperar, estos acuerdos fueron violados abiertamente por Washington y el régimen de Saigón continuó el combate durante otro bienio.
Mientras tanto, en la democracia recuperada de la Argentina, tres semanas antes de los acuerdos de París el Frente Justicialista de Liberación triunfaba en unos comicios celebrados sin proscripción de candidatos, bajo el lema “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.
En un breve lapso, el general que había sido expulsado por la Revolución Libertadora en 1955 y cuyo retorno fue el resultado de una intensa movilización popular volvió a ocupar la primera magistratura.
Desde allí, en una de sus primeras medidas, estableció (el 12 de octubre de 1973) relaciones con la comunista Vietnam del Norte.
Alejado del slogan “ni yanquis ni marxistas”, Perón no se dejó llevar por el consejo de Estados Unidos y posicionó a la Argentina como uno de los primeros países en formalizar vínculos diplomáticos con el estado indochino, aliado de la Unión Soviética y de China.
Pero antes de ir hacia el sudeste asiático para recordar las sangrientas jornadas que concluirían con la caída de Saigón y la histórica humillación sufrida por el gobierno de Estados Unidos, cabe una rememoración sobre ciertas “enseñanzas” recogidas por militares argentinos en el marco de aquella guerra tan distante de estas costas.
La misión
A comienzos de 1968, durante el gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía, visitaba la Argentina el general Robert Porter, quien intentaba convencer a las autoridades castrenses locales de adquirir armamentos estadounidenses.
En el marco de esa gestión se acordaría el envío de una misión de observación de militares argentinos de alto nivel a Vietnam del Sur. Ante la invitación concreta, semanas después, el comandante en jefe del Ejército, general Julio Rodolfo Alsogaray, aceptó el convite que finalmente se agendó para mayo de 1968. Fue la primera misión militar de un país de Latinoamérica en visitar el teatro de operaciones de Vietnam.
Su objetivo principal era observar y estudiar las tácticas utilizadas en las luchas contra las guerrillas y la represión antisubversiva sostenida por las tropas estadounidenses.
Esa “capacitación” tenía como finalidad su eventual inclusión en los sistemas de formación de las Fuerzas Armadas argentinas. Los conocimientos adquiridos en esas y otras fuentes, principalmente de Estados Unidos, se aplicaron en la Argentina de modo acentuado tras la muerte de Perón.
Eran los mismos días del tumultuoso Mayo Francés (movimiento iniciado justamente cuando el gobierno de Charles De Gaulle reprimió una manifestación contra la intervención estadounidense en Vietnam).
El grupo de viajeros argentinos fue encabezado por el general de brigada Mariano de Nevares. En Saigón fue recibido por el general William Childs Westmoreland, enviado por el presidente de Estados Unidos, Lyndon Johnson, en 1964.
Westmoreland comandaba entonces a 16 mil soldados, llamados “consejeros especiales de guerra”, pues no se podían enviar tropas al extranjero sin el voto del Congreso. Con el tiempo, aunque tuvo a su mando un ejército de más de un millón de efectivos, no logró doblegar a las fuerzas nativas.
Al contrario, tras sucesivas derrotas militares, en 1973 un ejército estadounidense en descomposición abandonaba Vietnam por orden del presidente Richard Nixon. Como se dijo, dos años después caería la capital survietnamita, Saigón, hoy rebautizada Ciudad Ho Chi Minh, en honor al líder revolucionario.
La campaña definitiva, iniciada el 14 de abril de 1975, fue bautizada con su nombre como un homenaje al legendario líder que no pudo ver la victoria comunista, ya que falleció en septiembre de 1969.
La huida
En los días finales de la presencia de EE.UU. para apuntalar al gobierno títere sureño, el espectáculo de pánico y caos durante la evacuación de la embajada estadounidense de Saigón confirmó que se había producido la primera gran derrota de Estados Unidos.
El Pentágono ya no podía concitar apoyo a su teoría del dominó, según la cual si caía Vietnam del Sur los frentes nacionales modelados en el Vietcong pintarían de rojo el mapa del Tercer Mundo. Washington tuvo que dar marcha atrás, presionado además por el masivo repudio civil (mayoritariamente de jóvenes pacifistas) a su costosa intervención. Rechazo al que se sumaron líderes antibelicistas, como el pastor Martin Luther King y numerosos dirigentes de Europa y América latina.
Alrededor de 2,5 millones de muertos (algunos estudios duplican esa cifra) fue el trágico saldo de dos decenios de lucha, la mayor parte de ellos provocados por la aplastante superioridad militar estadounidense.
Las aeronaves estadounidenses alcanzaron a lanzar unos 7,5 millones de toneladas de bombas en Vietnam del Norte, Vietnam del Sur, Laos y Camboya, más que las detonadas en toda la Segunda Guerra Mundial por ambos bandos y la mayor cantidad registrada hasta hoy en un conflicto armado.
De los 8,5 millones de estadounidenses que estuvieron en un momento u otro en Vietnam, 58 mil murieron en combate y 270 mil fueron heridos. A ellos se agregan miles de desaparecidos, para agonía para sus familias, que no sabían si sus seres queridos estaban vivos en prisiones vietnamitas.
Lluvia de napalm
La presencia de los militares estadounidenses en Vietnam es recordada por las operaciones de “búsqueda y destrucción”, fuertes patrullajes de unidades apoyadas por enorme poder de fuego. Un capítulo siniestro es el de las 400 mil toneladas de napalm arrojadas en los campos vietnamitas para desalojar a los “rebeldes” comunistas.
La devastadora sustancia inflamable empleada en bombas incendiarias y lanzallamas era fabricada y vendida al ejército de EE.UU. por la multinacional Dow Chemical Company. La misma empresa, junto con Monsanto, aseguró también (entre 1962 y 1971) los suministros del agente naranja y otros herbicidas (75 millones de litros), altamente tóxicos por su contenido de la dioxina TCDD, cuyos efectos se extienden hasta el presente.
Se calcula que, aun hoy, entre dos y cuatro millones de personas están afectadas por los efectos tardíos, debido a más de veinte enfermedades derivadas, y al menos cien mil niños nacieron con discapacidades.
El objetivo era defoliar los densos montes y junglas para descubrir los escondites y las rutas de suministro del Vietcong. Y fumigar las tierras de cultivo con el fin de privar al enemigo de su suministro de alimentos.
Como resultado del uso generalizado, los soldados estadounidenses también fueron fumigados con el agente naranja, por lo que presentaron demandas colectivas contra varias empresas fabricantes.
En 1984 se llegó a un acuerdo extrajudicial: al año siguiente siete empresas crearon un fondo para el pago de indemnizaciones y en el decenio posterior 52 mil veteranos y supervivientes recibieron 197 millones de dólares.
Las víctimas vietnamitas, en cambio, no obtuvieron ninguna indemnización: en 2005 se desestimó la correspondiente demanda colectiva en Estados Unidos, ya que se consideró que el uso del agente naranja “no era una guerra química” y, por tanto, no constituía una violación del derecho internacional.
Escalada y regreso
La ventaja tecnológica estadounidense y su capacidad destructiva sobre el territorio (con modernos portaaviones, cazas, bombarderos, helicópteros y misiles, equipos muy superiores a los rifles, granadas, tanques y artillería antiaérea del ejército norvietnamita y el Vietcong) no fue suficiente para triunfar.
Estados Unidos chocaba con la firme determinación de la dirigencia indochina y el mejor conocimiento de la densa jungla y los pantanos vietnamitas, donde se desarrollaron complejos sistemas de túneles y trampas de todo tipo capaces de desconcertar a los atacantes.
Como las fuerzas principales de la guerrilla se replegaban hacia el interior ante cada ataque, el general Westmoreland planteó un fuerte incremento en el nivel de tropas. El número de soldados estadounidenses era ya de 350 mil en julio de 1966 y ascendió a 400 mil en 1967.
En enero de 1968 el Vietcong lanzó su ofensiva del Tet, el año nuevo lunar vietnamita (día de la reunión, la esperanza y la suerte). El ataque sorpresa sobre varios puntos estratégicos, incluida la capital, Saigón, desconcertó a las tropas de Estados Unidos. Westmoreland pidió entonces 206 mil hombres adicionales. El tiempo demostraría que los refuerzos de nada servirían frente a la estrategia vietnamita.
Tras la caída de Saigón, los dirigentes de Estados Unidos, y el presidente Gerald Ford en primer lugar, debieron afrontar una profunda crisis, en medio de la repatriación de cientos de miles de combatientes. Muchos de ellos sostenidos por el consumo de marihuana y heroína, o indisciplinados hasta el extremo de asesinar a sus superiores.
La tensión racial era inocultable (los soldados “de color” estaban sobrerrepresentados en las unidades de combate) y la desmoralización crecía, tanto en territorio estadounidense como entre las mismas fuerzas militares, ante la difusión de atrocidades cometidas contra la población civil vietnamita, como la masacre de la aldea My Lai.
El pueblo indochino, sin embargo, se llevó la peor parte, dado el dinamismo de la aviación estadounidense, que durante los años más álgidos de la guerra alcanzó un promedio de 215 “raids” diarios.
El balance final contabiliza, según los cálculos más abultados, un total de 3,8 millones de vietnamitas muertos, 2,6 millones heridos de gravedad y 300 mil desaparecidos.
Otros analistas afirman que las bajas militares comunistas rozaron el millón, mientras contabilizan las muertes de unos 300 mil soldados de Vietnam del Sur y entre medio millón y dos millones de civiles.
Lo cierto es que cerca de un millón de survietnamitas huyó a Estados Unidos, mientras 400 mil menos afortunados fueron llevados a campos especiales de “reeducación” y se desplazó otro millón y medio de los vencidos hacia zonas marginales en proyectos de colonización.
Tres imágenes, entre miles difundidas por el periodismo internacional, ofrecen un claro contraste en este crudo episodio del siglo XX. En una, el presidente estadounidense Ford, acompañado en el Salón Oval de la Casa Blanca por su vice, Nelson Rockefeller, y su secretario de Estado, Henry Kissinger, ordena la evacuación de Saigón a fines de abril de 1975.
Ford emitió una orden secreta a su embajador en Saigón, Graham Martin: iniciar la Opción IV, es decir, la salida definitiva de los últimos ciudadanos estadounidenses y aliados locales. La clave del operativo sería la difusión en la American Radio Service de la frase “la temperatura es de 105 grados Fahrenheit”, acompañada por la voz de Bing Crosby cantando “Queremos una Navidad blanca”. Fue emitida el miércoles 29 de abril a las 22.15.
Las otras fotografías muestran, una, al último helicóptero Chinook elevándose desde la terraza de la embajada estadounidense, minutos después de arriar la bandera de barras y estrellas; la otra retrata la irrupción de un tanque del Ejército de Vietnam del Norte en el Palacio Presidencial, aquel 30 de abril de 1975.
La guerra había terminado.

