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Villa Ruiz y su teatro mágico

Hace tres décadas, cuando privatizaciones, cierre de ramales ferroviarios y quiebras de empresas dominaban el panorama económico, muchos pueblos que dependían de esos recursos para sostener su vida cotidiana buscaron la creación de nuevas ofertas capaces de generar ingresos y empleo local. El miniturismo cercano a la capital, y en particular la oferta gastronómica ligada a la ruralidad, asados, chacinados, fiambres, quesos y salamines, fueron creciendo especialmente en la zona oeste, a unos cien kilómetros de Buenos Aires. Pueblos pequeños, como Tomás Jofre o Carlos Keen, lograron convertirse en lugares a los que cada fin de semana se acerca una cantidad de personas que multiplica por sesenta a quienes viven allí, arremetiendo sobre picadas, pastas, asados y papas fritas hasta no poder más.  

Apenas pasando Carlos Keen, a 90 kilómetros de la capital, está Villa Ruiz, un bonito pueblo perirrural en el que hay un gran teatro, en uno de esos lugares donde nos quieren hacer creer que el teatro no tiene lugar. Con esa promesa de lugar prometido llegamos a este pueblo, donde descansó el virrey Sobremonte en su huida, y se dice que por allí pasaban las postas en el camino hacia el Alto Perú dos siglos atrás. 

“Hace unos diez años me fui a vivir a Villa Ruiz, en el partido de San Andrés de Giles, un pueblito de quinientos habitantes, pero todos buenos”, cuenta a Caras y Caretas Silvio Falasconi, músico, actor, productor y gran anfitrión. “Vivíamos en La Boca, pero éramos de pueblos de zonas rurales y queríamos cambiar de vida. Cuando llegamos sabíamos a qué veníamos. Con mi esposa, Dolores Riera, Loli, construimos un teatro. Yo trabajo mucho con mis manos, así que hicimos de todo. Nosotros construimos el teatro, una hermosa sala en la que hacemos teatro independiente y en general me encargo de las escenografías. Hicimos unas pequeñas residencias para que quien viene buscando la propuesta de teatro pueda quedarse. Te alojas ahí, caminás unos metros hasta el teatro, disfrutás la función y a dormir. Y después, una vez que conocés el pueblo y probás los salamines, no te olvidás más.” 

Lo cuenta Silvio es cierto. Y lo que no cuenta es que antes de la función se convida un vaso de vino a los espectadores, y a la salida él mismo los espera con algo para comer y tomar, de modo que las cuarenta personas que agotan las entradas sábado tras sábado se queden, además, a conversar y a cruzarse por la gracia del teatro. 

El proyecto de Silvio y Loli es mucho más que un lugar donde hacer funciones con artistas de la zona. “Mi abuelo fue fundador de un club en otro pueblo, La Delfina”, recuerda Falasconi. “Eso hizo nuestra cultura, una cultura de cercanía con la gente, la cultura que nace de un pequeño espacio y se va expandiendo, crece, y te pone orgulloso de estar ahí.” Muchas actividades se organizan alrededor del teatro. Talleres para las infancias y los jóvenes, clases de arte o retiros de yoga, con una profesora que también se fue a Villa Ruiz y allí van a buscarla practicantes de todo el país. Durante septiembre llegaron al teatro artistas de la escuela estatal de circo de Berlín, una de las más reconocidas del mundo, de paso hacia el Congreso Internacional de Malabarismo y Artes Circenses en Chile. En Villa Ruiz estuvieron cinco días durante los cuales dieron talleres y funciones gratuitas para los jóvenes. 

Un refugio amoroso

Actualmente el teatro de Villa Ruiz presenta cada sábado Viaje al fin de las sombras, una obra escrita y dirigida por Guillermo de Blas y protagonizada por Dolores Riera, Manuel Aime y Lucas Caballero. De Blas vive en Luján y los protagonistas son habitantes de la zona. Esta tragedia criolla para actores de circo nos permitió conocer a tres artistas maravillosos que dominan a la perfección el teatro físico, el clown y el teatro de objetos. Vertiginosa, con capas sobre capas, la dramaturgia es un largo andar por el desierto-mundo de la historia. Es una suerte de largo devenir por un espacio-tiempo indefinido. Aquellos que quedaron tirados al borde del desierto caminan y caminan y caminan para ver si alguna vez pueden encontrar la justicia del mundo. Una tragedia de la historia, una tragedia que nos es propia. Además del notable trabajo actoral, los dispositivos escenográficos y la iluminación dan cuenta de un alto nivel de búsqueda creativa que sorprende al público, poco avisado sobre lo que verá. 

A la mañana siguiente de la función, el amanecer presenta su paisaje extenso y abierto, con la niebla de las primeras horas rurales, e invita a salir a caminar hacia la vieja estación de tren, donde todavía figuran los horarios de viajes a Federico Lacroze o hacia Rojas anotados con tiza en una pizarra negra, mientras el molinete de hierro aún gira y gira, como si cientos de personas lo atravesaran cada día. Desayunar en una bella panadería y cafetería, que nada tiene que envidiarles a las más renombradas y carísimas palermidades, lindera con el campo abierto y las casas coloniales devenidas museos, almacenes de ramos generales, viviendas particulares o restaurantes atentos a los viajeros. Y cruzarse en las calles con vecinos con ganas de conversar, orgullosos de su teatro y su pueblo, ciclistas de larga distancia o caminantes extranjeros que vaya a saber uno cómo llegaron a visitar Villa Ruiz. Solo queda trunca la fantasía de cargar nafta en la vieja estación YPF, que llama a repensar lo que significaron los trenes y la empresa nacional más importante en la posibilidad de ser de las comunidades argentinas. 

Lejos del miniturismo, esa suerte de forma de consumo apurado de una ciudad, de un pueblo y de su gente, la experiencia de ir a ver teatro en Villa Ruiz propone algo diferente. No solo por el lugar central que el arte tiene, sino porque también obliga a comprender la materialidad de lo comunitario, aquello de lo que está hecho lo único que hoy puede defendernos de la intemperie a la que empuja el individualismo y el cinismo: el cuerpo, la voz, el entender y comunicarse a través de la identidad común con los otros. Eso que Silvio Falasconi y Loli Riera construyen desde hace diez años desde un espacio pequeño y proyectándose. Tanto que prometen para dentro de un año inaugurar la nueva sala que va a duplicar la capacidad de la actual, para seguir poniéndola a disposición de sus sueños y la gente con la que viven diariamente. 

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