La tragedia de Cromañón nos arrebató a 194 jóvenes llenos de sueños y promesas. Aquel 30 de diciembre, en el barrio de Once, el dolor y la impotencia se instalaron en nuestros corazones. Esos chicos y chicas solo querían disfrutar de su banda favorita, celebrar la vida y la música, sin saber que entrarían en una trampa mortal de fuego y asfixia que nunca olvidaremos.
Esta devastadora pérdida expuso una cadena de corrupción y desidia en nuestra ciudad. Habilitaciones ilegales, leyes ignoradas y una falta de transparencia que permitió que la negligencia se cobrara tantas vidas. La tragedia iluminó la oscura realidad de un sistema que falló a su juventud, y puso en evidencia la cultura silenciada y marginada que emergía con fuerza desde lo más profundo del Gran Buenos Aires. El impacto psicológico en los adolescentes de entonces fue inmenso. Muchos cargan con cicatrices que nunca sanarán por completo. Cada joven conocía a alguien que estuvo allí, o que pudo haber estado. Desde La Quiaca hasta Ushuaia, la nación entera sintió el golpe, y esa generación, antes invisible, encontró su voz en medio del dolor.
Las víctimas de Cromañón son más que números; son hijos, hijas, hermanos, amigos. Sus ausencias pesan en cientos de familias y comunidades. La corrupción nos robó parte de nuestro futuro y cerró un capítulo en la historia del rock argentino. Mantener viva su memoria y exigir justicia es nuestra responsabilidad. Como reza una frase en el santuario de la calle Mitre que nos interpela profundamente: “Basta de robarnos el futuro”. Cromañón siempre será una dolorosa metáfora de la Argentina que debemos cambiar.

