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Borges, fundador mítico del peronismo 

Ilusdtración: Juani Battilana

“En el término escaso de unas horas yo había conocido el amor y yo había mirado la muerte. A todos los hombres les son reveladas todas las cosas o, por lo menos, todas aquellas cosas que a un hombre le es dado conocer, pero a mí, de la noche a la mañana, esas dos cosas esenciales me fueron reveladas. Los años pasan y son tantas las veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si solo recuerdo las palabras con que la cuento. Tal vez lo mismo le pasó a la Cautiva con su malón. Ahora lo mismo da que fuera yo o que fuera otro el que vio matar a Moreira.” Hay un Jorge Luis Borges casi niño en “La noche de los dones”, espacio de donde proviene este fragmento. Y, a su vez, un segundo Borges –el narrador– que escribe para agigantar su leyenda, anudando su historia a la muerte del mítico gaucho Juan Moreira. Pero hay un tercer Borges que aquí, sin quererlo, culmina lo que llamaré la fundación mítica del peronismo. Aunque él no hubiese estado de acuerdo.   

“‘La noche de los dones’ es tal vez el relato más inocente, más violento y más exaltado”, escribe Borges en el epílogo de El libro de arena, firmado el 3 de febrero de 1975. Juan Domingo Perón había dejado este mundo unos meses antes.  

“Los veraneos de antes eran más largos, pero no sé por qué nos demoramos hasta esa fecha en el establecimiento de unos primos, los Dorna, a unas escasas leguas de Lobos.” Borges nombra a Lobos en ese 1975 lúgubre donde la Alianza Anticomunista Argentina (Tripe A) representa la violencia y la exaltación. Y si bien Perón ya no está, ese relato borgeano entroniza su lugar de nacimiento: Lobos. Que es además el espacio de la muerte de Juan Moreira.  

La geografía del peronismo

El último de los espacios geográficos del peronismo se integra al mundo mítico de Borges. Todo lo anterior ha sido nombrado antes. Pues, como si imitara a su admirado capitán Richard Francis Burton, Borges nombra alternativamente los territorios desconocidos desde donde no surgirá imperio alguno, sino un movimiento popular acaso antagónico, pero, quizás también, fractal de su literatura. Trazos de argentinidad. 

Nuestro Burton escribe. Re-cuerda. Así aparecen en los confines de la llanura, el mítico Sur, el arroyo Maldonado y sus cuchillos y Puente Alsina. O más allá, sobre los límites primeros de la pampa, al borde mismo del río Salado, Junín, Chivilcoy o Lobos. Trazos espejados de la llanura. Mito pampa que envuelve sus relatos y comienza mitificar al escritor. Pero, sin quererlo, su pluma funda además, míticamente, los espacios por venir. Ese infinito llano es el fundante. Un grano de arena. Borges y el peronismo. Lo antagónico como esencia y contradicción de una nación. 

Y para que el mito funcione como tal, Borges se adentra en esa “terra incógnita” apenas vislumbrada en Domingo Sarmiento, Lucio Mansilla o Pedro de Angelis. Y es conquistador y conquistado. Es indio y es Cautiva. Martín Fierro y Cruz. Arroyo y frontera. “La imaginación se proyecta en las tierras incógnitas, pero también trabaja sobre las cosas que descubrimos, y crea concepciones imaginativas que buscamos compartir con los otros”, escribe el geógrafo norteamericano John K. Wright. 

Entonces, Borges nombra al Sur y lo crea: “Buenos Aires, / que antes se desgarraba en arrabales / hacia la llanura incesante, / ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro, / las borrosas calles del Once / y las precarias casas viejas / que aún llamamos el Sur”. 

Nombra al Sur desde el Norte, Borges. Desde el norte mismo de una ciudad en donde la avenida Rivadavia funciona como un límite geográfico y social que Borges atravesó por años, diariamente, para llegar a la sede de la Biblioteca Nacional en la calle México. Es que, a pesar de todo, entre 1955 y 1973, los libros en Argentina aún se conservaban al Sur. 

“Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme”, afirma en “El Sur”. 

“Durante años nos paseamos por uno de los lugares más sucios y lúgubres de Buenos Aires: el puente Alsina. Caminábamos por calles llenas de barro y de piedras (…) No había nada en el mundo como ese puente. A veces, mientras cruzábamos el puente, en una especie de sueño, nos encontrábamos con caballos, con vacas perdidas, como en el campo más lejano. ‘Aquí está el puente Alsina’, decía Borges cuando nos acercábamos a los desechos de la basura y la pestilencia del agua”, dice Silvina Ocampo. 

El objeto de escritura estaba en ese sur. Y en ese oeste cuyo primer límite marcaba el arroyo Maldonado, quizá ya entubado y “ciego”. 

Eva y la Cautiva

Y más allá, Junín. “En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en Junín; más allá, a cuatro o cinco leguas uno de otro, la cadena de los fortines; más allá, lo que se denominaba entonces la Pampa y también Tierra Adentro.” Ese tierra adentro era quizá Los Toldos, ese espacio indio donde iba a nacer Eva Duarte. 

“Ya se había quitado el batón. Me tendí a su lado y le busqué la cara con las manos. No sé cuánto tiempo pasó. No hubo una palabra ni un beso. Le deshice la trenza y jugué con el pelo, que era muy lacio, y después con ella. No volveríamos a vernos y no supe nunca su nombre.” Así describe Borges su primer encuentro con el amor de la Cautiva. “Eso lo fue diciendo en un inglés rústico, entreverado de araucano o de pampa, y detrás del relato se vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, los festines de carne chamuscada o de vísceras crudas, las sigilosas marchas al alba”, reescribe en “Historia del guerrero y la cautiva”. “Los años pasan y son tantas las veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si solo recuerdo las palabras con que la cuento. Tal vez lo mismo le pasó a la Cautiva con su malón”, dice.  

¿Quién es la verdadera Cautiva, esa que viene de los toldos? ¿Cuál es el nombre de esa cautiva que Borges dice encontrarse otras veces en su vida? ¿Cuál era su nombre, si esa fue la primera mujer?  

Desde Los Toldos partió un día Eva Duarte. Y, luego de unos años, se subió a un tren en Junín. Y un tal Juan Perón hizo lo propio en Lobos. Y hubo un día que siendo coronel, Perón estuvo confinado en un hospital militar situado sobre unas barrancas desde donde en otro tiempo podía divisarse el lodazal de la desembocadura del Maldonado. Bajo Belgrano. Era octubre y desde más allá del Puente Alsina, desde el más allá de las fétidas aguas de lo desconocido, emergieron hombres con cuchillo, que venían de los frigoríficos. Ahí donde carneaban a “las vacas perdidas” y a los caballos. Y caminaron por Barracas y por Balvanera, esos hombres. Y llegaron al centro. A la Plaza de Mayo, llegaron. Y metieron sus patas en la fuente. Era un día tibio. Dicen 17, de ese octubre. Que Perón y Eva estuvieron en el balcón, mentan. Pero es algo que se ha contado tantas veces que “ya no sé si lo recuerdo de veras o si solo recuerdo las palabras con que lo cuento”. Borges no hubiese estado de acuerdo. 

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