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“No dirán que no soy una criatura domesticada”

Cuando pensamos en José “Pepe” Mujica, imaginamos un hombre de edad adulta, con pelo revuelto de cenizas, tal vez boina, de vestimenta informal, quizás con su querida perra fallecida Manuela, de tres patas; nos figuramos un andar lento y un hablar cortés y pausado. El escenario privilegiado de esa evocación podría ser la chacra, sentado o caminando en medio de la naturaleza; o bien, manejando el Volkswagen escarabajo azul gastado. También podría estar en una habitación de la casa de la chacra en la que es posible que en algún rincón se vea una pared descascarada o con humedad.  

Sin embargo, Mujica también fue joven. Es una obviedad, pero cuesta pensar en su figura delgada, de deportista (fue un ciclista aficionado en la adolescencia), con movimientos arrebatados y un arma en la cintura –supo dispararla–, de contestaciones bruscas o insolentes, vestido de traje y partícipe de ceremonias o rituales institucionales políticos. 

Mujica es todo esto y más, un político de una carrera extraordinaria, astuto, pragmático, con claridad de ideas y, a la vez, negociador de formas y tácticas. Es el mito del “presidente pobre”, el “viejo sabio” y un irreverente que supo por olfato adaptarse a las reglas sociales y políticas.  

La parábola de un líder o el relato verosímil

Mujica pasó, como refiere el politólogo Adolfo Garcé (2010) respecto del Movimiento de Liberación Nacional (MLN)-Tupamaros, de “guerrillero a gobernante”; o como se titula la entrevista con María Esther Giglio (2005), de “tupamaro a ministro”. En efecto, antes de ser presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, Mujica fue diputado (1995-2000), senador (2000-2005) y ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca (2005-2008) de Tabaré Vázquez. Es conocida la anécdota en la que fue en moto al parlamento con pantalón y campera de jean. En el estacionamiento, un guardia se acercó y le preguntó si se iba a quedar mucho rato y él respondió “cinco años”, en referencia a la duración del mandato legislativo. Un retrato del político distinto, humilde, que transgredía los modales (ropa, apariencia, movilidad) de entonces. Sin embargo, Mujica afirma, en esta entrevista de 2020 (“Legítima defensa”, Caras y Caretas TV), que la anécdota fue un “invento periodístico”. Se cansó de decir que no fue cierta, pero se resignó sobre todo porque la creyó verosímil; incluso, agrega, le parece “brillante”. Es interesante la posición de Mujica, ya que en ese gesto se puede leer su audacia comunicativa. La anécdota es un fenómeno de posverdad: indicios creíbles fundamentan un relato “viral” de un hecho inexistente. La monumental biografía novelada de Walter Pernas (2013), El revolucionario Pepe Mujica –titulada en la edición uruguaya Comandante Facundo, nombre que utilizó Mujica como miembro del MLN-Tupamaros–, tiene un epígrafe firmado por el expresidente que dice: “Por el carácter novelado de la obra, hay algunas partes que son hijas de la imaginación del autor, pero que están en línea con la información que yo podía manejar en aquella época”. La biografía narra la vida de Mujica desde la infancia hasta la salida de la cárcel en 1985. Lo interesante del epígrafe es que reitera el argumento del relato verosímil. 

Mujica no fue ni es un divulgador de falsedades, pero sí un hábil creador y comunicador de su imagen pública, basada, sin lugar a dudas, en indicios verdaderos. Nadie duda del estilo de vida en la chacra ni de la austeridad. Sobre estas características, junto con su palabra y sus “mensajes en los discursos”, se proyectó el imaginario icónico de Mujica, que arrastra seguidores en todo el mundo. Ciudadanos comunes, presidentes, intelectuales y artistas, muchos de los cuales fueron –con amabilidad y estrategia– invitados y fotografiados en la chacra.  

Es cierto que Mujica viajaba en moto al parlamento vestido con vaquero, campera y boina. En el libro coordinado por Gerardo Caetano (2024), José Mujica. Otros mundos posibles, se señala que “mientras los medios hablaban de la informalidad de llegar con ropa de trabajo, él (Fernández Huidobro) sabía que Mujica se había comprado esa ropa nueva para poder asumir ‘prolijo'”. 

En la medida en que las funciones eran cada vez más notables, en particular, debido a la aspiración de presidir el Ejecutivo, la alta informalidad y sencillez eran una ventaja, ya que se mostraba auténtico y próximo a la ciudadanía. También un riesgo, según lo refiere Matías Ponce (2019) en Pepe es el mensaje, Mujica la estrategia: el asesor de la campaña electoral presidencial más escuchado por Mujica, Francisco “Pancho” Vernazza, temía que Pepe resultara un “impresentable”, en relación con las formas habituales de mostrarse en sociedad, con sus modales, su estilo discursivo o respecto de su estética. Por ejemplo, una insistencia especial de Vernazza fue que se peinara para aparecer en público.  

En el libro de Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz (2015) Una oveja negra al poder. Confesiones e intimidades de Pepe Mujica, se relata que Mujica fue a Bélgica como presidente y los funcionarios locales lo esperaban con una corbata, etiqueta obligatoria para ser recibido por las máximas autoridades del lugar. En esta foto del comunicado oficial, se puede observar a Mujica con el rey de Bélgica sin corbata. En esta entrevista, Mujica la refiere en Noruega, pero es posible que la confusión se dé porque visitó los dos países durante la misma gira europea. Mujica escuchó el requisito de la corbata y le comunicó a su delegación que no iban a entrar, que se volvían. Al final, los dejaron pasar. 

El presidente Mujica en visita protocolar con el rey de Bélgica.

Un presidente lejos de las formalidades

Cuando asumió la presidencia, el 1° de marzo de 2010, comenzó su discurso en el Palacio Legislativo manifestando desconocer el acto formal: “Mis pocos conocimientos jurídicos, extraordinariamente escasos, me impiden dilucidar cuál es el momento exacto en que dejo de ser presidente electo para transformarme en presidente a secas. No sé si es ahora, o si es dentro de un rato cuando reciba los símbolos del mando de manos de mi antecesor. Por mi parte, desearía que el título de electo no desapareciera de mi vida de un día para otro”.  

Le asignó más valor al mandato de los electores que a la investidura simbólica. Luego, en el acto en la Plaza de la Independencia, afirmó: “(El acto) es aburrido como toda cosa protocolar. Ahora estamos santificados. Está la firma del señor escribano, hemos procedido en regla. No dirán que no soy una criatura domesticada. Pero, amigos, estas formalidades que dan garantías podrán ser aburridas pero son una necesidad institucional que hay que defenderla, ¡y ay de nosotros cuando no las tenemos y cuando las hemos perdido!”. 

El humor y lo lúdico son gestos recurrentes en Mujica para alejarse de las formalidades, aunque respeta las reglas, como en este caso, porque son, en lo fundamental, la manera de defender la democracia. Así es Mujica, cuando está en un acto formal, siente la necesidad de restar peso al aspecto jurídico o protocolar; en cambio, en el escenario popular, reivindica las reglas del juego.  

A Mujica le hicieron muchos homenajes, de los cuales supo, de forma cortés, tomar distancia. Reconoce el gesto y, a la vez, lo desdeña un poco. Por ejemplo, en la última reunión de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur, 2014, Ecuador) como presidente, dijo: “Yo no me chupo el dedo de un homenaje. De aquí voy a salir el mismo viejo que soy”; y luego, sostuvo: “Si tuviste un sueño y peleaste por una esperanza e intentaste transmitirles a los que quedan, tal vez quede un pequeño aliento rodando en las colinas, en los mares. Un pálido recuerdo que vale más que un monumento, que un libro, que un himno, que una poesía”. Típico mensaje del Pepe: esperanzador, empático, expresado con la metáfora justa para hacerlo atractivo; pero también crítico y distante, ya que afirma que el “recuerdo” que queda de uno en la tierra vale más que cualquier homenaje, ¡mientras le estaban haciendo uno! 

Mujica no usó corbata, pero se compró ropa nueva. Su olfato pragmático le hizo entender que debía adaptarse a algunas reglas y a ciertos comportamientos públicos para proyectar su imagen y, de la mano de ella, su carrera política. Mientras insistió en el cuestionamiento de los rituales sociales, contrarrestó el peso de las situaciones en las que participó y hasta desacreditó un reconocimiento que le hicieron. Adopta hasta hoy una posición de acuerdo a la situación en la que se encuentra, por eso resulta difícil encasillarlo y, a veces, enojan sus respuestas contradictorias. Asume un ethos contestatario, inconformista, como todos los que habitan incómodos el statu quo porque sueñan con un mundo mejor.  

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