En la mañana del domingo 14 de febrero de 1988, los editores de los principales diarios del país se desayunaron con una noticia inesperada que pondría pimienta a las primeras planas del lunes siguiente, día habitualmente pobre de novedades y más aún en esa época del año.
En plena temporada, cuando Mar del Plata se convertía en escenario y foco de atracción del mundillo artístico, político y deportivo, invadida por una legión de enviados especiales destinados a cubrir las alternativas repetidas de cada verano, había ocurrido algo capaz de sacudir la modorra informativa.
El excampeón del mundo de box Carlos Monzón y su esposa Alicia Muñiz, de la que se encontraba separado de hecho, eran los protagonistas de un confuso episodio, que culminó con la muerte violenta de la mujer, al caer de un balcón interno de una residencia alquilada por el actor Adrián “Facha” Martel en el reposado barrio de La Florida, al norte de la ciudad.
Si con el correr de las horas los detalles que irían conociéndose comenzaron a tejer un manto de culpabilidad sobre el ídolo retirado, gladiador de cien batallas pugilísticas, conviene detenerse en aquellas impresiones iniciales para comprender cómo se leía desde los medios un episodio rupturista como aquel, cuando el “crimen pasional” era una figura retórica y el término “femicidio” ni siquiera existía.
“Tras una riña con Monzón, murió su mujer”, titula esquemáticamente en tapa el diario Clarín. Para reseñar, en el epígrafe correspondiente a la imagen donde podía verse el cadáver semidesnudo, apenas cubierto por una manta: “Alicia Muñiz cayó desde un primer piso luego de una ruidosa pelea con el excampeón mundial, quien también se tiró al vacío y resultó con fracturas múltiples”.
En páginas interiores, la crónica prologa: “De pronto, la tragedia, la noticia corrió como reguero de pólvora. Carlos Monzón y su mujer Alicia Muñiz tuvieron una riña y cayeron desde el balcón de un primer piso. Ella se mató y Monzón sufrió heridas que obligaron a su internación en el Hospital Interzonal”.
En tanto, La Nación, que también mantenía una corresponsalía permanente en la ciudad balnearia, apuntaba con matices: “Al caer de un balcón, desde un primer piso, falleció la vedette Alba Alicia Muñiz Calatayud, e involucrado en el mismo episodio, su exesposo, el pugilista Carlos Monzón, sufrió fracturas y escoriaciones, por lo que fue internado en un hospital de Mar del Plata, donde está detenido e incomunicado bajo custodio policial”.
En tanto, el emblemático diario local La Capital, con buena llegada a fuentes directas, precisa: “Lo real es que la situación procesal de Monzón es la de ‘imputado detenido e incomunicado’, a la vez que el hecho quedó caratulado como homicidio”.
En medio de la vorágine periodística que se retroalimentaba de los acontecimientos de fuerte impacto público, los medios fueron unificando el discurso acusador contra el agresor.
“Según el fiscal, la mujer de Monzón habría caído desde el balcón ya inconsciente”, titula Clarín, transcurridos algunos días del hecho, abonando la hipótesis del castigo previo como causante de la muerte.
“Quise atajarla y caí junto a ella”, todavía se defendía Monzón, aun admitiendo que había golpeado a su mujer, según el título de La Capital. Encarrilado el proceso legal y con Monzón en la cárcel de Batán, los semanarios de moda y gran tirada como Gente se anotaban con la entrevista exclusiva a la primera mujer y madre de dos hijos. Mercedes Beatriz García, Pelusa, como se la llamó siempre, esbozaba por lo bajo una promesa que no se cumpliría: “Algún día, el Negro va a volver conmigo”, decía en la casa de Santa Fe donde todo estaba como entonces, el día de su partida, catorce años atrás.
Esa mujer sencilla y sufrida, arrastrada antes y después por el huracán de los acontecimientos en torno de la celebridad, declaraba: “Recibí y recibió, porque yo también tengo mi carácter”, con un dejo de ingenuidad, en alusión al perfil de golpeador que el mismo Monzón había admitido sin ambages.
“Carlos no es tan malo, tampoco es un ángel. Es gritón, bocón, calentón. Pero hay que saber frenarlo. Hay que saber tratarlo –se confesaba–. Ellos (por los padres de Alicia Muñiz) tendrían que hablar de otra manera, porque están perjudicando a una criatura (Maximiliano, el hijo de la pareja).
Además, que no se olviden de que si algo tienen, salió del bolsillo de mi marido.” Monzón y ella nunca se separaron legalmente.
En tanto, la sociedad producía una especie de catarsis colectiva, entre los que preconizaban el derecho de imponer la “ley del macho” y vivaban al campeón en las salidas para la reconstrucción del episodio y los gritos de “asesino”, que también se escuchaban como cortina de fondo de las sirenas de los patrulleros.
DE AQUÍ, DE ALLÁ Y DE TODAS PARTES
Cierta condescendencia, si no reivindicación, se reflejaba en medios de países como Francia, donde la popularidad del excampeón se prolongaba en el tiempo. No en vano, semanas atrás había visitado París, donde mantenía interesada a la prensa por su estilo de “playboy viviendo de su gran fortuna”.
En la televisión, no faltó el comentarista que denunció que “en casos como este, la Justicia debe tener en cuenta circunstancias atenuantes, por lo duro de este deporte, que conmueve a multitudes”.
En sintonía, expresaba un colega: “Estoy de acuerdo con la aplicación de atenuantes. Si la ley considera que el box es una fuente de violencia fuera del ring, debería prohibirlo”.
El matutino Le Monde, referencia del progresismo y que pocas veces abordaba temas deportivos, le dedicó un titular generalista: “Carlos Monzón y las violencias conyugales”, sin ahondar en juicios personales.
En aquel contexto y en un intento desafortunado de generar empatía, aferrándose a sus propios paradigmas, Alain Delon, promotor de sus últimas defensas, amigo y anfitrión en el jet set, pronunciaba aquella célebre frase, una pregunta que no esperaba respuesta: “¿Quién no le pegó alguna vez a su mujer?”.

