Tres hermanos se reencuentran a raíz de la muerte de su padre. Germán, el menor, que aún vive con el padre en la antigua casa familiar en Mar del Plata, llama por teléfono a David, el mayor, que vive en Buenos Aires, para anoticiarlo. David le avisa a Enrique, el hermano del medio, exiliado desde los años 70 en París. A partir de ese momento, hasta que se produzca el encuentro, cada uno de ellos, viaje mediante, revisará el pasado familiar. Deudas, recelos y traiciones golpean la conciencia de los protagonistas. La desaparición de la hermana durante la dictadura militar y la homosexualidad de Germán tienen un peso decisivo en la relación conflictiva de los tres hermanos.
La narración avanza a través de las diferentes voces y miradas y se entrelaza con la obra de teatro que escribe Enrique desde su salida de París rumbo a Buenos Aires. Esa obra es su regreso a casa: un puntapié imprescindible para clausurar el momento del retorno del exilio. Una reflexión potente en el interior de una familia judía marcada por el nazismo en Europa y por los años 70 en la Argentina.
Marcos Rosenzvaig es un creador polifacético: novelista, ensayista, dramaturgo y director teatral. Cada una de estas áreas está al servicio de las otras, pero no solo sin perder nunca cada una su especificidad, sino en una apuesta permanente de superación. Podría pensárselo como un creador experimental o vanguardista. Estas palabras adquieren a veces sentidos negativos, porque, claro está, a la hora de dejar de lado las seguridades clásicas ya probadas por el tiempo, se corre el riesgo de un experimento fallido. Sin embargo, solo tienen un sentido positivo para Regreso a casa (Dedalus Editores, 2024). El autor no pierde de vista el centro de la novela: la narración se expande, brilla y cobra fuerza por la intervención acertada del pensamiento, la tensión dramática, las técnicas dramatúrgicas y la caracterización aguda de los personajes.
Pero antes de seguir con este análisis, el lector querrá un adelanto de las temáticas y sensibilidad de la novela. La breve sinopsis que acompaña esta nota da una idea de las líneas argumentales y apunta a ciertos temas. No obstante, el tema no lo da el argumento, sino su tratamiento. Un mismo argumento (el de “El corazón delator” de Edgar Alan Poe, por ejemplo: un hombre se obsesiona con el ojo de otro y lo mata para eliminar el ojo; luego, cuando llega la policía, cree escuchar el corazón del hombre asesinado y termina autodelatándose) escrito por distintas personas puede dar diferentes temáticas: la locura, la maldad, la soledad, la muerte, la dificultad de distinguir apariencia y realidad, la responsabilidad cívica, los dotes del artista, etcétera.
La casa como búsqueda
Regreso a casa conjuga magistralmente una reflexión sobre la muerte con la idea de origen y regreso, porque en ese “regreso a casa”, la casa es la búsqueda de las razones del exilo, de la muerte impartida consciente o involuntariamente, del origen del presente y las derivas de la vida. Es, al mismo tiempo, una denuncia de la brutalidad política de la que son capaces las sociedades, una indagación de la ley social que no se puede desvincular de la ley del padre y, en este sentido, de los afectos con que los individuos hacen de cualquier causa pública una causa privada, ya sea para apoyarla, combatirla o luchar por ella. En la encrucijada de la sociedad y las personas, no solo lo personal se hace político, sino que solo es posible abordar lo social desde lo personal. Y aquí, en estos cruces, quedan enredadas todas las relaciones intrafamiliares. Por último, porque no hay novela sin suspenso ni conflictos sin intriga, ni el hombre es capaz de conocerse a sí mismo, saltan a la vista en el centro de la novela los vacíos del secreto y el tabú, de lo que no se quiere decir y de lo que no se puede decir. Y aquí también, en el manejo de estas omisiones, otra virtud de la novela: la información que falta y nos incita a leer llega, pero no para decirlo todo, sino dejando un resto con el que cada lector pueda sacar sus conclusiones.
Ahora sí, para quienes disfrutan de la técnica de la escritura o quieran percibirla y disfrutarla en el decurso de la lectura, algunas observaciones sobre dos aspectos: la técnica dramatúrgica y el multiperspectivismo. Ambos procedimientos se complementan y potencian al servicio de la narración.
La técnica dramática tiene una doble vertiente (o triple, si tomáramos en consideración, cosa que no haremos, la existencia previa de una obra teatral por el mismo autor: Regreso a casa): por un lado, la división en “capítulos” con el nombre de los personajes; por el otro, la obra de teatro que Enrique escribe y se cita en la novela.
En la división por nombres, cada personaje es el foco de atención. Su conciencia se brinda ya sea por medio de un narrador omnisciente, ya sea por el pasaje a la primera persona, es decir, a la voz directa del personaje que nos va dando su versión de los hechos. Esto llega a un clímax hacia el final de la novela, cuando no tengamos una versión final del último encuentro, sino sus relatos “según” Germán, Marta o Enrique, el personaje central.
La escritura y la imaginación
La obra de teatro que escribe Enrique agrega, por su parte, una dimensión extra que toca al mismo tiempo la imaginación y el centro mismo de la escritura. Porque Enrique escribe el encuentro por adelantado y da su versión de los secretos cuya revelación no conoce en un texto que será contrapunto también de las otras versiones. Así, no hay verdad revelada y la escritura, como instrumento de la imaginación, se mantiene en su función primigenia: relato puro, versión y vehículo de una verdad siempre con minúscula.
La escritura misma estalla: las versiones de los personajes pululan no solo por la focalización del narrador o por sus narraciones directas, sino a través de “documentos” que se revelan así tan “verídicos” (si bien siempre auténticos) como las narraciones: diarios y cartas se incorporan como una “prueba” del afecto que deja, sin embargo, los hechos bajo otro signo de interrogación.
A tal punto se autocuestiona la escritura, que ya desde el comienzo de la novela se le plantea al lector la duda no solo sobre si lo que dicen los personajes será verdad, sino sobre el hecho primordial de si lo que construye el autor, por medio de un narrador, se ajusta a la realidad: “El escritor cuestionó con vehemencia al narrador juzgándolo como un pacato, digno heredero del realismo socialista y de ese pedestal ficticio que terminó por derrumbarse con la caída del muro. El narrador se defendió asegurando que sus padres eran así” (p. 42).
Hay dos escenas notables que cifran la relación entre realidad e imaginación que venimos discutiendo: la escena de la tía Gretel, anciana al borde del Alzheimer, donde se revela el fin de Mariana, y el descenso de la madre a los infiernos de la ESMA (u otra institución de tal índole) relatado surrealistamente por Enrique a modo de imaginación simbólica de los hechos. En el contrapunto del delirio, ya no es posible distinguir entre imaginación y realidad. La imaginación es un hecho. La realidad no puede construirse sin los materiales y afectos de la imaginación.

