“Negras siluetas yacían, se acurrucaban, se sentaban entre árboles apoyándose contra los troncos, pegadas al suelo, medio iluminadas, medio difuminadas por la débil luz, en todas las posturas del dolor, el abandono y la desesperación” (El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad).
La soberanía de los pueblos americanos enfrenta hoy graves amenazas. Se trata de una guerra sofisticada, no por eso menos cruel y despiadada, en la que el armamento y el cerco militar son acompañados, en algunos casos incluso sustituidos, por el asedio económico, la persecución financiera, el ataque comercial y el despojo de activos a Estados soberanos. La aplicación de medidas coercitivas unilaterales (MCU) es más que un acto ilegal, es un crimen de lesa humanidad. Preocupa en muchos casos el accionar conjunto de la comunidad internacional. Y una de sus mayores consecuencias: las migraciones masivas. Por ese motivo, Caras y Caretas entrevistó a Marcos, un joven venezolano que se encuentra en México trabajando como mesero a la espera de ser convocado a la frontera del río Bravo para cruzar a los Estados Unidos, con la esperanza de encontrar allí trabajo y enviar dinero a su mujer y su hija. Pero son millones los que cruzan el Tapón del Darién. Algunos sobreviven, como Marcos; otros mueren. En estos últimos días han crecido exponencialmente las caravanas por la amenaza de Donald Trump de deportar a familias completas y de cerrar la frontera. A Marcos se le llenan los ojos de lágrimas, porque él ama su patria. El continente americano vive un saqueo a cielo abierto que lo empobrece de sus recursos y derechos básicos. La realidad de Marcos es la realidad de los americanos, en la medida que la tierra, los recursos y los derechos humanos cada vez más sean para un grupo muy reducido, mientras que al resto le queda la opción de sobrevivencia.
–¿Cómo es atravesar el Tapón del Darién?
–El Tapón está entre Colombia y Panamá. Es un estrecho de selva salvaje donde pasan más de quinientas mil o setecientas mil personas por año. Ahora, con las medidas de Trump, se aceleró el tránsito y la demanda es aún mayor. Para mí no fue fácil. Cruzar a pie la selva lleva tres días. Con mi primo fuimos de Venezuela a Perú, de ahí a Chile, y luego volvimos a Colombia, Cali, Medellín, Choco, Necoclí hasta Turbo, desde donde empezamos a cruzar. Todo esto tiene un costo de 350 dólares. Luego sigues pagando hasta llegar a Bajo Chiquito, donde pagas otros 25 dólares más para que te lleven a Panamá para salir de la selva. Luego hay que seguir, el que tiene plata, porque vale 65 dólares más por persona para montarse a autobús de la ONU que te va a cruzar otro tanto hasta Guatemala.
–¿La ONU es parte de esa extorsión?
–Sí, la ONU y las mafias que controlan el tránsito (risas), hay que darles una mano…
–¿Qué incluye el paquete?
–Comida, donde dormir, un guía porque la selva es impenetrable, pero nunca se cumple. La travesía son 104 kilómetros y todo es a pie. El guía te acompaña unos pasos y luego te dicen que sigas las bolsas verdes y que si te desvías todo puede ser una tragedia porque ahí está controlado por paramilitares de Panamá y Colombia.
–¿Qué comen en el camino?
–Dulces y comida cocinada. Pero eso se pierde, porque pesa mucho y la caminata es agotadora. De mi grupo que se había formado de quince personas solo cuatro llegamos a Ciudad de México. El resto quedo rezagado. Hay retenes de la policía donde no se puede pasar y ahí vamos al monte profundo hasta llegar a Guatemala, que fue muy fuerte. No sabes si le tienes miedo a la policía o a la delincuencia. Pero en el viaje hay muchos niños con mujeres solas que se fueron perdiendo en el camino. Ves muertos por todos lados.
–Hay que tener algún objetivo grande para animarse a atravesar ese calvario.
–Sí. Nuestro objetivo es llegar a Estados Unidos, pero llevo siete meses esperando. Me llaman para una cita y vemos si pasamos. La cita se pide por internet. Cuando me llaman entro por Tijuana o Ciudad Juárez. Tenemos que ir en avión a la frontera esperar y esperar. Ahí te sometes a un cuestionario de preguntas y depende de eso uno pasa.
–¿De qué hablan en las largas caminatas?
–Uf, de todo. Reflexionamos mucho sobre lo que estamos viviendo, extrañamos, a veces surgen contradicciones y nos angustiamos. Mira, yo soy militar. Hice mi carrera y estuve en la Guardia Nacional durante catorce años. Yo era de la tropa y me gradué cuando estaba Chávez y fueron los años más hermosos. Vivíamos muy bien. Mi mujer es maestra, tiene su formación pero no llegamos a vivir, la verdad.
–Venezuela, Cuba y Haití son víctimas de persecución, bloqueo y saqueo. EE.UU. le declaró la guerra a estos países y sobre todo a Venezuela. Los gobiernos de Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden declararon abiertamente que el objetivo de las “sanciones” es causar el mayor dolor posible al pueblo venezolano a fin de provocar un “cambio de régimen” en el país.
–Tristemente es así. Me da mucha rabia.
–Se entiende el caso de salir de Venezuela por fuerza mayor pero, ¿por qué eligen irse de otros países?
–Por ambición. Mira, tengo una tía que se fue a la Argentina con el furor de que allá está todo bien y vendió todo en Venezuela. Vendió su casa, dos camionetas, sus muebles, todo y ahora no sabe qué hacer porque esta arrepentida. No es lo que le habían dicho que era. Hay muchos, como yo, que salimos realmente por necesidad. Queremos algo mejor para nuestras vidas y de nuestras familias. Con lo que yo puedo ganar trabajando allá puedo alimentar a mi familia.
–Volviendo al Tapón del Darién, ¿de qué manera participa el Cartel del Golfo?
–Son parte de los que le pagas, te acercan hasta donde empieza la selva y luego te abandonan. Y si no pagas, no te indican cómo entrar a la selva. Mucha gente no paga y su destino es desaparecer. Los gobiernos saben todo. Nosotros estuvimos seis días en un campamento en Necoclí para iniciar la selva. Son tres campamentos más, que son monitoreados por ellos. Eso sí, no ves ni pistolas ni cuchillos, nada. Pero tienes que hacer lo que ellos digan y cumplir con sus reglas. Yo soy fuerte por mi propia formación en el ejército porque lo que se vive y se ve en la selva es traumático y no se lo deseo a nadie.
–Suena a Los juegos del hambre…
–Así es.

