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“Después de Cromañón, los menores comenzamos a vivir bajo un toque de queda”

Foto: Germán Baldi

Como a muchos jóvenes de su generación, la vida de Nicolás Zamorano –que hoy solo responde al nombre de Zabo– se divide en dos: A.C. y D.C., antes y después de Cromañón. En efecto, Cromañón constituye un hito dramático que alteró para siempre su cotidianeidad, sus formas de amar, pensar y sentir. También fue el doloroso punto de partida para escribir y crear Yo, adolescente, libro con el que un joven orgullosamente perteneciente al barrio de Parque Chacabuco intenta retratar un mundo perdido tras la tragedia.

–¿Qué es lo primero que recordás del 30 de diciembre de 2004?

–Yo estaba en un recital de Árbol en el Auditorio Sur en Lomas de Zamora. Había ido con un amigo que solo le había dejado a su vieja una notita que decía “Ma, me voy a un recital”. Cuando yo cuento esa noche intento explicar que era otro mundo, que era diferente la relación con la tecnología, que no todos teníamos celulares, que no nos conectábamos todo el tiempo a internet, que no éramos tan ubicables. También era diferente la manera en que circulaban las noticias. Al principio los rumores apuntaban a un incendio en una bailanta, luego a un recital de rock. Ahí mi vieja se preocupa. Se quedó un poco más tranquila cuando en la tele salió que el recital era de Callejeros porque mi mamá sabía que no me gustaba Callejeros. A la mamá de mi amigo eso no la tranquilizaba nada. Yo era de los pocos que tenía y llevaban celular a todos lados. En el fondo de una mochila para que no me lo roben en el pogo. Y cuando salíamos del recital, recuerdo todos los celulares sonando, todos sorprendidos por la cantidad de llamadas perdidas. Miro el mío. Setenta y tres llamadas perdidas de mi mamá. Me pareció una barbaridad y mientras miro empieza a sonar otra vez. Lo atiendo y escucho un grito gutural de la mamá de mi amigo. Recuerdo las caras de toda la gente que tenía celular a medida que les iban contando y les contaban a su grupo de amigos lo que pasaba. Y sobre todo, la cantidad de padres que había afuera del recital. Parecía un colegio. El instinto de los padres fue ir a buscar a sus hijos, ponerlos arriba del auto, viajar con ellos. Como una necesidad de seguridad absoluta de sentir “a mis hijos no les pasó”, aunque supieras que no estaban ahí.

–¿Qué pasó después?

–Lo que me pasó con esa noche en particular fue que volví y me puse a escribir todo lo que había pasado. Por momentos. Porque era escribir, ver la tele, escribir, tratar de hablar con amigos por Messenger, escribir, ir al Hospital del Quemado, escribir, ir a consolar a algún amigue. La noche de fin de año pasó como si nada. Fue comer, brindar, seguir, hablar con gente. Y todo lo que hablaba con gente yo lo escribía. Fue el puntapié para Yo, adolescente, ese libro que retrata ese año y los cambios de ese año y las repercusiones de esta tragedia sin ponerse de lleno en la tragedia. Sino cómo la vida de un adolescente cambia en función de todo lo que estaba pasando.

–¿Cómo impactó la tragedia en la cotidianidad de tu vida adolescente?

–Creo que impactó mucho en un tipo de adolescencia. Yo me escapaba mucho, salía con amigos más grandes, iba a recitales. Mi combustible para la vida era estar en un recital, en el pogo, escuchar música en vivo. Me gustaba todo lo que sea artístico, pero escuchar música en vivo para mí era una comunión. Era el momento en que pensaba: “Estamos vivos para esto”. Era la idea de comunidad, de ser amigo. En ese momento renegábamos mucho de ese término y ahora me encantaría que existieran más lo que llamábamos las tribus urbanas, los grupos de identificación. Yo fui de los súper impactados porque tenía quince años y estaba por cumplir dieciséis. Veníamos de un mundo donde podíamos entrar a cualquier lado y nadie se preguntaba si estaba bien o mal que hubiera menores. Eso cambió al punto de no poder entrar ni en un pelotero de noche. Eso fue bastante duro porque de golpe tus amigos iban a ser solo las personas que te cruzás en el colegio. Era ser raro cuando eras una persona que vivía tanto los recitales y eras alternativo o rollingo. Una cosa es los que ni se enteraron y como que siempre vivieron en otro universo y después los otros que sabíamos que había un mundo mejor que nos lo sacaron y dijeron: “No van a volver a vivirlo hasta que sean mayores de edad”. Y dos años cuando tenés dieciséis es un montón de tiempo. Después, por otro lado, hubo artistas que pensaron en los menores. Siempre valoro mucho a Boom Boom Kid, a Nekro. Carlitos de Nekro hacía dos shows: uno para menores a las seis de la tarde con barra cerrada y otro para mayores a las nueve con barra abierta en Niceto. No le importamos a nadie en esa época. Después de Cromañón, los menores comenzamos a vivir bajo un toque de queda. Así que para volver a vivir el mundo que antes conocíamos, corríamos más riesgos.

–¿Qué significó Cromañón para tu generación?

–Cromañón es la pérdida absoluta de la inocencia. Es que se rompa todo: la cultura, tus artistas favoritos, las leyendas porque Chabán era una leyenda, tu vínculo con los que vos creías que eran tus amigos, con la noche, con los espacios, con los grupos de identificación. Que se rompa el Estado, la política. Que se rompa la manera en cómo se arma el circuito musical, que se rompa tu idea de tener una banda de secundaria. Pienso que se interrumpieron muchísimos procesos de formación de personalidades adolescentes. Y, especialmente, cambió la idea de la vida y la muerte. La adolescencia es un momento para sentirse invencible, para sentir que el mundo no va a poder con vos, que vos lo vas a cambiar, que las injusticias algún día van a dejar de serlo. Y de golpe, es acá, 800 personas de un tirón, que se estaban divirtiendo, que estaban en un recital, que hacían lo que hacías vos, que eran ese amigo que eras vos, que eran tus hermanos, tus pares… Conocer la muerte de joven te prepara muchísimo y al mismo tiempo es algo que no le deseo a nadie. El punto de Cromañón es que fueron muchas muertes de gente muy parecida a nosotros.

–¿Qué fue lo que más te molestó de las repercusiones de Cromañón?

–La idea que comenzó a circular de que “fuimos todos como sociedad” o “le pudo haber pasado a cualquiera”. Ese 30 de diciembre yo fui al recital de Árbol. Como a la banda le estaba yendo muy bien vendieron muchas más entradas que las que entraban en Petecos y cambiaron a Auditorio Sur, un lugar más grande donde todos estábamos cómodos. Durante una canción, un pibe prendió una bengala y desde el escenario, los artistas cortan el show y le dicen al pibe: “Vamos a esperar que se apague tu bengala”. Cuando se apagó la bengala continuó el show y todo el mundo aplaudió. Había una conciencia de que eso estaba mal, lo cual no quita la cadena de responsabilidades en el camino y todo lo que se hizo mal, pero hay gente que cuidaba, no es que le pudo haber pasado a cualquiera.

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