Frente a un mundo que imponiendo el lucro sobre la identidad busca borrar la frontera entre espectáculo y cultura, en Tafí Viejo, provincia de Tucumán, surgió un proyecto que con las herramientas del mundo audiovisual busca recuperar la historia local para contarla con su propia voz.
Algo más de un año atrás, en una de las tantas charlas de sobremesa entre Javier Noguera, taficeño, abogado, experiodista y actual legislador provincial, y Luciano Cáceres, actor y padrino del Festival de Cine de las Yungas que nació nueve años atrás en esta ciudad, surgió el proyecto de producir una serie para contar la historia y la identidad de su comunidad. Así nació Tafí Viejo. Verdor sin tiempo, que se presentó el pasado 20 de noviembre en el Hotel Municipal Atahualpa Yupanqui y se verá por la plataforma Flow durante 2025. Entre la yunga, las fincas citrícolas y la Villa Ferroviaria y bajo la dirección de Eduardo Pinto, está rodándose la historia de amor juvenil atravesada por la diferencia de clases y las ideologías que, anticipan los realizadores, no responden a los viejos cánones clásicos sino que se acercan al clima de época. Los protagonistas son Laura Grandinetti y Emanuel Rodríguez, un joven actor tucumano de enorme popularidad en la provincia. Junto a ellos participan Luis Machín, Liliana Juárez, Sergio Prina, Luciano Cáceres, Juan Palomino, Daniel Elías, Camila Plaate, Paloma Contreras y Lautaro Delgado Tymruk, entre otros.
Las vías de la historia
Hace un siglo, Tafí Viejo comenzó un desarrollo industrial a partir de la instalación de los talleres ferroviarios, en los cuales se fabricaban y reparaban locomotoras y vagones para los trenes que atravesaban la geografía argentina. Seis mil trabajadores con altos requisitos de capacitación llegaron a ocupar diariamente las veinte hectáreas donde se construyeron máquinas de vapor, diésel y eléctricas, coches cama, lujosos coches comedor y se instalaron algunas de las primeras computadoras para el trabajo cotidiano. La dictadura en los años 70 golpeó el proyecto de desarrollo y el menemismo terminó de propinarle un agónico destino. Esa identidad ferroviaria se puede entender visitando los talleres y el barrio fundado por los trabajadores en las cercanías.

“El interior de la provincia está marcado por la presencia de la industria azucarera, cuya mano de obra es mayoritariamente temporal. Tafí Viejo, gracias al tren, que transformó la ciudad en un polo de la industria metalmecánica, atrajo mano de obra especializada que vino de distintos orígenes. Se afincaron dieciséis diferentes colonias inmigrantes, con saberes técnicos de vanguardia para ese momento, y trayendo también sus sociedades de socorro mutuo, su ideología política, sus instrumentos musicales. Eso permitió generar un tejido social y cultural, de manera similar a la historia de todo el país. Como decía Jauretche, la historia ferroviaria se puede entender como la historia de la patria”, explicó a Caras y Caretas Noguera, impulsor de TafíSueña, productora de la serie.
Cáceres, que colabora habitualmente con Eduardo Pinto en sus películas, lo convocó para sumarse a ese proyecto incipiente. El realizador viajó durante un año para poder comprender a fondo esa geografía de pura belleza y la historia de la ciudad, atravesada por esos talleres que ahora parecen una barrera entre sectores sociales. En el lanzamiento de la serie, contó que la cercanía con el equipo de producción, actores y técnicos, la mayoría locales, agregó un saber que, como la tonada o la tranquilidad que se advierte en el set de rodaje, también se traslada a cómo se cuenta la historia. “Es un honor poder ser parte de este gran grupo de artistas y de trabajadores cinematográficos, el cine es un trabajo comunitario y horizontal, es una búsqueda común. Somos cerca de doscientas personas involucradas en la serie entre técnicos, actores, músicos y personas que trabajan alrededor de este gran proyecto, y todos aportan a que podamos cumplir con el objetivo de contar a los taficeños”, explicó el director.
Esa identidad nacida del impacto que trajo el tren, el impacto del peronismo en la provincia de Tucumán y el desarrollo de la industria citrícola en las últimas décadas, fue también clave para que el genocida Domingo Bussi posara sus ojos sobre los habitantes de la ciudad en los años 70. A escasa distancia de la yunga y de las fincas, en medio de proyectos de desarrollo urbanístico, se encuentra uno de los espacios más emblemáticos de esa violencia: el Pozo de Vargas. Los taficeños fueron víctimas de ese laboratorio represivo que comenzó antes del 24 de marzo de 1976, ya que son una de las poblaciones con mayor número de desaparecidos por habitantes. Este espacio tendrá un lugar importante en la segunda temporada, que ya está en preparación.
Identidad local y proyección cultural
Desde hace unos años Tafí Viejo apuesta a sumar al turismo como fuente de ingresos. El Festival Internacional de Cine de las Yungas, como el Festival del Limón, un evento centrado en la cultura folklórica, además de la apertura del hotel municipal, son parte del proyecto. Luciano Cáceres acompaña el festival de cine desde su primera edición en 2016 y sostiene la idea de que identidad local y proyección cultural van de la mano. “A nosotros los actores nos viene muy bien que las plataformas produzcan en nuestro país, pero con eso no alcanza”, afirmó el actor. “Hay guiones que se filman en nuestro país que nada tienen que ver con nuestra identidad, nuestra historia. Por eso para mí apoyar un proyecto como este es clave, porque nos quieren hacer creer que la industria audiovisual somos los diez actores que se ven en la pantalla, y además que vivimos de la teta del Estado. Pero en realidad es identidad y laburo para mucha gente.”

El elenco cuenta con Liliana Juárez y Sergio Prina, dos importantes actores tucumanos, que trabajaron juntos en las películas Los dueños y El motoarrebatador. A su vez Juárez participó en Puan y Planta permanente y Prina fue parte de los elencos de División Palermo y como el Chango en El hombre que amaba los platos voladores. Más joven que ellos y surgido del casting que se hizo para buscar a la pareja protagonista, Emanuel Rodríguez se emocionó profundamente al hablar sobre lo que significa participar de esta serie. “A mí me toca una fibra muy íntima este proyecto. Soy egresado de la Facultad de Teatro, donde no tenemos banco ni tenemos baño para cursar. No se imaginan lo que me emociona ver a mis compañeras de la facultad ahí sentadas, sabiendo que también tienen personajes hermosos en la serie, me llena el corazón de orgullo y de agradecimiento.”
Durante el rodaje, mirando el verde impresionante de los valles y los cerros, las plantaciones prolijas y un atardecer único desde una loma privilegiada, la tierra y el territorio eran un par insoslayable. Uno de los posibles abordajes a esta serie será pensar la tierra como valor económico y como valor simbólico. Si en Lo que el viento se llevó el padre acusaba a la hija de ser capaz de abandonar la plantación familiar por el amor, encarnado en el sujeto que representaba la modernidad capitalista, hoy la historia plantea un dilema opuesto. ¿Tiene sentido vender la historia de desarrollo y trabajo local a un fantoche porteño que con diez monedas de oro puede borrar de un plumazo toda la historia? Algo de este debate sobre el capitalismo industrial y la preeminencia financiera podrá verse, seguramente, cuando se estrene Tafí Viejo, la serie. Verdor sin tiempo.
