En su libro Mujeres, el escritor estadounidense Charles Bukowski describe su propio trabajo como el de “un fotógrafo”, alguien que capta momentos con los que intenta describir una época. El escritor y periodista argentino Camilo Sánchez es autor, entre otros libros, de La Feliz, una novela cuyos protagonistas ficcionales están inspirados en Alberto Olmedo, Carlos Monzón y el Facha Martel. Los tres hilvanados por una época, un destino y un lugar: la Mar del Plata de finales de 1980. Se trata de un momento en la vida de una ciudad que Sánchez describe en esta entrevista con Caras y Caretas con la precisión del fotógrafo bukowskiano, que con una serie de descripciones retrata un mundo.
–¿Cómo era la Mar del Plata de finales de los años 80?
–Había, como en toda gran ciudad, porque en ese entonces ya lo era, varias Mar del Plata, encimadas y a la vez paralelas. Eso decía Haroldo Conti de su pueblo, Chacabuco. Es posible preguntarse entonces por las muchas Mar del Plata. ¿La del barrio de La Perla donde se suicidó Alfonsina (Storni) o la Mar del Plata laburante de Cerrito Sur, con sus calles de tierra, las capotas de agua blancas de los fileteadores de merluza caminando hacia las fábricas en las madrugadas? ¿O la Mar del Plata quejosa con el avance del turismo popular, los cantantes en La Rambla y los manteros artesanos en los alrededores del Torreón del Monje? Hay un detalle impresionante de aquella época. En ese entonces, todavía existía el Centro de Residentes de Mar del Plata. En la propia ciudad, un club con los nacidos allí mismo. Una locura. Es que La Feliz se pobló ferozmente en las décadas del 40 y 50, con recién llegados de las zonas cercanas: Tandil, Lobería, Balcarce, Tapalqué, que se mezclaron con otros trabajadores del interior que llegaban de lugares más lejanos aún, de Salta o Tucumán, mano de obra que no terminaba de afincarse en Buenos Aires y seguía un tirón más hacia el mar. En ese entonces, mediados del siglo pasado, eran muy pocos los nacidos en la ciudad. Por eso contaba, sobre la calle Bolívar, con un centro de residentes marplatenses. Las décadas del 40 y del 50 conformaron una época: la del crecimiento descontrolado, el gran estirón, que llega justamente hasta fines de 1980. Esa desmesura, que hermanó a la ciudad con Acapulco y Río de Janeiro, la cuenta en varias de sus novelas Enrique David Borthiry, que fue lustrabotas, albañil y croupier en el casino hasta que comenzó a escribir como cronista en el diario La Capital. “Nunca más trabajé”, bromeaba Borthiry, en aquellos años, tomando apuntes frente a La Rambla.
–¿Todavía estaba en su momento de esplendor o había comenzado a declinar?
–Convivían, en esos años, varias épocas: unos pocos atisbos aún de sus primeros años, cuando la oligarquía tiraba manteca al techo y se disfrutaba el gran crecimiento de la ciudad, aunque se empezaba a vislumbrar que se vivía la luna llena de su popularidad. El declive se veía venir. De ahí en más empezaría a menguar. En aquel entonces, el recorrido del colectivo 23, que terminaba en el Faro, después del centro, avanzaba a través de La Loma y recorría la manzana de Saavedra, Tucumán, Arenales y Quintana. Desde la ventanilla se podía divisar entonces el portentoso chalet señorial, con barrales y grifería de bronce, pisos de roble de Eslovenia, ascensor y claraboya con vitrales. “La cabinita para el personal de seguridad es el doble más grande que mi casa”, se escuchó decir a un adolescente, en ese colectivo, a fines de los 80. Todavía era Villa Silvina, la casa de los Bioy (Casares), donde veraneaba (Jorge Luis) Borges. Fue en esos años que la casona se vendió y pasó a manos de un colegio privado y el parque de robles, cedros, castañas de Indias y ginkgos biloba dejó de vislumbrar artefactos literarios y cuentos fantásticos para dejar lugar a juegos y travesuras de los niños de la clase media alta de la ciudad. En ese tiempo, ya nadie, ni los Bioy, veraneaban tres meses continuados, como había sucedido desde siempre en Mar del Plata.
–¿Qué implicaba para las “celebridades” del espectáculo, el deporte, la política, estar en Mar del Plata durante el verano?
–El lugar en el que había que estar. La vidriera.
–¿Qué se modificó en la ciudad durante el verano de 1988 con la muerte de Alicia Muñiz y luego la de Alberto Olmedo?
–Fue lo que, con mayor o menor suerte, narré en La Feliz. “En los veranos previos –escribí– al del 88, en La Feliz, los equipos de enviados especiales comenzaban a reducirse con premura. En los últimos veranos, las editoriales habían invertido mucho dinero para coberturas periodísticas que no iban más allá de un par de tapas continuadas sobre romances veraniegos o separaciones abruptas. En las redacciones se aguardaba por una de esas noticias de las que duplican las tiradas de los diarios o de las revistas de un día para el otro. Ya habían pasado como ocho años de la extraña muerte de Claudio Levrino, y ahora la cocaína se consumía fuerte en La Feliz, y tanta vibra en alto, más tarde o más temprano, iba directo a una debacle.” Claudio Levrino, el mayor galán televisivo de esos años, había muerto de un balazo, en plena dictadura, mientras estaba con su esposa, también famosa, en un auto, en pleno centro de la ciudad. Como todas, pero más aún, esa muerte estuvo signada por el misterio. Por meses no se habló de otra cosa. Bueno, el femicidio de Monzón a Alicia Muñiz y la caída de Olmedo, con quince días de distancia, ocuparon la prensa durante años.
–¿Cómo lo vivieron los marplatenses?
–Es probable que durante esa temporada haya comenzado a declinar, de alguna manera, para los residentes, la furia veraniega, el turismo como posibilidad de facturar en serio. El residente dejó de pensar con el verano entre ceja y ceja. La ciudad, por otro lado, ganó vuelo propio. Dejó de pensarse exclusivamente como un sitio turístico. Eso sucedía en las décadas del 70 y 80. “Como sucedía desde siempre –escribí en La Feliz– en los meses previos a aquel verano del 88, la ciudad se maquillaba. Los residentes peinaban de cal los patios, mucho barniz en puertas y ventanas para capar el maltrato del salitre marino. Y levantaban paredes de apuro, cuartos enteros rematados con fenólico barato. Se apretaban después las familias en esos cuartos levantados contra reloj, porque se disponía la ceremonia de cada verano: dejaban sus casas principales abiertas a las ofertas de los veraneantes. ‘Se alquila por temporada’ rezaba el cartel que se guardaba, luego, en el galpón del fondo. Dejaban sus casas y las dejaban completas; sus camas y sus cubiertos, las sábanas más queridas, los repasadores sin estrenar, el póster de Invisible, la foto de Bertoni y Bochini tirando paredes, la imagen de los abuelos en la antesala de la muerte, las copas para los festejos especiales, las fuentes de cristal del casamiento bien guardadas en los bargueños. Se preparaban para dejar sus casas, las de todos los días, dispuestos a una mudanza veloz, a las habitaciones recientes, con olor a pintura, casi siempre sin una segunda mano (…) Había algunos audaces que, tras alquilar la vivienda a porteños de billetes frescos, se iban en carpa y pasaban el verano entero en un camping en Miramar o Cobo. Nada de ruleta: el verano para los residentes de La Feliz era una timba segura.” Es probable que eso ya no sea tan así. Lo digo como clima social y no por números y estadísticas.
–¿Mar del Plata perdió algo de lo que tenía en esos años o conserva ese lugar en el imaginario social?
–Creo, por ahí los datos dicen otra cosa, que el marplatense dejó de ser verano dependiente. Nunca más se fue de un trabajo anual por uno temporario. Se potenció el puerto, los negocios para el mercado interno y tirar todo el año y no jugar a la ruleta del verano salvador. Era raro, pero en aquel entonces, hasta quienes tenían profesiones dignas y especializadas, como plomeros, torneros o gasistas, se alistaban como mozos, como lavadores de autos. La ciudad dejó de alguna manera a estar solo expuesta al deseo ajeno. A correr detrás del anhelo del turista. La farándula también dejó de tener el foco en los meses de verano en La Feliz. La farándula, lo que sea que eso es, la martingala de famosos y no tanto, de grandes artistas y recién llegados de la mano de Gran Hermano.

