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Se dice de mí

“Soy insolente de nacimiento y temperamento. Y con capacidad para sostener una insolencia… No recuerdo si tuve una infancia precoz. Lo que sé es que fue muy breve. La infancia del pobre siempre es más corta que la del rico”, decía Tita Merello sabiendo de lo que hablaba. Su infancia no solo había sido breve, sino que tuvo de todo menos alegría. Cuando nació, en 1904, sus padres vivían en un conventillo en San Telmo, hasta que a los siete meses su padre se fue y su madre, una planchadora que necesitaba trabajar para comer, la dejó en un orfanato. Allí quedó Laura Ana Merello, juntando miedo y tristeza, hasta que un tío fue a buscarla.

A nadie se le ocurrió mandarla a la escuela, así que cuando más tarde Tita volvió a Buenos Aires, no sabía ni leer ni escribir y la pobreza seguía siendo su más fiel compañera. En 1920, con apenas quince años, empezó a trabajar como corista en locales de mala muerte, en los que el ambiente era bien bravo. En esos antros descubrió que cantar, bailar y mostrar las piernas –ser bataclana, como ella misma decía– no solo se le daba bien, sino que le servía para pelearle mejor al hambre. También tuvo la suerte de encontrar a un amante que, con paciencia, le enseñó a leer lo básico, algo imprescindible si quería moverse en un mundo de hombres sin ser engañada.

En alguna función tuvo incluso un espectador de lujo como Carlos Gardel, que además de aplaudirla de pie, la alentó a seguir con su carrera.

Ella no renegaba de su origen, sino que, por el contrario, lo reivindicaba, pero no quería quedar anclada en el papel de milonguera. Por eso, cuando en 1930 le ofrecieron actuar en una obra dramática, Tita aceptó el desafío. Su actuación confirmó sus dotes para el género, por lo que, desde entonces, desordenadamente y bien a la que te criaste, según era su estilo, siguió actuando en los escenarios de la revista porteña y en obras de teatro, haciendo radio y presentándose como cantante, a lo que sumó un papel en ¡Tango!, la primera película sonora del cine argentino, que fue un gran éxito.

En todos los escenarios, Tita brillaba. Era una figura popular, reconocida en Latinoamérica, que no se presentaba como una frágil mujercita sino como una muñeca brava de lengua filosa y carácter indomable. Frontal y peleadora si hacía falta, en las películas y obras que hacía, representaba mejor que nadie a las mujeres del pueblo, a las trabajadoras, las sufridas, las madres solteras, las abandonadas.

Por todo eso, la gente la admiraba y la quería, y para ella, que había padecido la soledad y la falta de afecto, todo ese cariño era una bendición.

Tita estaba perdidamente enamorada de Luis Sandrini y lo acompañó en varios de sus viajes por Latinoamérica. Hasta que en 1948 le ofrecieron hacer Filomena Marturano. Sandrini tenía que viajar a filmar a España y quería que ella, como siempre, lo acompañase, pero Tita decidió quedarse para protagonizar la obra que la consagraría definitivamente como actriz, lo que determinó el fin del romance.

Filomena Marturano tuvo un éxito sin precedentes y la actuación de Merello recibió todo tipo de elogios, que le permitieron protagonizar luego grandes películas. Sin embargo, ella no pudo disfrutarlo porque estaba destrozada por la ruptura con Sandrini, de la que nunca pudo recuperarse del todo y a quien hasta sus últimos años seguiría nombrando como su “único y gran amor”. Para él, escribió el tango “Llamarada pasional” y también tuvo mucho tiempo una silla vacía en el living de su casa, esperando su regreso.

Por origen y actitud, a Tita se la consideró peronista, así que cuando Perón fue derrocado, comenzó a ser perseguida y ya no pudo trabajar. Se exilió en México y en los años 60, recuperada la democracia, volvió al país y a las pantallas. A partir de entonces, además de hacer varias películas, participó y condujo programas de televisión que le permitieron acercarse a nuevas generaciones de argentinos.

Cuando el cuerpo comenzó a fallarle, “Tita de Buenos Aires” vendió su casa, donó el dinero al Hospital de Niños y se instaló en la Fundación Favaloro –“la casa de un amigo”, según dijo–, donde murió en 2002, a los 98 años. Se había vuelto muy devota, por lo que su mesa de luz estaba llena de estampitas y rosarios, aunque debajo de su almohada, como siempre, tenía una foto de Sandrini. Tita sigue brillando en el cielo como una estrella ya que desde 2016, en su honor, un satélite argentino lleva su nombre.

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