Los Smashing Pumpkins fueron una de las bandas más populares, respetadas e influyentes de finales del siglo XX. El talento de Billy Corgan como compositor, instrumentista, su voz chirriante y esa combinación de rock alternativo, grunge, psicodelia y dark marcaron una parte de la creativa escena de los 90. Casi 30 años después, el rock y afines parecen importarle cada vez a menos seres humanos. Pero Corgan no baja los abrazos y –a pesar de idas y venidas– mantiene su llama creativa. También es justo destacar su mérito de seguir con vida: Kurt Cobain, Layne Staley, Scott Weiland, Chris Cornell y Mark Lanegan, entre otros colegas generacionales, no lo lograron.
Aunque no morir joven suele tener sus contras. No deja lugar a idealizaciones incólumes y obliga a fans y curiosos a ver cómo sus ídolos se contradicen, engordan y envejecen. Acaso lo más cruel de seguir respirando y haciendo música sea que no importa lo que Corgan haga, siempre será contrastado con discos como Gish (1991), Siamese Dream (1993) y Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995) y el resultado –por motivos subjetivos y objetivos– siempre será negativo.
Pero más allá del “pequeño inconveniente de seguir vivo”, Aghori Mhori Mei ofrece diez canciones a la altura del talento de Corgan. Decididamente subiendo el tono al rock/metal que siempre estuvo en su vocabulario, pero sin olvidar la melancolía y la belleza. Los contrastes entre los arpegios nostálgicos y la distorsión masiva de “Edin”, el gancho noventoso de “Sighommi”, la implacable “War Dreams of Itself”, la épica de “Pentecost” y la tristeza opresiva de “999” reafirman que –más allá de la nostalgia y los poderosos shows en vivo, como el que dieron en noviembre pasado en el Movistar Arena– Corgan hace música en presente.
Acaso el debe más notorio del álbum esté en la voz del propio cantante, guitarrista, compositor y líder de The Smashing Pumpkins. Para sorpresa de propios y ajenos, suena algo cansada, carente del cuerpo y filo que siempre la caracterizó, algo que no deja de sorprender porque Corgan nunca hizo despliegues ostentosos que preanunciaran un desgaste prematuro.
Más allá de este aspecto, Aghori Mhori Mei propone un viaje musical atrapante y de empática e infinita tristeza.

