Uno de los tercos intereses que a lo largo de su extensa carrera cultivó Gay Talese, el célebre periodista estadounidense que supo meter mano en los albores del nuevo periodismo, es el de entrometerse en la vida de cierta marginalia. Personajes infames, antes que famosos; desconocidos, antes que celebridades. Cuando la revista Esquire le encomendó en 1966 un artículo sobre Sinatra, una de las figuras más resonantes de la época, el único interés del periodista radicaba en la urgencia económica: necesitaba, sin más, el dinero. No obstante, cuando comprendió que la estrella no tenía intenciones de hablar con la revista, encontró, ahora sí, una productiva –y marginal– manera de aproximarse al ídolo: recabaría los testimonios de los más íntimos allegados al artista para crear una suerte de perfil polifónico. El texto, “Frank Sinatra está resfriado”, es considerado una de sus piezas más importantes.
En 2016 Talese publicó El motel del voyeur, un texto a todas luces polémico que Netflix convirtió, al año siguiente, en un entretenido documental de hora y media dirigido por los estadounidenses Josh Koury y Myles Kane. El centro del film –como el del libro– abreva en una carta anónima que el periodista recibió en 1980 y que, jugosa como es, vale reproducir in extenso: “Desde hace quince años soy el propietario de un pequeño motel de veintiuna unidades situado en el área metropolitana de Denver, y al tratarse de un establecimiento de clase media, ha atraído a gente de lo más variopinto y ha tenido como huéspedes a una muestra enormemente representativa de la población estadounidense. Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de ‘cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio'”.
No fueron pocos los dilemas que atravesaron a Talese: desde las complicaciones imbricadas a la ilegalidad de semejante fechoría hasta la credibilidad de la historia, porque, más allá de todo, se trataba del relato de una única fuente: el fisgón. Sea como fuere, poco tiempo después, y gracias al pedido del periodista, se conocieron personalmente en el aeropuerto de Denver. Gerald Foos –tal el nombre del voyeur– lo invitó a pasar unos días en su hotel; no se preocupe, le aseguró al autor, “le pondremos en una de las habitaciones que escapan al privilegio de mi observación”. Y por toda respuesta, Talese preguntó una única cosa, porque un deseo –tan periodístico como humano– lo gobernaba: “¿Podré acompañarle mientras observa a la gente?”.
El periodista voyeur
Antes de continuar, no obstante, con una reseña del documental o del libro, valdría la pena demorarse en este común interés. Talese, autor polémico pero venerado, en línea con Tom Wolfe y Joan Didion, secundando por cuarenta años de trayectoria y un vestuario impoluto –usa únicamente trajes hechos a medida–, anhela, al fin de cuentas, lo practicado por este hombre vulgar, por uno de sus típicos entrevistados infames o desconocidos: desea espirar. Ya lo dijo el primer psicoanalista: el neurótico fantasea lo que el perverso actúa. Y, de hecho, Talese lo escribió en el inicio de El reino y el poder, su libro sobre el New York Times: “Casi todos los periodistas son incansables voyeurs que ven los defectos del mundo, las imperfecciones de la gente y los lugares”.
Talese se tomó a pecho muchas de las máximas de los 50: el periodismo implica mirar a la cara, a los ojos; implica no creer lo primero que diga una fuente. Y nada, nada, de tecnología. Ni grabadores ni teléfono. El periodista debe estar de cuerpo presente, en la escena. Being there. En esencia, uno debe hallarse en el lugar de los hechos y mirar. Mirar al otro, mirar los acontecimientos. Desde luego que este paralelismo entre periodista y voyeur admite refutes y aceptables impugnaciones; aún así, unas líneas sobre su convergencia resultarían, cuanto menos, retozonas.
Sobre Gerald Foos, el mirón, se desliza en algún que otro momento del film: “Padece el complejo de Dios”: una irrefrenable manía por tener el control, por abarcar con la mirada la totalidad del universo y hacer con él y de él lo que le plazca. Con un recurso algo gastado, y, aun así, de una loable potencia visual, los directores del documental literalizaron la metáfora: mientras circulan en off los testimonios de algunos entrevistados, el motel y sus habitaciones, convertidos en meticulosas maquetas, son observados desde arriba por un hombre que, en este escenario, cobra las dimensiones de un gigante. La representación del poder divino de Foos que contempla o que, con sus dedos olímpicos, coloca o retira algún objeto de las habitaciones.
A su manera, un autor cuenta en su haber con dichos atributos. Independientemente del tipo de literatura en el cual se entronque, de género o experimental, un autor es quien, valga la redundancia, tiene la autoridad –el poder– sobre el mundo textual que ha pergeñado con paciencia. Representa una suerte de Dios que decide sobre la dirección de la trama y el destino de sus personajes; o que, por el contrario, elige el absurdo, el vaciamiento psicológico de los caracteres, el puro placer significante de la escritura. De cualquier manera, detrás –o por encima– del cosmos textual, se halla un dios que no juega a los dados, capaz de determinar la indeterminación y de fabricar la polivalencia, la ambigüedad o la nulidad del sentido.
Fisgón fisgoneado
En nuestro caso, evidentemente, Talese ha elegido la historia y el modo de contarla. En ese modo, desde luego, se cifra lo esencial de la creación textual. “En verdad –ha dicho en más de una ocasión– creo personajes, pero sin cambiarles el nombre.” Esta obsesión por el dominio de la historia cruzó un límite insospechado con El motel del voyeur: cuando, a días de haberse publicado el libro, surgió un dato que ponía en duda que Foos hubiera sido efectivamente el dueño del motel, Talese, en un gesto único en su carrera, se negó a promocionar el libro. No podía avalarlo, puesto que algunos de sus personajes parecían rebelarse, y ciertos engranajes acusaban fallas en su manufactura.
Al inmiscuirse en la privacidad de los hogares de Talese y Foos, el documental trasluce ciertos detalles que dejan entrever, si no un modo de vida, una forma –abigarrada y acumulativa– en la que sendos hombres administran una parte de su existencia. En lo que respecta al fisgón, su sótano es una suerte de museo en el que miles y miles de cartas deportivas, pelotas de beisbol, retratos firmados encuentran su prolijo, su inmaculado, lugar. (Si de prolijidad y rigurosidad hablamos, Foos llevaba un meticuloso diario del motel, en el que consignaba las particularidades de cada persona, pareja o trío que espiaba; no hay que olvidarlo: el voyeur se consideraba una suerte de neutro investigador, en una posición inmejorable para brindar información a psiquiatras, psicólogos, sexólogos.) Las fotografías enmarcadas adornan la pared pegada a la escalera, que lleva al segundo piso de su casa. En ese recorrido, que suele dar cuenta del desarrollo familiar y de los distintos integrantes del clan, figuran aquí muchos retratos en donde posa, exclusivamente, el propio Foos.
Por su parte, la intimidad que el documental muestra de Talese conduce, de nuevo, a ciertos paralelismos con el mirón. El escritor tiene en su “búnker” –así lo denomina– cajas perfectamente ordenadas que salvaguardan cincuenta años de investigaciones; investigaciones, según sus propios términos, “impulsadas por una curiosidad infinita”. Archivos, manuscritos, diarios, revistas organizados cronológicamente: todo el material, inédito y publicado, que el periodista ha ido escribiendo a lo largo de décadas. Con solo hojear uno de los cientos de libretitas –afirma en el documental– se puede saber en qué lugar estaba, con qué entrevistado, a qué hora, en qué fecha. Como hiciera Foos, meticuloso, exhaustivo, lleva un registro hiperdetallado de cada uno de los “investigados”, y, al igual que aquel, en su casa no solo se observan pegados a la pared recortes de sus propias notas y fotos; ostenta, incluso, dos gigantografías de su propia persona.
Una última comparación, para finalizar. En La vida de un escritor, el libro autobiográfico que Talese publicó en 2006, el autor recuerda sus comienzos como jovencísimo cronista de sports. Sus compañeros, desangelados deportistas, se atrevían, por lo menos, a practicar alguno. Por el contrario, el joven Gay, débil atleta, se las ingeniaba para edulcorar con una prosa compasiva los sopetones de sus colegas. Por aquel entonces comenzó a erigirse la conciencia de su “propia identificación juvenil con el fracaso” y su incapacidad para “hacer nada de manera extraordinariamente buena”, con excepción, claro, de redactar textos que suavizaran “la dura realidad”. En una carta al periodista, Foos escribe: “Los voyeurs son tullidos (…) a los que Dios no ha bendecido. Dios nos ha dicho: ‘Tenéis que observar por vuestra cuenta y riesgo'”. Un sentimiento de falta e incompetencia, de lesión y carencia, anuda, por fin, a ambos personajes. Escribir y espiar funcionarían como los modos de suturar esa herida que se desplaza a un mundo ingobernable y hostil, que sonríe con malicia al ver que dos hombres enclenques creen estar a resguardo gracias a una pluma y a un triste cuartito para mirar sin ser mirado.

