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Una estrella en el firmamento de celuloide

Ilustración: Juan José Olivieri

No habían transcurrido ni cinco minutos desde los títulos, cuando la orquesta de tango que estaba tocando en un patio arrabalero donde bailaban las parejas detuvo su compás para que ella cantara, invitada por el galán de turno.

“Yo soy así, para el amor”, entonaba Tita Merello, tras una graciosa gesticulación, simulando trenzarse un pañuelo al cuello de cisne, para dibujar un malevo de caricatura.

No podría pedirse mejor prólogo para una carrera cinematográfica que asomar de entrada en el primer film sonoro producido en el país.

Hito fundacional, innovación técnica para la época, ¡Tango! se estrenó el 27 de abril de 1933. Dirigida por Luis Moglia Barth, para su propia y novel productora, la luego legendaria Argentina Sono Film, resultaba una excusa válida para el desfile de las intérpretes de moda como Libertad Lamarque, Mercedes Simone, Azucena Maizani (solo aparece cantando sobre los títulos) y Alber- to Gómez. En los roles de reparto, figura un actor en leve ascenso, que tendría su gran oportunidad poco después, en la última entrega de la trilogía inaugurada con ese estreno. Se llamaba Luis Sandrini, y con Tita eran solo compañeros de trabajo.

La apuesta fue exitosa en todo sentido y aseguró la continuidad del proyecto empresarial. Aunque para Tita representó un ingreso de cien pesos por día, de los escasos cinco que demandó toda su intervención en el rodaje. “Pude llevarme quinientos pesos a mi casa”, recordó sin pizca de glamour de aquellos comienzos.

También estaba lejos de ser la protagonista cuando volvieron a convocarla para filmar otro producto por el estilo, generado para el lucimiento de la diva por excelencia, la cancionista Ada Falcón, acompañada por Olinda Bozán, Ignacio Corsini y Tito Lusiardo. Ídolos de la radio (1934) era un liviano folletín cinematográfico, entretejido con los romances que acontecían en un estudio radiofónico.

Sus acciones subieron apenas un poco en Noches de Buenos Aires (1935), dirigida por Manuel Romero, y Así es el tango (1937), de Eduardo Moreira; recién en La fuga (1937), de Luis Saslavsky, tuvo la primera oportunidad de lucir su veta dramática en la piel de una cantante de cabaret vinculada sentimentalmente a un contrabandista (Santiago Arrieta), que es perseguido tenazmente por un sabueso policial (Francisco Petrone).

En una encuesta realizada por el Museo del Cine hacia comienzos del siglo XXI, la película quedó en 32 lugar dentro de la cien mejor producidas en el país.

Aunque las consecuencias del incipiente reconocimiento de su talento para plasmarse como actriz de carácter delante de cámaras le resultaron ingratas. Estuvo cinco años sin asomarse a un set de filmación. “Brillás y te apartan”, ironizó sobre ese vacío fílmico que se interrumpió con el llamado del propio Saslavsky para un papel menor en Ceniza al viento (1942), una rareza protagonizada por Berta Singerman.

Hacia mediados de década, aquel actor casi anónimo de ¡Tango! y su compañera de elenco conformaban ya una de las parejas más rutilantes del medio, y cuando él recibió una oferta para filmar en el próspero mercado mexicano, ella simplemente fue de acompañante. Pero los resplandores convencieron a un productor local de que la Merello merecía una oportunidad para volver a brillar en la pantalla grande.

Dirigida por Gilberto Martínez Solares, fue uno de los Cinco rostros de mujer (1947), en el rol de una femme fatale que seducía al protagonista, Arturo de Córdova, a la par que entonaba los versos de “Copa de ajenjo”.

Su participación fue saludada por el público y por la crítica. Galardonada con el premio Ariel a la mejor actriz de reparto, que le otorgó la Academia de Ciencias y Artes del país anfitrión, regresó al suyo, sin saber que la aguardaba un desafío mayor.

Basada en una obra original del autor italiano Eduardo De Filippo, también estrenada por Tita sobre tablas porteñas en el Teatro Politeama, Filomena Marturano (1950) la despegó del estereotipo de la cancionista que además actúa en cine, y la entronizó como una actriz cabal y sanguínea, autodidacta como en todas sus facetas artísticas, porque nunca estudió canto, ni danza ni actuación.

Por ese papel complejo, intenso, de una mujer madura con tres hijos grandes, que trata de retener por todos los medios al hombre con el que mantuvo una relación alternada durante décadas (Guillermo Battaglia), fue comparada con Anna Magnani y Bette Davis. Y antecedió a Sofía Loren, quien le puso cuerpo y alma a su propia Filomena en la versión adaptada como Matrimonio a la italiana, junto a Marcello Mastroianni.

La película dirigida por Luis Mottura permaneció trece meses en cartelera, un récord descomunal incluso para aquellos tiempos de salas llenas.

SEGÚN PASAN LOS AÑOS

Semejante repercusión allanó el camino a otras ofertas que ratificaron su estatura y solvencia para abordar los roles más exigentes. Encontró en Luis Demare al director capaz de sacar mejor provecho de sus condiciones. De esa sociedad artística resultó Los isleros (1951), con Arturo García Buhr y Tito Alonso, como marido e hijo de La Carancha, una mujer endurecida para lidiar con las inclemencias y las acechanzas de la vida en el Delta profundo.

“¡Toruno!”, sinónimo de falta de hombría, le recriminaba a su pareja en la ficción, y la expresión de la Merello devino una de las máscaras más logradas del cine clásico argentino. Le sucedieron Pasó en mi barrio (1951), de Mario Soffici, con Mario Fortuna y un juvenil Alberto de Mendoza, y Deshonra (1952), de Daniel Tinayre. Aquí, en un papel especial a la sombra de la bella y sugestiva Fanny Navarro, componiendo a una resentida mujer de alcurnia, postrada en sillas de ruedas.

Se reencontró con Demare para filmar Guacho (1953) y Mercado de Abasto (1954), con el gran Pepe Arias. De este film costumbrista data su icónica perfomance en “Se dice de mí”, la milonga que perdura hasta el día de hoy como su definitivo DNI artístico. Flotaba un aire a Madonna en ese perfil desenfadado y arrogante, sin sombra de culpa de vivir su sensualidad a pleno.

Víctima propicia de la prohibición desatada por los militares que derrocaron a Perón (aunque nunca se embanderó políticamente), se exilió por un breve lapso en México, poniendo un impasse en su profusa y mejor filmografía.

Sus postreros trabajos recordables remiten a Amorina (1961), de y con Hugo del Carril, El andador (1967), de Enrique Carreras, y a la anciana de cabellos blancos que Alejandro Doria logró convencer para encabezar el reparto de su posapocalíptico ensayo Los miedos (1980), acompañada por Miguel Ángel Solá, Soledad Silveyra, Sandra Mihanovich y María Leal, como adiós a la pantalla a la que tanto había dado y que tanto le debe.

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