Hay una calle en Balvanera que quedó fijada en el 30 de diciembre de 2004. Cromañón se tragó a vida de 194 personas, y más de mil sufrieron las consecuencias de haber sobrevivido a la noche donde el fuego se llevó puesto todo. Una generación entera y las siguientes mantienen viva una memoria en un país que constantemente necesita recordar por dónde no quiere volver a pasar.
Argentina tiene un recorrido de memoria muy extenso, un trabajo sobre la reconstrucción de la injusticia propia que no descansa. Un Estado que no supo contener a una contracultura que buscó incansablemente la salida de un reducto oscuro donde no se podía respirar. Omar Chabán fue el gurú del arte desde los 80 en adelante con el mítico Cemento y en abril de 2004 inauguró Cromañón, que paradójicamente abrió con un recital de Callejeros. El final es en donde partí. La noche del 30 de diciembre la puerta le tocó también el final a Cemento.
Miles de zapatillas cuelgan de la calle Bartolomé Mitre al 3000, entre Jean Jaures y Ecuador. La Topper como símbolo de las víctimas, pero también de una manera de vivir el rock que no volvió a ser la misma. Callejeros encarnaba, junto a otras bandas, un movimiento más grande que sí mismo que se transformó para siempre en aquella fatídica noche. Las paredes de esa calle piden Justicia con fotografías y nombres escritos a aquellas personas que no lograron salir del boliche cuando una bengala encendida por alguien del público alcanzó el techo y las puertas de salida estaban impedidas. El horror de este claustro comenzó a exponerse afuera de manera orgánica 48 horas después de la tragedia: mientras los familiares de las víctimas pedían Justicia, iban dejando sobre la vereda y el vallado flores, fotos y velas. Una forma de ritualizar el duelo.
Cierto grado de sacralidad rodea a las víctimas: en su mayoría personas jóvenes, adolescentes, que fueron a escuchar una banda una noche calurosa de diciembre y terminaron muriendo por la irresponsabilidad de un Estado que abdicó ante la desidia y la falta de límites. “Cromañón le podía haber pasado a cualquiera” fue una conclusión que alcanzó cierto consenso; sin embargo, les pasó a ellos.
RITUALIZANDO EL DUELO
Un sobreviviente contó a FiloNews que se acercó al Santuario en el 19° aniversario a retocar el mural que pintaron hace 10 años “para darle amor” y “ejercitar la memoria de algo que hicieron con tanto esfuerzo”. Otra vez, Cromañón como una tragedia que le pasó a Argentina entera, a la que vendrá y a la que estuvo, que pide Justicia, donde parte de ese pedido radica en que al olvido se lo resiste.
El año pasado, el Gobierno declaró al Santuario como Monumento Histórico Nacional. “El Paseo de los Pibes de Cromañón con sus murales alusivos y el santuario de Cromañón constituyen un espacio de profunda carga simbólica, donde el carácter inquisitivo y reparador del arte popular se hace patente ante los ojos de quienes lo transitan, erigiéndose como un hito insoslayable para la Memoria de las Víctimas”, dice la resolución firmada, y reconoce: “el evitable siniestro puso en evidencia no solo aspectos negativos de la condición humana, sino, también, el sacrificio y la solidaridad de personas anónimas que socorrieron a quienes habían quedado atrapados y atrapadas en semejante escenario de horror, poniendo en riesgo la propia vida”.
Este espacio de reconstrucción histórica requiere de un ejercicio constante de memoria, cercano a la necesidad de exposición. El olvido es, en parte, transitar ese duelo en la individualidad de las familias y allegados de cada víctima de la tragedia.
Corrupción. Impunidad. Nunca más. No olvidar, siempre resistir. Cromañón presentes ahora y siempre. Justicia. Queremos a Cromañón como un espacio para la memoria. Un graffiti de Kosteki y Santillán, asesinados en la Masacre de Avellaneda apenas dos años antes, son símbolos incrustados en la calle Jean Jaures. “‘Estuve en el santuario y vi una frase pintada en la pared que me impactó. Decía: «Basta de robarnos el futuro». Y creo que eso resume todo’, dice Eli [guitarrista y cantante de Los Gardelitos], que comparte mucho público con Callejeros”, figura en la nota “Pasión, muerte y rock and roll” de la revista Rolling Stone en el año 2005.
En el año 2018 la Justicia le devolvió el inmueble a su dueño, Rafael Levy, un empresario que cumplió 4 años de condena. El Tribunal Oral en lo Criminal No 24 de la Capital Federal lo consideró “autor penalmente responsable del delito de incendio culposo calificado”, responsable de “haber provocado, con acciones u omisiones, la muerte de 193 personas y lesiones a por lo menos 1400”. Adentro del boliche habían quedado pertenencias de muchas víctimas que sus familias necesitan recuperar. El papá de una víctima contó a Clarín que, a finales de ese año, agarró una maza y un cortafierros y entró a Cromañón a buscar los elementos de las víctimas que, según la Justicia, permanecían adentro: “Habían pintado, despejado el lugar de las pertenencias, hasta las huellas de las manos estaban borradas. Pasaron con una hidro y se ve que limpiaron todo. Ahí empezaron a borrar la memoria de todos los pibes. Por más que sea una bandera, un reloj, un documento, una zapatilla eran de nuestros hijos. De lo que se encargaron es de borrar la memoria de nuestros hijos”.
El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires construyó en el año 2005 la Plaza de la Memoria, al lado del Santuario. Una trama urbana que partió de la necesidad de los seres queridos de las víctimas de construir espacios de reflexión y de duelo para que Cromañón no pase nunca más.

