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“Para Monzón, el de enfrente era un enemigo, no un adversario”

Foto: Rocío González

Periodista deportivo, uruguayo de nacimiento, desarrolló su trayectoria en la Argentina. Por su prestigio y popularidad, no precisa presentación. Su amplia trayectoria en los medios masivos, que combina la sapiencia con la reflexión crítica, la pasión y una extraordinaria poética, lo convirtieron en referente insoslayable de la historia del deporte argentino. El hecho de haber acompañado a Carlos Monzón en su carrera y aun en la cárcel lo convierten en testigo de excepción e invitado de lujo. Es además autor de Mi verdadera historia. Biografía del boxeador Carlos Monzón (1976) y coautor de Yo soy el Diego de la gente (2001), sobre Diego Maradona. Ernesto Cherquis Bialo habla sobre el gran boxeador argentino a treinta años de su muerte.

–¿Cómo fueron los orígenes de Monzón?

–Similares a los orígenes de millones de argentinos ignorados por otros millones. Fue el hijo de un matrimonio humilde constituido por una mamá que laburaba de lo que podía y de un papá que esperaba el tren para cargar arbustos y que, en el mientras tanto, se aprestaba en el mostrador del bar para beber cuanto pudiera y olvidar lo que vivía: un presente miserable, la ausencia de perspectivas, una cantidad numerosa de niños y niñas. Y, uno de ellos, literalmente parido en un piso apisonado de tierra que, como llovía, era barro. Cuando se dice “eran épocas en las que había que salir a cazar o a pescar para poder comer”, el oyente cree que estamos frente a una metáfora. En el caso de Monzón estamos frente a una realidad: él y sus hermanos se cruzaban a la isla frente a San Javier para cazar algún animal del que alimentarse: armadillos, liebres, patos salvajes. O pescaban lo que se pudiera tirándose al río. Luego dormir en la promiscuidad y en lugares diferentes de acuerdo con la hora que se llega y el lugar que quedaba disponible. Eso que ocurría era la cotidianeidad de la vida de los Monzón en el barrio La Flecha de San Javier, provincia de Santa Fe.

–¿Cómo sobrevivió a ese entorno?

–Se vio obligado a migrar a Santa Fe y allí descubrió la vida de las grandes ciudades. También había que comer. Entonces si alguien le pide la integración a una pandillita que va a hacer un escruche en alguna casa desocupada. O le pide que le haga de campana en algún medio de transporte para hacer un hurto en algún bolsillo descuidado… Eso implica la relación con la policía y en esa relación a Monzón le pasaron cosas terribles. Carlos vio cómo a uno de sus hermanos le ponían las manos sobre agua hirviendo para que hablara sobre un hecho del que sospechaban que había participado. Y de ahí hasta el último día de su vida Monzón iba a sentir un gran rechazo por la policía. Esos códigos de vida se mantuvieron inconmovibles aun en sus actos de vida como campeón del mundo frente a quien osara hablar. Estoy hablando del día en que, seducido por Cacho Steinberg, Amílcar Brusa, su maestro y padre putativo, rompió con el Luna Park e hizo una serie de acusaciones sobre Tito Lectoure. Y Monzón no pronunció palabra porque no estaba en su código hablar mal de alguien que le había tendido una mano.

–¿Cuándo llega el boxeo en la vida de Monzón?

–El boxeo es una posibilidad que cada tanto se convierte en alternativa de vida para muchachos pobres. Para Monzón, primero apareció en un club de barrio y luego siempre hay alguien que te acerca a un destino y le dice: “Vamos a Unión que ahí está Brusa”. Y Monzón se resistía a ir a Unión, Monzón era de Colón. Pero en Unión estaba el maestro, había bolsa, había ring, había duchita caliente. Es decir, estaba el padre que no tuvo y todos los elementos para empezar a soñar.

–¿Cómo era el Monzón amateur?

–Monzón era un pibe de peleas largas. No de aquellos que tienen una gran dinámica, una gran estética y la gente se entusiasmaba viéndolos pelear. Monzón era un animal desconfiado, un toro instintivo que no podía desarrollar boxeo lúcido de tres minutos para los románticos, por lo tanto, no destacaba como amateur.

–¿Cuándo aparece la oportunidad de ser boxeador profesional?

–Para alcanzar la categoría de profesional había que pasar por el filtro de Brusa, que era un maestro exigente. Tenía una gran reputación en el concepto de Lectoure e insistía fuertemente en la programación de Monzón en el Luna Park. Y Tito le decía: “Para hacer pelea de fondo en el Luna Park hay que tener algún atractivo y ese muchacho no tiene ninguno”. Hasta que vino el cinturón Eduardo Lausse y Brusa lo anotó a Monzón. De todos los boxeadores, era el que menos chance tenía de ganar. Los otros lo triplicaban en experiencia y espectacularidad. Y los fue poniendo knock out de a uno. A la mierda con los boxeadores que hacían pinta, vivados por la gente. Monzón punteaba con la izquierda, ponía todo lo que había aprendido en la caza y en la vida: no desaprovechar la oportunidad, no desgastar energía y estar todo el tiempo desconfiando de cuanto hacía el rival. Monzón felino se concentraba exclusivamente en el objetivo para que la presa no se escapara. Para Monzón, el de enfrente era un enemigo, no un adversario. No le importaba lo que pasaba alrededor: si lo silbaban o lo vivaban… El pensamiento era: “Yo a este hijo de puta lo destrozo”. Y ganó el cinturón Lausse. Pensaron que era mera casualidad. Entonces lo hicieron pelear por la Copa Sudamericana con Jorge Fernández con la certeza de que iba a perder. Le ganó dos veces. Entonces la crítica especializada se percató de que estaba frente a un fenómeno a respetar. Sin embargo, aun en 1970, cuando Lectoure le da la oportunidad a Monzón de pelear con Nino Benvenuti por el campeonato mundial, lo hacen para que se luciera Benvenuti. Entonces le da el derechazo a Benvenuti y lo noquea. El resto es historia y el legado del mayor campeón del mundo de peso mediano en la historia del boxeo argentino.

–¿Cuándo lo conociste y qué impresión te causó?

–Lo conocí el 17 de noviembre de 1965, después de la segunda pelea por el cinturón Lausse. Fui al camarín, le hice dos o tres preguntas sencillas que me respondió con monosílabos. La única frase que armó fue: “A estos les gano a todos”. Era puro instinto e intuición. Se había criado peleando y así había de morir. Era indetectable en sus emociones. La frialdad del ring era la misma que en su vida. Fue un animal en el ring y en la vida porque había sido un animal para subsistir. No recuerdo gestos de ternura en su carácter. Mostró una intención de empatizar con el otro a partir de Susana Giménez. Sin embargo, su alma gemela fue Pelusa (Mercedes Beatriz García), otra superviviente que creció en la ley de la violencia y la pobreza. Cuando se enteró del romance con Susana, Pelusa le tiró un balazo que no pobres. Para Monzón, primero apareció en un club de barrio y luego siempre hay alguien que te acerca a un destino y le dice: “Vamos a Unión que ahí está Brusa”. Y Monzón se resistía a ir a Unión, Monzón era de Colón. Pero en Unión estaba el maestro, había bolsa, había ring, había duchita caliente. Es decir, estaba el padre que no tuvo y todos los elementos para empezar a soñar.

–¿Cómo era el Monzón amateur?

–Monzón era un pibe de peleas largas. No de aquellos que tienen una gran dinámica, una gran estética y la gente se entusiasmaba viéndolos pelear. Monzón era un animal desconfiado, un toro instintivo que no podía desarrollar boxeo lúcido de tres minutos para los románticos, por lo tanto, no destacaba como amateur.

–¿Cuándo aparece la oportunidad de ser boxeador profesional?

–Para alcanzar la categoría de profesional había que pasar por el filtro de Brusa, que era un maestro exigente. Tenía una gran reputación en el concepto de Lectoure e insistía fuertemente en la programación de Monzón en el Luna Park. Y Tito le decía: “Para hacer pelea de fondo en el Luna Park hay que tener algún atractivo y ese tuvo orificio de salida. Monzón vivió el resto de su vida con el balazo de la mujer que más lo amó.

–Afirmaste que Alain Delon y Mickey Rourke fueron sus amigos porque le tenían misericordia. ¿Qué sentiste vos por él?

–Sentí que estaba frente a una criatura que no había tomado de la vida la oportunidad que la vida le había ofrecido para poder darse cuenta de lo bueno y lo malo. El instinto dominaba sobre la racionalidad. Y que, después de haber vivido un cachito en la nube sublime de la celebridad y haber disfrutado de minas con otra piel, con otro aroma de perfume, con otro sonido de voz, se fue decantando hasta volver al lugar de origen. No pudo detenerse en ninguna estación de las oportunidades que había en el medio. Monzón, como otros Monzones que nacieron trágicamente, tenía un sino trágico. Ese sino les permite a las víctimas de la tragedia cerrar la parábola de la vida en el mismo lugar de donde parten. Monzón cerró la parábola de su vida volviendo al lugar de donde había partido. El coche que volcó dejó su cadáver enroscado en el barro de donde había partido como bebé el día en que nació.

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