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El hereje ideológico de la izquierda

José Mujica y Yamandú Orsi, presidente de Uruguay.

Si googleamos la fecha de nacimiento de José “Pepe” Mujica, obtenemos resultados que oscilan entre el 20 de mayo de 1934 y el de 1935. Otras fuentes explican la vaguedad: nació en 1934, pero lo anotaron en 1935. La vida política de Mujica tiene también matices. Para entrever su complejidad, exploraremos algunas ideas y momentos.

Lucy Cordano, madre de Pepe, vendía flores para sostener la economía familiar, luego de la muerte temprana, en 1943, de Demetrio Mujica, padre de Pepe. El pequeño hijo colaboraba con ella en el cultivo y en el reparto de cartuchos. A los 14 años ya era anarquista y todavía hoy se reconoce ácrata, por su visión descreída de la justicia, cierta reticencia sobre las instituciones y, en lo fundamental, por la valoración del conocimiento y la reivindicación de la libertad –en sentido político, una libertad individual que empatiza y se solidariza con el otro–.

Cuenta la leyenda que por aquellos años Lucy Cordano le dijo a la profesora de piano del Pepe que su hijo llegaría a ser presidente. Más que una intuición, parecía un deseo. En Mujica, la política tiene una marcada filiación materna. La madre horadó la pared que limitaba la participación de las mujeres en política. Al igual que su padre, abuelo de Pepe, eran blancos –del Partido Nacional (PN), uno de los dos partidos tradicionales del Uruguay; el otro, el Partido Colorado–. De Luis Alberto de Herrera, uno de los mayores referentes históricos de los blancos, Pepe Mujica valora la defensa de la soberanía nacional y de la no injerencia extranjera, así como la astuta estrategia de recorrer el interior para sumar adeptos, gesto que replicó.

Los vínculos del linaje materno con “los blancos” le permitieron al hijo ingresar en la política. Pepe trabajó con Enrique Erro, por entonces diputado y efímero ministro de Industria y Trabajo del gobierno colegiado del PN que asumió la presidencia en 1958. Erro, quien pronto abandonó el PN para sumarse a la Unión Popular y luego al Frente Amplio, le posibilitó a Mujica viajar a Cuba, donde escuchó fascinado la prédica de Fidel Castro contra el imperialismo y a favor de la revolución latinoamericana; y a la URSS –de la que se desilusionó por la “monstruosa” burocratización y la llamativa admiración de estudiantes soviéticos por la modesta camisa que llevaba puesta–. Mujica regresó de los viajes con la inquietud de la vía armada para la toma del poder. De forma paradójica, el Che Guevara fue luego a Uruguay y afirmó que había condiciones allí para la lucha democrática. De todas maneras, las cartas estaban jugadas y, al poco tiempo, Mujica comenzó a participar en el Movimiento de Liberación Nacional (MLN)-Tupamaros.

El hereje: realismo y utopía

Mujica se integró al MLN en los primeros años de 1960, en los que la agrupación se estaba formando, pero no tuvo un rol protagónico ni jerárquico. Empezó enterrando armas y llegó a ser responsable de la pata militar de la Columna 10. Por entonces, era el Comandante Facundo –nombre que eligió por Facundo Quiroga– y participó en “expropiaciones” y enfrentamientos armados. Fue arrestado varias veces –la primera como preso común–, hasta que en 1972 fue detenido y encarcelado por doce años. Durante ellos fue torturado y aislado en calabozos en condiciones deplorables, donde conversaba con arañas.  “Buena parte de lo que pienso hoy se fue amasando en la soledad de los calabozos”, declaró para Mujica por Pepe (2020), el libro de conversaciones con Nicolás Trotta.

La salida de la cárcel junto con los “nueve rehenes” en marzo de 1985, su cautivador discurso en el Platense Patín Club a los pocos días de la liberación –donde dijo “Nacimos para luchar por la igualdad y por el sueño de un hombre, si no nuevo, algo mejor”–, y las constantes mateadas en espacios públicos para discutir política le dieron a Mujica un protagonismo que supo encauzar para potenciar su carrera política individual, aunque siempre orgánica. Esos años desembocaron en la fundación, hacia 1989, del Movimiento de Participación Popular (MPP), creado por integrantes del MLN y otras agrupaciones de izquierda. El MPP ingresó luego en el Frente Amplio, dentro del cual participa en las elecciones.

La mirada política de Mujica en el amplio espectro de la izquierda se caracteriza por la heterodoxia. Leyó a Karl Marx y a autores marxistas, de los cuales conserva la mirada clasista –en el fondo, el mundo se divide, para Mujica, en explotadores y explotados–, pero no se apega a ninguna lectura ortodoxa. Este eclecticismo no es ajeno a la tradición tupamara, organización que supo contener en su río arroyos provenientes de diferentes cauces políticos; ni mucho menos lejana a uno de sus fundadores, Raúl “el Bebe” Sendic, referente para el Pepe, de quien dijo que era un “hereje”.

La pertenencia tupamara define gran parte de su mirada política. Una consigna “tupa” clave en Mujica es “las palabras nos separan, la acción nos une”. Solo hay que poder leer en la palabra “acción” diferentes sentidos de época: acción como lucha armada, primero; práctica, militancia, negociación y políticas públicas luego. Otras ideas clave tupamaras en Mujica son la apuesta por la liberación nacional y el socialismo –a construir llegado el momento–. Por la mirada nacionalista, Mujica valora la alianza de sectores sociales diferentes y sostiene que la izquierda necesita del centro y de los que piensan distinto para llegar al poder y mejorar las condiciones materiales de vida en la actualidad.

De alguna manera, esta mirada política lo hizo audaz y pragmático, lo que no significa que haya renunciado al principio estratégico que proclama el fin de la explotación del hombre por el hombre. Un “realismo utópico”, lo llamó Gerardo Caetano en su libro José Mujica. Otros mundos posibles (2024). Durante su presidencia, primó el realismo y, en ese marco, lo posible.

La presidencia (2010-2015)

Cuando asumió el Ejecutivo en 2010, integró en su gobierno tanto a funcionarios de los diversos sectores del Frente Amplio, como a miembros de la oposición en diferentes organismos del Estado, como un guiño de buen clima. Sin embargo, la presidencia tuvo peripecias.

El soñador arribó al poder con grandes aspiraciones por las cuales peleó, con diferentes intensidades, de acuerdo con lo que creyó posible. Aspiró a una gran reforma educativa como eje de gobierno, pero no la logró. Consiguió los votos para implementar un impuesto a los grandes terratenientes, aunque la Suprema Corte de Justicia lo declaró inconstitucional. Logró aprobar la Ley de Minería de Gran Porte, cuestionada por organizaciones medioambientales.

La política económica en general continuó los lineamientos de su predecesor, Tabaré Vázquez, en cuanto a una macroeconomía estable, descenso de la pobreza e indigencia –de 18,5 por ciento y 1,1 por ciento en 2010 pasó a 9,7 y 0,3 en 2014, respectivamente– y menor desigualdad. Aunque, como señala Gerardo Caetano en la Historia mínima de Uruguay (2023), no logró una transformación de la matriz productiva ni exportadora, dependiente en su mayoría de commodities y de inversión extranjera directa.

Por otro lado, fue polémica la postura distante de Mujica en cuanto a la posibilidad de anular la Ley de Caducidad, lo que entonces hubiera permitido juzgar sin obstáculos los delitos cometidos durante la última dictadura cívico-militar. El tupamaro anarquista prefiere cambiar verdad por justicia. Planteó incluso dar arresto domiciliario a militares ancianos detenidos por delitos cometidos durante la dictadura, pero tuvo que retractarse.

Lo más destacado y conocido fueron las leyes de despenalización del aborto, matrimonio igualitario y regulación del cannabis. Según Mujica, estas leyes lo emparentan con el primer gobierno del colorado José Batlle y Ordóñez, por sus reformas liberales. Declaró a Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz (2015): “Acá hubo un liberalismo batllista que marcó el país. Objetivamente fue el modelo”.

El balance general del gobierno es bueno pero un poco amargo para sectores de la izquierda y la población que esperaban del irreverente firmeza en decisiones y cambios profundos.

El legado

Los claroscuros de la carrera política y los sabores agridulces del paso por el poder son el resultado de la militancia constante, la “herejía ideológica de izquierda”, la “acción por sobre las palabras”, el “realismo utópico”, la plasticidad, el nacionalismo y la búsqueda de consensos amplios, los principios irrenunciables, los obstáculos e imposibilidades. La trayectoria política le reservó para hoy uno de los mayores premios: la continuidad. En la reciente elección uruguaya, el MPP hizo su mejor performance, ya que consiguió la presidencia con Yamandú Orsi, además de una gran cantidad de legisladores.

En la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac, 2015) Mujica definió a los “mejores dirigentes” como “aquellos que cuando se van dejan un conjunto de gente que los supera ampliamente”. Definición dada entonces frente a presidentes latinoamericanos a quienes todavía hoy les cuesta pensar por fuera de sus liderazgos. Gran responsabilidad para el gobierno de Yamandú Orsi, fruto, sin duda, de semillas partidarias plantadas y cultivadas por Mujica.

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