Sobre la perfecta e imperceptible curvatura del tiempo un nombre de mujer insiste en reflejarse. Aparece y desaparece en diferentes geografías y aún en territorios inesperados como en la web de un banco, en la pantalla. Ahora como una de las posibles asesinas de la Mansión Lancaster, un juego creado para validar inteligencias artificiales y predecir el comportamiento de personas a través de un algoritmo que percibe cada operación, cada interacción como un reel, como una sucesión de imágenes cuyo destino final es tener certezas de la manera en que cada uno, en sus libres elecciones cotidianas, llegará al momento en que se apaguen todas las máquinas.
Pero cómo predecir ese futuro si la secuencia está incompleta. No hay pasado. Se esfuma en un clic mientras las imágenes muestran una sala vacía, una llave, un billar, una pistola y cuatro sospechosos.
Adelaide Beaumont es el nombre. El retrato muestra unos ojos claros, un peinado del siglo XIX y un collar de oro, que presumen faldas largas y pasadizos secretos que llevan a otros espacios, a otras temporalidades donde su nombre se multiplica. Solo hace falta seguir el hilo de la historia, percibir los destellos de esa piel diseñada con inteligencias artificiales y ahondar en el brillo de sus ojos, sobre la perfecta e imperceptible curvatura del tiempo. Ahí donde el nombre insiste en reflejarse. Más allá de la historia y de los algoritmos.
La Adelaide de Borges
Podemos encontrar un pequeño esbozo de la historia de la señorita Adelaide Beaumont en un relato de Jorge Borges. (Como si la vida o la literatura insistieran en convertir las narrativas en algoritmos.) O más que un esbozo, una línea acaso contextual que pasa casi desapercibida en el relato “El proveedor de iniquidades Monk Eastman”, en Historia universal de la infamia: “Hombres como Blind Danny Lyons, muchacho rubio de ojos muertos inmensos, rufián de tres rameras que circulaban con orgullo por él; filas de casas de farol colorado como las dirigidas por siete hermanas de New England, que destinaban las ganancias de Nochebuena a la caridad”.
Siguiendo las fuentes citadas por Borges, se pueden encontrar los rastros de la leyenda de las siete casas de faroles colorados que, cuentan otros que cuentan la historia, se situaban en Calle 26 Oeste de la Nueva York de otro siglo. Regenteando una de esas casas alguien conoció una vez a una tal Adelaide Beaumont.
Un viejo espejo proyecta imágenes de Adelaide Beaumont hacia atrás y hacia adelante en el tiempo. Una luz roja que va más allá de las siete casas.
Adelaide podría ser apenas un nombre. Los rastros de los primeros Beaumont se pierden en las colinas de Leicester, tierras azules y brumosas que Guillermo II cedió al conde Robert Beaumont tras la batalla de Hastings en el año 1066.
“Un cierto normando, Robert, hijo de Roger de Beaumont, siendo sobrino y heredero de Enrique, conde de Meulan, se encontró ese día en batalla por primera vez. Era un hombre joven aún, pero realizó hazañas de valor merecedoras de remembranza perpetua”, escribe Sir Richard Granville. La memoria de Robert se oscurece. Tristeza. “Cierto conde se llevó a la dama que había desposado”, dice el cronista. La nombraban Elizabeth y volvió a casarse. Era hija de Adelaide (Beaumont).
Adelaide y las siete hermanas
Entre la bruma del Atlántico, el nombre va y vuelve. De Europa a América. Y de América a Europa. Hacia 1871, el nombre Adelaide Beaumont desciende a los infiernos. La leyenda de las siete hermanas de New England que regenteaban las siete casas en las que ofrecían servicios sexuales se había extendido por Nueva York. Y aunque las crónicas suelen confundir la Calle 25 con la 26 Oeste, la presencia de Adelaide irá, según The New York Herald, en contra de las normas de la moral y las buenas costumbres de la época.
“De todas las calles de la ciudad, sin excepción de las calles Greene y Wooster, la calle Veintiséis Oeste es la peor en infamia moral y crímenes oscuros y silenciosos. Fue aquí donde se ubicaron las famosas Siete Hermanas después de ser expulsadas del Octavo Distrito, y aquí todavía permanecen. Su éxito ha despertado la envidia de varias prostitutas descaradas que trafican con la prostitución de niñas. Hace algún tiempo, una mujer llamada Adelaide Beaumont, que residía en esta calle, fue enviada a la Penitenciaría por atraer a niñas de diez años o menos a su casa con fines de prostitución”, escribe el cronista.
La extraña desaparición de los niños Beaumont
Pero los vocablos “Adelaide” y “Beaumont” vuelven unirse en la historia de otros infortunados niños hacia 1969. Fue un caluroso 26 de enero. Jane, Grant y Arnna Beaumont vivían en la ciudad de Adelaide, en Australia. Pidieron permiso a su madre para ir de mañana hasta el mar. Hay una foto que los muestra en la playa. Jane, la mayor, tenía apenas nueve años. Nancy, la madre, recordaría por años el momento en que los vio subirse al autobús. Y con la imagen volvería a su cabeza mil veces el comentario que la pequeña Arnna había hecho al pasar la noche anterior: “Jane ha conseguido un novio en la playa”. Los niños desaparecieron para siempre. Las crónicas policiales sospechan de un señor que se los llevó de la playa, acaso para explotarlos sexualmente.
Desde el Leicester de la primera Adelaide hasta Lancaster hay unos 250 kilómetros. Sin embargo, la mansión está frente a mí. En la pantalla. Según la narrativa de un banco, a través del juego se puede detectar a los sospechosos de un asesinato. Vuelvo al billar, a la llave, a la pistola. Y al cuarto vacío. Alguien ha sido asesinado. El algoritmo invita a interactuar. Quizás a confeccionar el reel, la secuencia que permita detectar al culpable entre cuatro sospechosos. Entre ellos hay dos mujeres bellas. Una vestida de oficial. Se llama Anastasia Romanov y tiene unos ojos de cielo. Adelaide Beaumont lleva un peinado victoriano. Y un collar. Como si la historia del algoritmo hubiese sido escrita en otro tiempo, Adelaide será la culpable. Solo debemos construir el camino.
En la perfecta curvatura del tiempo el nombre se repite. Ahí está otra vez Adelaide en los prostíbulos de la antigua Nueva York. Si pudiéramos vislumbrar la secuencia, es posible que los niños se encuentren en la casa del número 66. Y que los nombres sean Jane, Grant y Arnna. “Cuanto más tiempo pasa sin saber nada, más esperanzas tengo de que estén con vida. Anoche soñé con ellos”, decía Nancy, la madre desesperada.
Acaso todo sea un algoritmo, otra narrativa borgeana. La universalidad de las infamias. Una mujer intentando por siglos huir de su nombre. Una sumatoria de espacios y de tiempos, como trampa. Y un narrador que conoce toda la baraja.

