Las consecuencias políticas de la tragedia de Cromañón abren interrogantes que no admiten respuestas lineales. ¿Está mal que los máximos responsables de la administración que tenía a su cargo el control de la seguridad del local reciban un castigo político? ¿Es válido montarse sobre la muerte de 194 personas para tomar el poder? Es un terreno de arenas movedizas.
Cuando se produce una catástrofe de esa magnitud, se abre una herida social que impone la necesidad de encontrar una especie de reparación hacia las víctimas. En la política porteña lo que ocurrió fue un proceso con los elementos clásicos de una conspiración palaciega; un capítulo de House of Cards; una obra de William Shakespeare.
Aníbal Ibarra era el alcalde de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires ese 30 de diciembre de 2004 cuando la tragedia ocurrió. Era el segundo intendente electo en la historia de la ciudad, el primero había sido Fernando de la Rúa. Ibarra había sobrevivido al derrumbe del gobierno de la Alianza, que se produjo en diciembre de 2001, a pesar de que había llegado a la intendencia como candidato de esa coalición.
Ibarra había logrado su reelección en el 2003. Su candidatura había sido apoyada por sectores que a nivel nacional estaban enfrentados. Había recibido el respaldo del entonces presidente Néstor Kirchner, del expresidente Raúl Alfonsín y de Elisa Carrió. A estos dirigentes no los había unido el amor sino un espanto que tenía nombre y apellido: Mauricio Macri.
Con la sabiduría que solo tienen los viejos lobos de mar, Alfonsín había declarado en aquel momento: “Si Macri gana la ciudad, en cualquier momento lo tenemos en la Casa Rosada. Eso es muy peligroso para la Argentina”.
Doce años después, el vaticinio del expresidente se cumpliría.
RELACIONES DE FUERZA
Es importante poner el foco en el proceso electoral porteño de 2003. De allí surgieron las relaciones de fuerza que se plasmaron en la Legislatura y que serían el soporte de lo que ocurriría después. El 24 de agosto de ese año se realizó la primera vuelta. Macri ganó con el 37,5 por ciento de los votos. Ibarra quedó segundo con el 33,5. El tercer lugar fue para Luis Zamora, con el 12,9 por ciento, y el cuarto para la actual ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, que consiguió el 9,76. Todos los candidatos compitieron respaldados por coaliciones heterogéneas. La composición de la Legislatura terminó siendo un crisol variopinto de expresiones políticas.
Grosso modo, Macri se quedó con 23 bancas; Ibarra, con 21. Las 16 restantes se repartieron entre las otras fuerzas. Luego, en el balotaje, con los respaldos nacionales que se mencionaron, Ibarra se impuso por siete puntos sobre Macri.
El peronismo y otras fuerzas refractarias al macrismo sacaron una conclusión que terminaría siendo su propia trampa. Se instaló la idea de que Macri tenía un techo de cristal que no podía romper, que la mayoría de los porteños eran “progresistas”, con matices, y que eso funcionaba como límite infranqueable contra el PRO.
EL JUICIO
La tragedia de Cromañón, con sus 194 muertos, desató un debate social sobre las responsabilidades. Todo entró en discusión: el rol del empresario Omar Chabán, que administraba el boliche; el de los músicos del grupo Callejeros; el de los pibes que entraron las bengalas que provocaron el incendio; el de la cultura del rock barrial y sus rituales. El gobierno porteño, lógicamente, estaba en el centro de esa tormenta. Era el encargado de controlar las condiciones del lugar y habilitarlo. Las irregularidades brotaron como la lava de un volcán que entra en erupción.
Macri vio entonces la posibilidad de reponerse de la derrota que había sufrido un año antes y comenzó a impulsar la idea del juicio político para destituir a Ibarra.
En una estructura estatal trabajan miles de personas. Trazar una línea para que el jefe de esa estructura sea el responsable del mal desempeño de un grupo de inspectores no es fácil, si se lo piensa en términos penales. Ahora que está de moda el lawfare eso ya no es un problema sino la regla. Pero en aquel momento el camino más viable para el objetivo del macrismo era el juicio político.
El proceso fue largo. La batalla duró más de un año. Ibarra intentó una respuesta. Quiso convocar a un plebiscito para que fueran los porteños los que decidieran sobre su continuidad. El equilibrio de fuerzas en la Legislatura no le permitió impulsarlo. Kirchner, Alfonsín y Carrió, que lo habían respaldado contra Macri, tenían una posición más equidistante frente a la nueva situación. No era fácil cerrar filas de modo monolítico detrás de Ibarra con una herida social tan profunda.
En noviembre de 2005, una mayoría de treinta votos de la Legislatura porteña decidió impulsar el juicio político contra el jefe de Gobierno. Ibarra fue separado del cargo hasta que se resolviera su situación. Su vice era Jorge Telerman, que asumió en su lugar. En la visión del ibarrismo, en ese instante Telerman se sumó de modo solapado a la destitución para quedarse en el cargo.
El juicio político se realizó el 8 de marzo de 2006. La sala juzgadora tenía quince legisladores y hacían falta dos tercios para la destitución. El resultado fue de diez votos a favor de la remoción, cuatro en contra y una abstención. Esa mayoría para destituir a Ibarra se logró con el aporte de Helio Rebot, del kirchnerismo, y de todos los legisladores del ARI de Carrió. El clima social que vivía la ciudad explica en buena medida las posturas de algunos legisladores que formaban parte de las fuerzas que habían respaldado a Ibarra contra Macri.
La fractura que produjo ese juicio político en el peronismo capitalino no terminó ahí. Al año siguiente se realizaron las nuevas elecciones por la jefatura de la ciudad. El antimacrismo se dividió. Imperó la visión del supuesto techo de Macri, que lo haría perder el balotaje en cualquier contexto. Telerman buscó su reelección. Alberto Fernández, en ese momento jefe de Gabinete de Néstor y pareja de Vilma Ibarra, se puso al frente de la revancha interna del ibarrismo. Impulsó la candidatura de Daniel Filmus.
El resultado de ese proceso fue la victoria de Macri. El PRO demostró pericia para romper su techo y luego para construir una hegemonía política en la ciudad, que continúa hasta hoy y se encamina a cumplir veinte años.

